Pestes Presentes

“La peste no era para ellos más que una visitante desagradable, que tenía que irse algún día, así como había llegado. Asustados, pero no desesperados, todavía no llegaba el momento en que la peste se les apareciera como la forma misma de su vida y en que olvidaran la existencia que, hasta su llegada, llevaban. En suma, estaban a la espera.”

La peste, Albert Camus.

Cuántos días estamos a la espera de que algo suceda, un algo nombrado «felicidad» o «destino». Hace meses que estamos encerrados por causa de una pandemia global. Una frase exagerada en comparación de épocas más oscuras por las que hemos atravesado. Un encierro no en su literalidad, pues nada se compara con una situación carcelaria. Este es uno más abstracto, tan parecido al de la ciudad de Orán, del que habla Albert Camus en la novela de La peste. Su pertinencia y verosimilitud, a pesar de aún no haber terminado la lectura, son sorprendentes, no mejor resumido por las palabras citadas. Condenados a un encierro ambiguo, que se nos ofrece finito, pero con la temible posibilidad de volverse eterno, parte de una realidad que no terminamos por aceptar. La pandemia actual no ha malgastado en portavoces que comparten una verdad unánime: esto nos acompañará por siempre, cambiando el diario por uno nuevo, un nuevo matiz en la cotidianeidad.

El mayor aprendizaje (y agradecimiento) de una situación in extremis como esta, es que no sólo exagera la espera, sino que da lugar a pruebas fehacientes de su existencia; demuestra que tan frágil es aquello que nombramos como incorruptible, todas esas acciones de a diario que se vuelven inexplicables cuando dudamos de su existencia. Ni el primero ni el último en decirlo: hemos sido llevados a un estado de continua inestabilidad, caminando por terrenos pantanosos con la inestimable pregunta por cada cosa que hacemos. Ahora todos nos preguntamos en nuestra espera, y ese es la más temible condición para quienes más de las veces construimos realidades ficticias que ocultan (y sepultan) cualquier atisbo de curiosidad.

Padecemos de una oportunidad inigualable (o de una maldición insoportable).

¿Qué decisión tomar ahora?

El Errante

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«Voyeurismo» Arquitectónico

Hubiera querido que alguien me enseñase el bello arte del cuerpo. Parte de un currículo que se centrara en ejercitar la sutil y compleja actividad de entender y practicar el movimiento. La danza tiene su mérito ¿qué no la fuente de su inspiración ocurre en cada movimiento? ¡que grandiosa casualidad que la arquitectura usa justo lo mismo! La lectura corporal, el vivir del cuerpo, el percibir; todos son medios para que el cuerpo tenga entendimiento de su contexto. Que el cuerpo sea capaz de obtener una lectura de su medio es una obviedad, el cuerpo es un terreno de la memoria. Percibimos a través de sentidos especializados del cuerpo, que, catalizados correctamente, pueden revivir sensaciones; deduciendo que esto es la naturaleza del recuerdo. En fin, el arquitecto es un «voyeurista» de la lectura corporal, la propia y ajena, para beneficio de su práctica. Nos creamos apasionados de las formas en como se habita un escritorio, un par de lápices, una hoja blanca o un edificio entero. Queremos observar y comprender insistentemente como el ser humano se integra y colisiona con el mundo, pues las respuestas más honestas y eficaces se encuentran en esta dimensión.

Ejemplificarlo no es para nada complicado, pues por más simplona que una respuesta arquitectónica parezca, en su esencia esta una práctica auténticamente corporal que deviene en otras esferas psicológica o espirituales. Cada edificio es una maraña complejísima de relaciones insaciables. Una red neuronal donde tomamos el lugar de pulsos que interactúan entre lo inerte. Trazamos recuerdos con los pasos que damos, las miradas punzantes, o cada roce, que presiona sobre una nueva historia. El cuerpo es el que lee la arquitectura, al menos inicialmente, y el que más ignoramos.

La arquitectura es del cuerpo.

El Errante

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Nube Blanca de un 28 de Septiembre

Supongo que siempre hay recuerdos que se atan como raíces, de los que decididamente uno utiliza para responder preguntas difíciles. Más que otro deseo, y entre pensamientos perdidos, tengo un firme objetivo: escribir de uno de ellos, un 28 de septiembre. No valen literalidades, me parece que las imágenes asimilan más riqueza no sólo para un servidor, sino para el lector. Al final, esto es el rastro que dejó la historia, que real o no, sigue reescribiéndose.

Trabajar la imagen de un recuerdo es un reto intratable, pues la descripción por sí misma se vuelve insuficiente. Es necesario elevar el lenguaje a la dignidad de su contrincante, al escaño donde las preguntas difíciles pueden responderse, y no queda más que hacer el intento unos días después de un 28 de septiembre.

¿Pueden recordar lo que pasó ese día? Una mezcolanza de ardores en todo el cuerpo, tal vez. Recuerdo aún las imágenes pasando en esa mirada perdida, el umbral donde la mirada toma cuerpo. La figura del atardecer aparece con todas sus implicaciones, el término de un día y la promesa de uno nuevo; la observación perdida de una luz soportable y opaca; la brisa fresca y calma de una noche fría por venir. En las figuras de ese cielo intenso, la orquesta se cronometraba para el recibimiento y la celebración. Estábamos impávidos e intranquilos, y paradójicamente, calmos: era la misma sensación de saberte entero y vacío a la vez. Bachelard insistía en la idea del ser humano entreabierto; y no veo menor razón, pues en los momentos cumbre de la vida, el lenguaje solo nos permite entenderlo por paradójicas imágenes o representaciones, pero con el común denominador de hallarnos en el margen, en la suma incomprensión. Todo 28 de septiembre termina siendo ese margen. Éramos una paradoja vuelta consciente, un mito en sí mismo, disfrutando de la melodía de un atardecer esperadamente eterno. La dulce mescolanza de esos días la recuerdo con el sabor de mi hogar. Todo compartido y mío a la vez.

Ese día navegaban las pesadas nubes blancas junto a aquella particularmente especial, la que disfrutaba de mi concentración. Le acompañaba una guardia de deformes seres animados por la entereza del viento y tiempo mutuamente empujándoles. Tal vez, unos años después, ya se ande revisando vastos mares del Océano Índico; o arrojando un terrible monzón sobre alguna montaña de Tailandia; quizá habrá ido más al sur, viajado por sobre el Atacama, llegado a la Patagonia e inclinarse al frío antártico; o, sí tenía antojo, tal vez se hubiese quedado aquí, aún vagando en las calurosas tierras del Bajío guanajuatense o se haya varado en alguna playa virginal. En fin, esa nube blanca de un 28 de septiembre anda paseando en todo confín de la Tierra. Esa es la única respuesta a la pregunta más difícil.

Asómate por estas tierras, querida nube blanca.

El Errante

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