Los Paisajes de Gallardo

Tengo un placer casi instintivo. Al viajar, sea por carretera, aire o mar, tengo una fascinación incontrolable por los paisajes. Al paso de diferentes velocidades, desde el caminante a pie hasta el paso invisible del avión. El paisaje es disfrutable, y más aún cuando se le ve a minucioso detalle. Cuando los cambios comienzan a notarse deja su monotonía y se vuelve una lectura de cada lugar. He pasado del compacto y, en tanto, seco Bajío guanajuatense a las llanuras infinitas de Zacatecas y Durango. He visto cambiar la tierra roja michoacana y las casas de barro. El paisaje es una expresión cultural.

Independientemente de conclusiones personales, en realidad quisiera compartir a un maestro al que le admiro la capacidad para comprender el paisaje de esa manera (si no es que con mayor complejidad). Ese Maestro es el guanajuatense, Jesús Gallardo. Quizá las palabras para mejor describir su trabajo son «crónicas en pintura»; no da lugar para cosa menor. Desgraciadamente existe poco acervo digitalizado, pero lo poco es impresionante.

Quisiera, explicarme. Gallardo, me parece, se acerca al paisaje con el tacto con el que uno se acercaría a un edificio de remarcado carácter histórico. Se apresura al detalle y, con el color, reviste cada pintura como si se tratase de un retrato no necesariamente realista. Cada obra es un momento en el tiempo; su cúmulo es la crónica de un lugar; creo su más bella cualidad. La crónica no es un reporte vano en el tiempo, sino un recuerdo, uno que puede ser leído por un sinfín de personas. Los recuerdos le pertenecen a la nostalgia y la emoción. Las «crónica en pintura» del guanajuatense son, creo, más complejas debido a que no se pueden permitir ser excesivamente realistas, sino aspirar a tener un aura que envuelva esos recuerdos. Esa es la obra de Gallardo.

El Errante

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Temas de Vivienda Colectiva

Arquine Jams No.23 | vivienda colectiva

La casa es uno de los objetos arquitectónicos más peculiares y únicos. Asistí a una conferencia online… (evidentemente hablar de asistencia es en realidad impreciso, pero para estos tiempos es aún tan significativo). La revista Arquine realizó un símil a los Jams de los jazzistas… y, sin querer ahondar más en esa cuestión, hablaron de vivienda colectiva (“ellos” a.k.a. Miquel Adrià, Fernanda Canales, Juan Herreros y Juan Carral). Entre sus discusiones, de las que suelo ir reflexionando, Canales propuso el tema de las transiciones, del cómo pasar de la cama a la ciudad, una transición con matices severamente distintos entre la vivienda colectiva y la unifamiliar.

Antes de proseguir, como arquitecto soy un ferviente partidario del inconmensurable valor e importancia del hogar. A nivel arquitectónico tan sólo, la casa es el lugar donde pasamos buena parte de nuestras vidas; mientras que, en el extremo de lo cotidiano, es según el cual actuamos. Descansamos, nos aseamos, convivimos y, en la luz de nuestros tiempos, trabajamos ahí (cuando así se dispone, claro). El hogar es un inicio. A sabiendas de ese valor inicial, prosigamos.

Siendo la casa un valor, me pregunto ahora no sólo de la transición entre la cama (como ese lugar absolutamente privado) y la ciudad (como el polo extremo de lo público); más allá, cuestiono el rol activo que la vivienda debería tener para con la esfera social, justo donde la vivienda colectiva adquiere más protagonismo. La vivienda unifamiliar disfruta de la privacidad de saberse por y para sí misma (una aseveración de tanto en tanto más notoria). Al contrario, la colectiva concentra y contiene el valor de varios hogares… justo aquí es a donde dirijo la cuestión. Una de las oportunidades más interesantes es su capacidad de ser un catalizador para la ciudad, por demostrarse como ese cúmulo. En la pasada posguerra (y aún hoy) ha habido grandes demostraciones que buscaban usar ese catalizador en favor de la construcción ciudadana, y las respuestas deberían dirigirse más fervientemente hoy a esa cuestión.

