El Modelo Arquitectónico

Cuando nos preguntan sobre quiénes somos, hacemos un decidido esfuerzo por inmiscuirnos en recuerdos, por compararles con acciones recientes, con opiniones nuevas (propias o ajenas), con deseos pasados y sueños presentes (y persistentes), por rutinas, por sentimientos y con ello el enlistado de todos nuestros allegados (y de los exiliados, también), de aprendizajes y, por qué no, del mismo suceder o momento en que se nos cuestionó sobre la historia de nuestra vida. Ávidamente haremos una selección de conjeturas y síntesis breves (que probablemente hallamos pensado muchos momentos atrás, preparándonos para esta complicada (y esperada) pregunta), y resolveremos anunciando los hallazgos variando la especificidad y calidad de lenguaje según el juez. Supongo, que los días los coleccionamos (pensamiento que tiene sentido en las enérgicas y sobre-productoras redes sociales). Aunque a pesar de eso, este pensamiento en particular tiene una conclusión orientada a otro lugar. Si las personalidades las definimos según se trate de ese largo (y cuidadoso) proceso, y escudriñamos un poco, cuánto podría tener como hábitat un mundo arquitectónico. Revisemos esos recuerdos con universos incompletos, posteriormente construidos conforme la visita a ellos, solicite. Ni se diga de los sueños, surrealidades y alteridades de la imaginación, que bien entrenados, guían a inhóspitos y maravillosos parajes. O regresemos a los sentimientos, acompañados siempre por lugares, los hay rosados y melosos; rojos y pasionales, grises y absortos, o azules e infinitos; de todos colores se podría sitiar la Tierra. O, más terrenalmente, atendamos esas rutinas, tantas monótonas, otras más enérgica… y noten esto, vistas desde nuestra mente, esa riqueza pudiese contraerse en comparación de vivirla en el momento, pues la mirada dista en extremo.

En fin, con tan larga lista para cada ser humano.

Y nunca se olvide esta condición (o maldición, según desee); la arquitectura como ese firme acompañante, ni por delante, ni detrás, siempre lateral a nosotros.

El Errante

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Arquitectura de las cosas

Me pregunto cuántas cosas en el campo de la semántica podríamos apellidar con «arquitectura». Su connotación como «sistema de reglas que dirigen y unifican un proceso» le hace tan dúctil para adaptarse a casi cualquier concepto. La pregunta que le precede es una muy parecida a la que haría todo filósofo. La respuesta a los qués, cómos y porqués, encuentra su satisfacción en la arquitectura de la cosa. Tal vez por eso la vanagloriamos decididamente, pues la arquitectura de edificios es habitada por un usuario, como también lo hace la arquitectura de todo concepto, encontrando su facilidad y su comodidad en esa estructura habilitada.

Encuentro tan maravilloso la anotación tectónica de Gottfried Semper con respecto a la arquitectura edificada, concentrándose, más allá de la generalidad, en el concepto de nudo, unión o atadura. Para él, es en esas uniones donde habita la totalidad del objeto, la compleja concepción de su unicidad y el derrame de todo su poder expresivo. Una simple atadura (y la consecución coherente de ellas) permitirá a todo objeto arquitectónico saberse entero.

Un inicio más del que partir.

El Errante

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Recuerdos y futuros conmovedores

Asistí a una conferencia online (evidentemente por este permanente estado de cuarentena) del Arq. Miguel Montor; conversación, en realidad, a la que no hubiera asistido sino le conociera de un curso de «sketch arquitectónico» de hace un par de años, y del seguimiento que le he dado a su trabajo (nada complicado, gracias a las eficientes redes sociales). Ese par de horas en que coincidimos en aquella aula fueron suficientes para que a través de sus técnicas comprendiera la sensibilidad y el cariño que le tiene a la profesión. Recuerdo haber utilizado un plumón negro únicamente, con el que trazamos y terminamos el dibujo, al recargarlo de tinta con la suavidad de un pincel y con el ritmo necesario para difuminar los negros y cuidar de los vacíos. Un fantástico resultado, he de decir, sin embargo, uno que admiro por la más por la experimentación, que por el producto.

Quizá por ello hoy escucho ese diálogo. Superado el recuerdo, escribo para crear uno nuevo; imprimir en mi mente un relato a partir del cual puedo partir. Mencionó las palabras «conmovedor» y «constructivo», habló también a la «madurez arquitectónica» (a la que más de las veces me apresuro, engañosamente he de admitir), y alguna que otra remembranza. En otras palabras, andar en las fronteras, o en ese limbo en el que la arquitectura es nuestra; saber los medios y las técnicas del arte arquitectónico; conocer a donde a dirigir el ímpetu de la poética y componer los silencios, respectivamente.

Sigo sentado escribiendo y dilucidando la perfección en ese objeto arquitectónico abstracto, complejo y contenido en mi mente; con el temor a errar en ese arte constructivo y sin permitirme controlar ese ímpetu. Comprendo sus opiniones, y estoy seguro de que las comparto, si no fuera por el resquemor que parece provocarme. Sin poder adivinarlo, sé que me encuentro en el firme deseo de explorar aún ese «saber conmovedor» oculto en la arquitectura diseñada y construida, donde la emancipación de ese ímpetu encuentra su equilibrio en el mundo práctico.

Quién no dirá que alguna vez les podré escribir sobre ese momento.

En el mientras tanto, la búsqueda no cesa.

