Futuros Inestables

Como olvidar los días en que Le Corbusier se maravilló por las novedades de la revolución industrial; novedades que cargaban con la esperanza de una humanidad amparada y desarrollada por la tecnología en un mundo donde todos tuvieran la libertad y posibilidad a su alcance. Así, llegamos a una época donde esa promesa se reestablece y reescribe a diario. La nueva revolución tecnológica está en el aparador y se le actualiza sin parar. Hoy día, es inconcebible pensar en aquella “máquina de habitar” lecorbusierana, donde las técnicas y medios que la hacían posible ya no duran más allá de las veintitantas horas (si no es que se esfuma al momento entre la inestable opinión de las masas).

La arquitectura es lenta, la arquitectura no es consciente de la escala que le concedemos al tiempo, y menos aún cuando esa escala es reductible infinitesimalmente.

La tecnología seduce ante cualquier resistencia, preguntémonos que nos espera.

¿La dilación o la aceleración?

¿La permanencia o la ligereza?

¿Qué defiendes cuando el poder atribuido a la arquitectura se trivializa, se vuelve efímero?  

¿Qué defiendes cuando la virtualidad y su obvia carencia sensacional supera realidades físicas, incapaces de equiparar su versatilidad?

¿Qué defiendes ante la arquitectura despojada de todo sentido moral?

Nunca podré esclarecer si la arquitectura es un puente, uno que podamos cruzar hacia la esperanza de un mundo nuevo.

Así que mientras tanto, recordaré eternamente ese pacto antiguo, impreso en las piedras de todo lugar digno, conservado en las cenizas del primer hogar.

El Errante

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La Arquitectura y el Poder

Llevo ya tiempo releyendo la tesis de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida, es decir, ese carácter tan dinámico, cambiante, veloz y (vaya pertinencia) errante de la vida posmoderna. En esa crisis, he pensado en la implicación de la arquitectura, en lo que hoy ha de exigírsele.

¿No siempre la arquitectura ha sido el basamento de todo acto político?

Afirmar tal pregunta sería lo ideal. A pesar de la llamada “liquidez” la arquitectura sigue contemplando el mundo a una escala temporal distinta a la nuestra, aunque, a mi juicio, la escala temporal de la que gozosamente disfrutaba décadas atrás se ha visto acelerada más que por la tecnología, un mercado que así lo exige. Ahora vemos florecer torres construidas al paso de días, complejas maquinarias gerenciales llevando a cabo megaproyectos en un margen de meses, o fraccionamientos alcanzando su rentabilidad con la prefabricación y la construcción en masa. El mercado manda.

Con el pesar de esa idea, la arquitectura es y seguirá siendo uno de los más poderosos ejercicios de autoridad a los que tenemos alcance. La arquitectura es habitada por nosotros, son lugares que nos contienen y a la vez que protegen, modelan a quien lo habita, haciendo uso de ella ya no sólo en un espectro práctico sino en el psíquico, el emocional o el espiritual. La arquitectura juega en una escala que nos supera, y esa naturaleza, intrínseca a la condición de ser habitada, implicará siempre un ejercicio de poder.

El “poder” o, mejor dicho, la “práctica del poder” es un acto lleno de seguridad, en otras palabras, de certidumbre. Sabernos dueños de una arquitectura y trabajarla es uno de los marcos de referencia que no podemos ni hemos de abandonar. Como dije, la arquitectura se acelera, y esos marcos de referencia en los que muchas veces advocamos parte de nuestra “identidad”, sea hacia la casa o la plaza central de la ciudad o el café que acostumbramos, comienzan a acelerar su temporalidad, con la desventaja de que el inversor es y será el mercado y su devoción a la “liquidez”.

La arquitectura debe luchar por la democratización y el buen uso de sus posibilidades, pues sólo un correcto equilibrio permitirá quizá no alzar banderas de victoria, pero sí presentarse en el frente de batalla de la lucha por la identidad.

El Errante

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Curiosidades Arquitectónicas

La luz interior es, o creo debería de ser, siempre difusa. Ésta será directa siempre y cuando el espacio interior permita difuminarla ¿o qué razón tenemos para justificar el ingreso de una luz directa, que pertenece al exterior, y no una difusa, distinta y que nos haga comprender una cualidad tan intrínseca del interior?

Es como la sombra de un árbol, que para la naturaleza de la metáfora es coherente debido a que ésta simboliza la protección, como la casa misma. La luz de esa sombra es difusa, por las hojas, ramas, y mil orificios que le permiten el paso ¿qué no, para cumplir con la imagen, la casa debería seguir la pauta?

El Errante

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Huellas en Arquitectura

Da un especial sentimiento de serenidad las palabras que por su uso comienzan a inmiscuirse en tus pensamientos o ideas; esas frases que por el placer de repetirlas y pensarlas te provocan un esos escalofríos de orgullo tan característicos. El mismo fenómeno se reproduce con sus adecuaciones con la arquitectura. Supongo que por ello la pienso desmedidamente.

Adoro la arquitectura cuyas huellas se huelen. Esas que son complicadas e inextricables; las que a pesar de haberlas recorrido una y otra vez te muestras incapaz de descifrar. El paso del tiempo las colma de nuevos rincones (léase a Bachelard y su Poética del Espacio) y de negruras, pero con eso llegan los haces de luz y los aromas concentrados. La poesía tiene un pozo sin fondo en este terreno. Ni se hable explícitamente de los hogares, en especial los que promueven la insensatez, la admiración, la ensoñación, en pocas palabras, donde toda reacción encuentra ocasión.

Alguna vez pasó por mi cabeza un pensamiento — ¿qué pasaría si escribiésemos un libro sobre la vida propia? sólo uno, donde pudiéramos contarla. —. Nadie leería las millones de biografías que habríamos escrito, serían cementerios de palabras; pero imaginen el peso de ese cometido sobre nuestra singularidad ¡qué benevolente mundo! ¡escriban!

Queda pendiente un deseo más certero y realista: tengan la fortuna de construir sus hogares-biografías, y sin resquemores permítanse llenarlos de toda huella porque no hay cosa tan sedienta de ellas como la arquitectura y mucho menos tan hábil para guarecerlas.

El Errante

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Días olvidadizos

Hay días olvidadizos, de esos que son breves, líquidos y automáticos. Días cada vez más comunes, usuales y difíciles. Levantarse por las mañanas a enfrentarte contra tu espíritu dionisíaco, dejando al apolíneo apoderarse de la rutina. Aunque dúdese de esto, pues en el mundo de la exageración, placeres y pasiones tienen un lugar privilegiado en las salas de televisión (bien “arrumbado” tenemos a la sala de estar) o las recámaras hiper-tecnologizadas o el universo de modas que abundan en cada perfil de la red social que quiera nombrar.

No se malentienda la crítica, pues afirmar en un párrafo el uso desmedido de la tecnología y la virtualidad en nuestras vidas es un objetivo vano y perezoso. Creo por el contrario la validez y magnífica aportación de ella, desgraciadamente coincidió la posmodernidad con la espectacular aceleración de nuestros aparatos y medios para producir tecnología y ciencia.

Hablar más de ello implicaría mucho más que una entrada de blog.

Les recuerdo que de vez en vez ocurren esos días olvidadizos.

¿Acaso ya no se acostarme en la tierra, mojarme en la lluvia o pasear mi mirada en las nubes?

Habrá que recordar.

El Errante

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