¿Cómo utilizaríamos el valor concentrado de una vivienda colectiva para no sólo catalizar a sus habitantes sino a la ciudad? ¿Qué futuro vislumbrar?

El Errante

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Cuando Camus lanza verdades

“Pero el narrador está tentado a creer que al dar demasiada importancia a las bellas acciones, se rinde un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. (…) El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia a veces ocasiona tantos desastres como la maldad. (…) El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad y verdadero amor sin toda la clarividencia posible.”

La Peste, Albert Camus.

Cualquier comentario añadido nunca superará las palabras de Camus. Admiro cuando de entre escritos, descripciones o relatos encuentras esa frase que es la máxima poética. Es el enunciado que supera al resto y lo concentra. Lo que hay detrás es comprensible gracias a ello, y lo del frente se entenderá según. No puedo evitar caer en el error de engrandecerlo. Supongo que es una actitud natural, motivada o exagerada por el placer poético.

Ese breve párrafo explica perfectamente a la condición humana, y quizá por eso concuerdo tanto. Ni especiales ni olvidables. Privilegiados por el azar, por las casualidades y las coincidencias resultamos seres humanos pensantes. Con sólo la humildad de saber que existimos y actuar en consecuencia. La existencia como la medida de todas las cosas.

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Perspectivas Frescas en Vidrio Soplado

Obtenida de © Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán A. C.

Nunca he parado de buscar esos detalles que suelen maravillar. Esa combinación de momentos en los que tus sentidos se sobrecargan. Visité un día, hace casi un año, la Casa Estudio de Luis Barragán, en los rincones de Tacubaya, en Ciudad de México. Resulta extraño, pues la casa está oculta entre las calles del barrio; una ocultación clarísimamente exagerada, pues ante la fascinación de todo lo que pasa dentro de ella, resulta aún más evidente.

Llegué a eso de las nueve de la mañana; puntual, como lo exigía la visita. Entré junto a un grupo de personas, lo cual resulta una fortuna, pues entre la discusión mis pensamientos tenían más oportunidad de divagar. La visita es desgraciadamente limitada, aunque en realidad abarca casi toda la casa, con la excepción de la cocina y alguno que otro lugar. No quiero hablar mucho sobre el recorrido; sería generalizar algo tan inusual como esa casa. En realidad, quiero regresar al punto de partida, los momentos de asombro.

Me preguntaba y me preguntaba como es que Barragán podía cultivar ese asombro y plasmarlo en un proyecto arquitectónico. Todo en esa casa podía hacer justo eso, pero me concentre en un objeto de su pasado, unas esferas de vidrio soplado que conseguía en su tierra natal: Jalisco. En las fotografías no suelen aparecer, pero (y quiero pensar que fue obra de Barragán) estaban en varios puntos en la casa. Recuerdo una particularmente, en una especie de sala y vestidor, una antesala para una escalera que asciende a la terraza. En ella hay varios muebles de madera, y en el más bajo de ellos, junto a varias decoraciones más hay una de esas esferas. Pasé a su lado al subir; y al bajar, me detuve a verla. Lo más maravilloso de ella, pensaba, son sus imperfecciones. No son precisas esferas, entre hendiduras y curvaturas inexactas, terminan reflejando la imagen distorsionada no sólo esféricamente, sino según ese carácter impreso en su proceso artesanal.

Aquella esfera la vi repetidamente. Ese cuarto se veía distinto en ella. La luz que tanto le aclamamos a Barragán inundaba de otra manera ese cuarto. Lo asombroso de ese detalle son todas las ideas que me produjo. Pensé en ese placer que producen las cosas que tienen valor. Pensé en la frescura que provoca una perspectiva distinta, una inspiración de un lugar único. Por más, pensé en los recuerdos que un objeto así puede traerte. Esos son los momentos asombrosos que esperas coleccionar como arquitecto. Quizá eso es lo magnífico de la Casa Estudio Luis Barragán, más que cualquier otra cosa. Él supo conciliar su colección de recuerdos y transformarlo en un hogar.

