Concentración o Búsqueda

“(…) no agrupaba la arquitectura con la pintura y la escultura como arte plástico, sino con la danza y la música como arte cósmico, como un arte ontológico creador de mundos, más que como una forma representativa.”

Kenneth Frampton sobre Gottfried Semper, en su libro Teoría.

Hace poco pensaba en esa frase de Kenneth Frampton sobre Gottfried Semper, y concluía en el privilegio de que la arquitectura pudiese concentrarse en un edificio cuyo éxtasis es un halo y no un evento concentrado; donde el edificio se explora y no se presenta como un objeto terminado. Recuerdo otra frase de Jack London que expresa la envidia que deberíamos guardar con la música o a la danza más allá de otra cosa, pues quizá la satisfacción de culminar es más entera que la búsqueda. Jalaremos y jalaremos de un hilo que nunca terminará, o, merecidamente, entraremos en esa cúspide donde dejamos de ser por un instante y nos entremezclamos con el universo, sin más intermediarios que la emoción. No podré saber cual será merecedor del premio del sentido, pues ambos lo presentan en diferentes muestras; ambos regalan ese certero placer de ser creadores de mundos, más que ninguna otra cosa.

“Hay un éxtasis que señala la cúspide de la vida, más allá de la cual la vida no puede elevarse. Pero la paradoja de la vida es tal que ese éxtasis se presenta cuando uno está vivo, y se presenta como un olvido total de que se está vivo.”

Fragmento de la Llamada de la Selva, de Jack London.
Sin comentarios

Dicen del «saber» y «apropiar»

Este blog nace por mi decidida intención de saber y apropiar. El saber está disponible y siempre presente, digo, la información está en las pantallas frente a nuestros ojos dispuesta para ser leída. En la lectura, más que en ningún punto del proceso del «saber», es el paso donde concentrar los esfuerzos para el aprendizaje. A través del filtro de la semántica, «lectura» es la palabra que conecta al fenómeno y al sujeto, ese espacio intermedio. Gaston Bachelard dedicó un capítulo entero en una de sus obras maestras, «Poética del Espacio», para hablar de la condición del “ser humano como ser entreabierto”, lo que me lleva sólo a pensar que lo trascendental ocurre en esas fronteras. En fin, la lectura es la llave, al menos una de ellas, puesta en marcha en este medio. Leer es un acto sensible donde la percepción se traslada al juicio. Aunque la fuente del poder de esta interacción la coloco (y deberíamos hacerlo) en su naturaleza de persistencia. Leer no ocurre inconscientemente, no es algo caracterizado por su casualidad. El sujeto (nosotros mismos) leemos porque permitimos a la psique y cuerpo a persistir en la escalada que significa adentrarnos al “otro” por ser sabido. Y evidentemente, el dar obtiene. Los modos de mi lectura afectarán lo que leo, y, según los modos del leído, algo obtendremos mutuamente.

Pasar al otro lado, «apropiar» es como escuché a Alberto Ruy Sánchez en una presentación del libro de su autoría, “Dicen las Jacarandas”; es compartir, enriquecerse con la lectura ajena, tantas más que están sujetas a miradas distintas y sueltas, queriendo ser discutidas. Quizá esta segunda parte es la catártica, la conclusiva. Compartir es un acto de profunda riqueza, y uno de suma dignidad para los involucrados.

«Saber» concluye con la «apropiación».

La «apropiación» comienza con el «saber».

El «saber» nace de la conclusión.

Irrepetible virtud del ciclo.