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Mobilis

Cuan diferente será diseñar el «mobiliario» a un «edificio», llámese el escritorio o la silla; o el museo o la iglesia. Aunque en un análisis superficial pareciesen sumamente similares, dudo sobre esa acepción. La escala importa, para empezar, y de ella deviene la implicación con el ser humano del primero. La etimología dice que «mueble» es una adecuación de mobilis, que por definición es «que se puede transportar». Por más pertinente, es insuficiente para los propósitos. En el hogar encontramos un sinnúmero de cosas a las que nombrar «mueble» o «mobiliario» y cuya fijación se equipara a la misma de la estructura; revisemos la cocina con los aparadores, desde las de reciente manufactura hechas de madera e integradas al espacio contenido hasta algunas reminiscencias de las cocinas de antaño, coladas en concreto y tejidas con la estructura, como si se tratase de la culminación final de un entramado útil.

Superada la connotación de su movilidad, la búsqueda debería concentrarse en un valor mucho menos evidente, una propiedad que se repita indiferentemente de la forma o uso que adquiera. El ser humano habita la arquitectura, se ubica y reconoce en ese proceso, pero es quizá el mobiliario el que se ubica más cercano a la categoría de la «técnica» o la «herramienta». A pesar de su especialización (lo que le confiere utilidad) ser usado directamente por el ser humano le coloca en una posición de superioridad y posibilidad. El escritorio en el que mi cuerpo es sujeto de su trabajo se implica en una actividad subestimada intimidad. Mis piernas se cruzan debajo de él, tal vez encontrando un apoyo en alguna de sus vigas inferiores; y sí fuese de madera maciza, mis extremidades inferiores sentirían el cobijo en ese rincón. Los codos tal vez vuelen un poco, pero se sentirán cómodos en esa superficie llena de objetos, cada cual, retando al anterior en su capacidad de especialización, desde el ordenador que le ocupa entero hasta ese bloc de notas que encontró su lugar final. Ese mueble es para mí tanto como la arquitectura, mi espíritu se moldea en el trabajo, y el medio, es decir, ese escritorio y/o arquitectura, son relevantes para ese propósito. No se trata únicamente de un acierto de la confortabilidad, sino una posibilidad de espíritu, de técnica, un augurio de reconocimiento.

Argumentar que la «especialización» es la separación máxima entre arquitectura y el mobiliario (que ni se mencione cuando ambas concurren en su lenguaje ¡vaya fortuna!), sin olvidar las consecuencias de esa naturaleza (llámese escala o fijación, por ejemplo) sería un enunciado concluyente; aunque más allá, ambos se presentan como directores en el teatro de la vida, en el «juego del habitar», ambos son medios inextricables para que el ser humano tome lugar en un infinito desconocido.

El Errante

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En la Inclemencia de la Rutina

Soy ese marinero atrevido e inexperto en el inclemente río del tiempo, llevado por la vela que no conozco y que insisten que debería conocer. Caímos presos en la inclemencia de un vaivén bastante extraño, por la nula referencia a cualquier fenómeno parecido. Aparentemente encerrados y aparentemente libres. Mi casa es un ser distendido, lleno de contenido virtual. Paso a un estudio habilitado para cualquier contacto a miles de kilómetros, atento a cualquier llamada. Cámaras vigilantes que me muestran la lejanía de lo que esta a un par de metros de distancia: el otro lado al que tanto tememos (agravándose por la “iniquidad” de un virus invisible). O lo peor de todo, ese ojo cuadrado y cegador que adquirimos por el precio de la soledad, ese aditamento tecnológico que no esta lejos de ser establecido como el primer paso del organismo cibernético. Bajo esas fuerzas aún actúa la arrinconada presencia de una realidad física, particularmente una arquitectónica, sumisa ante la hegemonía del ojo (léase “Los Ojos de la Piel, de J. Pallasmaa) y sus extensiones dispersas por cada rincón.

La arquitectura siempre nos ha mantenido enteros y atados a la riqueza sensorial del mundo, mostrándose insuficiente y demasiado exigente ante la facilidad de la virtualidad. La arquitectura exige un esfuerzo que hemos dejado muy atrás en el devenir de estos meses. La inminencia de la crisis que vislumbramos se asienta en la esperanza de la liberación tecnológica y el recuerdo de un mundo que antojábamos entero y bello. Por lo menos, el destino considerará ese antagonismo con suficiente empeño como para regresar un día a la arquitectura corpórea o inventar los medios para crear esa satisfacción en un mundo virtual. Que dilema tenemos a nuestro amparo.

El Errante

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Dioses

Dulce imaginería que brota desde los cielos, desde aquellas nubes distantes y grises. Ahora espera un tenue, rosado y sumamente silencioso atardecer ¿puedes sentir la ligereza de esa luz rosada y nebulosa? Entre los nostálgicos navegantes de los cielos, la tempestad sincronizada de las olas, los arrojados vientos de las llanuras o las miradas inverosímiles, no sabría con que figura quedar. Esos dioses de la inmensidad se compadecen de la humanidad a la que sirven. Curanderos innegables tocando puertas cerradas, alzando trompetas lejanas, gritando himnos ignorados.

Ansiado momento en que la arquitectura les invite, les aguardé, les admire y les hable para firmar el pacto con el guardián de todo mal.

Rueguen vivir un día más, para morir en el albor de un rosado atardecer.

El Errante

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