El Errante

Sin comentarios

Abatibles o Corredizas

Quisiera saber que me dirían un par de puertas sobre quiénes son. No pretendo humanizarlas porque sí, sino porque las relaciones que solemos tener con ellas son tan cercanas como con una persona, nos impregnamos de lo que son y ellas de nosotros. Por eso adoro la arquitectura, por la cercanía. Aquí la discusión de mi interés está entre la batiente y la corrediza. La primera, tiene dos cuerpos, que se abren opuestos, uno más sólido, metálico y pesado; mientras que el otro es ligero, casi transparente y se cierra con la atracción de un imán. Su unión es el delgado umbral metálico que las funde al muro. El debatiente es una corrediza, una suerte de ventana librada del mosquitero para dar paso a una terraza intimísima, justa para pasar y sentarme en su murete. Para llamarse puertas tienen que dar paso, sea al ser humano, a un perro o al viento (las ventanas, aceptémoslo, se abren para la luz o a la lluvia, son umbrales para otros medios). Los umbrales son lugares de misterio, con una intención de ocultar lo que esta del otro lado, y al mismo tiempo son fronteras; y eso nos hace adorarlas. En fin, el umbral contenido por la puerta primera, esa que se abate en dos sentidos tiene una poética distinta a la de su allegado. Lo que se abate pertenece aún al muro, sólo se trata de un quiebre, pero su presencia se delata por estar unido a su estructura. Lo que corre, se oculta y pasa desapercibido, pues usa el muro para camuflarse. Esa pseudopuerta corrediza, a mi experiencia desaparece del camino y así se quedará hasta que se haga lo contrario.  La que se abate, dependerá de su unión, y las fuerzas que interactúen con ella se verán condicionadas a esa delicada costilla que las hace flotar y separarse de su cuerpo estructural. Abatir es un esforzado impulso por romper y liberar, correr es camuflarse y abandonar la tensión de proteger dos espacios que más parecen uno. Lo corredizo conectará dos espacios más que lo abatible. Lo abatible sellará más que lo corredizo.

Que maravilla es conocer a los personajes de nuestro hogar.

¿Cuántos más habrá?

El Errante

Sin comentarios

Abandono ¿o no?

No estoy muy seguro cuando la sabiduría popular o la tendencia receta el «abandono» de la obra artística pues la mirada o justificación parecen ser de fines prácticos o, como dirían tantos, perdernos en la espiral de locura y sed por la perfección. Ambas razones bastante válidas y convincentes, más la última que la primera, pues ese pragmatismo va más de las veces contaminado por el velo de la rentabilidad. En fin, mi desconcierto es más específico.

Nací y crecí siendo idealista y con una noción de la práctica por no decir, nula. Mala combinación para tiempos que exigen el efecto práctico constantemente y para los que el detenimiento no es una opción confiable. Estoy en contra del abandono, al menos en una primera fase, pues el edificio ha de ser «abandonado» para que el habitante pueda, valga la redundancia, habitarle. El arquitecto no puede seguir siendo parte de ese proceso. Justo en ello, los artistas nos asemejamos con la figura de una madre, que cría y construye a sus hijos esforzadamente y para la que el «abandono» es la última y menos deseada opción, y, sin embargo, se ha de hacer. Aunque la crítica, como dije, va a dirigida a esa primera fase, la de construcción, desarrollo o diseño, en sí mismo. He aceptado esa condición idealista y poco práctica en beneficio del detalle, del cuidado, del detenimiento y, por todo esto, de la paciencia hacia el proyecto arquitectónico. Desgraciadamente, la falta de sentido práctico en una disciplina de tanto contenido tectónico, no me beneficia en términos de esta devoción. El punto es que creo que, durante el diseño, y como tantas veces hemos escuchado, Dios está en los detalles, y son ellos los que harán la diferencia y que le darán la credibilidad digna de esa arquitectura creadora de mundos de la que habla Gottfried Semper. La única manera de hacerlo, en mi opinión, es de la mano de esa paciencia. Por más que un proyecto consuma años, el susodicho «abandono» es seguro ¿por qué no seguir en el mientras tanto? ¿por qué no continuar las preguntas sin las firmes respuestas?

Y, aún así, no me convenzo.

El dolor del abandono es la semilla del bosque, el más frondoso que verás.

Para el arquitecto, tal vez, no haya mejor placer que comenzar a hacerlo por los fines correctos: «abandonarlo» “mejor” la próxima vez.

El Errante

Sin comentarios

Pensamientos sobre Pallasmaa

¿Qué será la sabiduría? Un término desconcertante, sin duda, pues por más que comprendamos su definición, para hacerlo con su naturaleza tal vez ni las más extensas discusiones podrán alcanzarla en superficie. Su esencia está oculta y resguardada, más cercana a un mito que a un concepto, no en vano nos cuesta comprenderla. A causa de ello, la sabiduría es difusa y sumamente subjetiva, y, sin embargo, parece que hay un consenso natural para definirla; es de esas palabras que sabemos identificar pero que al momento de delimitar la tarea se vuelve imposible. Así, podemos vislumbrar un primer asomo, que está en muchos lugares y sus manifestaciones son tan diversas como ella misma sugiere. Con esa incertidumbre, veo pertinente atreverme a nombrar algunas partes de su carácter. La paciencia y la prudencia, fieles acompañantes del aventurero experimentado; la dejadez hacia la incertidumbre, aceptándola con la fe del religioso; y como olvidar la humildad, implícita en las dos cualidades anteriores. La posición del sabio es la de la serenidad, no la del estático. El sabio lo es por saberse presente, por saber “que sé es”. Una figura admirable, sin duda, vagamente descrita en un párrafo.

Y como la subjetividad reina, hoy conocí gracias a las bondades de la virtualidad a un reconocido sabio de la arquitectura (y ahora atino una figura cercana, la del intelectual), el finlandés Juhani Pallasmaa. ¡Sería un horror no adjudicarle esa sabiduría! Una que ha de negarse, por contrato, evidentemente. Con el honor de haberle escuchado, no compartirle me sería sí un tremendo horror. En fin, su presencia no me dejó que pensar más que en esa naturaleza, posiblemente relacionada con la de un intelectual. Aunque, me parece, que su sabiduría es una sumamente moderna, pues hoy, ante la presión apabullante de nuestros errores, alzarse y proclamar la verdad es una necesidad que le corresponde. Y añado, la adjudicación de esa sabiduría también es consecuencia de lo que proclama, pues, como el sabio, habla verdades como mitos ¡y vaya rebeldía es decir eso en la era de la fórmula!

En fin, un pensamiento más.

El Errante

Sin comentarios

El no hacer en Arquitectura

Discutía con un amigo, cuándo salió a la luz la cuestión del “no hacer en arquitectura”, cosa vaya novedosa, he de decir. Pensándole caí en la cuenta de lo que pudiera tratarse. Asumir que hay un “no hacer” implica que previamente “se hizo” y que algo cambió para que se tuviera que “dejar de hacer” o “no hacer”; por tanto, se trata de una cuestión de esencia, es decir, que la diferencia entre uno y otro es en referencia a lo que se cree que “es” la arquitectura, por lo menos aquella que nombramos como “verdadera”. El llamamiento al “no hacer” implica que cuando se dijo se notó que esa esencia ya no se presentaba o estaba siendo alienada, valorando que lo “correcto” está en el “se hizo”. Este anuncio es en realidad uno para abrirle paso a una crítica.

Ahora preguntémonos sobre lo que se ha alienado, pues descifrarle permitirá concedernos puerta abierta al “ser” de la arquitectura previo. Las circunstancias parecen evidentes, y de entre los culpables más crueles tendríamos que señalar al “capitalismo” y su hermandad. La rentabilidad como juez de valor dictó que eso “correcto” o “verdadero” en arquitectura es anticuado y lo demostró produciendo esa nueva arquitectura frágil, excesivamente visual, revestida, escénica y producida; la cual, vaya coincidencia, es un magnífico productor de riquezas más allá de su presencia física (quien no niega que la presencia de las fotografías en redes es quizá más llamativa que la visita al edificio, y que esa fama (moda, por consecuencia) produzca riquezas inesperadas). Vaya que entonces, los exiliados son todos aquellos cuyas intenciones aspiren más allá del interés económico. La moral, como uno de los líderes, vaga perdido sin saber ya sus razones ni motivos. Como dijo Bauman, todo aquello que no tenga una aplicación práctica clara o precisa (por tanto, un beneficio en retorno) no tiene sentido en esta vida, y es rápidamente rechazado y olvidado.

Alzar las manos por el “no hacer en arquitectura”, me parece que tiende a esta mirada. Una dura crítica al sistema que nos “cobija”; ese cruel hábitat come-mundos.

¡Anunciad vehementemente que la arquitectura adolece vestida de mil y un máscaras!

¡Anunciad pues resulta irreconocible entre su llamativo ropaje!

¡Anunciad que se asfixia entre sus vestiduras!

El Errante

Sin comentarios