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Intenciones del Errante

La serie de escritos que he hecho tienen la fervorosa orden de ser críticos, o de al menos intentarlo. Un gusto personal por las palabras y la arquitectura me hace conjuntarlos a través de este diario. Aún así, creo que aún se ausenta de algo importante. De los varios días que ya he publicado, varios de los textos (si no es que todos) explican a través de la descripción, la crítica o mis pensamientos. No me malentiendan, pues la descripción es una técnica eficientísima, pero como tal, carente en su capacidad imaginaria. Los menos escritos hablan de arquitectura a partir de formas como la imagen o la metáfora, pero, a mi perspectiva, son estos los que resultan de más interés pues la arquitectura se moldea alrededor de la narrativa, enriquecida por la poética de esas formas literarias. Supongo que mi aspiración es hablar del espacio en la medida en que este se moldea en la misma categoría que una novela, un cuento o hasta un diálogo. El objetivo es que la arquitectura no se le critique desde el adjetivo, sino desde la imaginación. La riqueza de un edificio o de un lugar es solamente comprensible desde la poesía de la imagen. Si la crítica se analiza desde el personaje imaginario, la lectura se redirige a otros parajes.

Toda narración ocurre en un contexto, en un lugar imaginario y que la sucesión de ella va dibujando continuamente. La arquitectura al ser ahora el objeto por explorar, y por criticar, se vuelve el motor de la narrativa. Imagino relatos donde el autor habla desde la mirada de un niño una visita extraña al Pabellón Alemán de Mies Van der Rohe en Barcelona mientras su hogar resulta ser la casa Batlló de Antoni Gaudí. Explorar es una manera de tomar partida, de presentarse activamente en la vida de una vivienda y demostrar sus razones, al fin y al cabo, de criticar arquitectura.

Ese es el leitmotif de este blog.

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Arquitectura Rehabilitada

Richard Murphy lecture about the work of Carlo Scarpa.

Entrevista de El País a Moisés Puente.

Richard Murphy, en una conferencia que dio en la Universidad de Sheffield donde hablaba sobre Carlo Scarpa describió una condición de su obra que sigue haciéndome ruido: la geología desde la perspectiva arquitectónica. Murphy explicaba que los arquitectos venecianos (donde adscribimos a Scarpa) tienen impreso en su genética el desgaste y la erosión, asociada a la situación única de Venecia. Esos atributos parecen concentrarse en la palabra «geología», entendida como esa superposición de capas a través del tiempo, que en la ciudad flotante se presenta regularmente. Con ello en mente, recordé una entrevista que leí en El País del arquitecto leonés Moisés Fuente donde más allá de varios temas que abordó, mencionó la necesidad emergente de dejar de construir y concentrarnos en la «rehabilitación». Una reflexión que es cada vez más recurrente.

Esta introducción pretende aterrizar la curiosidad en ambas palabras resaltadas, geología y rehabilitación. Murphy describía a la geología como esa adición y/o sustracción de capas, aunado a las formas en como ambos procesos se cumplen. El caso de Scarpa es sustancial (y no dudo que de tantos más arquitectos venecianos) pues con normalidad descubre y desnuda el material de sus recubrimientos, volviéndolo partícipe de la experiencia. Lo más interesante del término es lo útil que resulta para comprender la rehabilitación. Una de las primeras preguntas que surgen al intervenir un lugar para remodelarlo o rehabilitarlo es el cómo relacionar la estructura anterior con la nueva. La geología es una manera de comprenderlo, y la actitud de Scarpa, por ejemplo, una de resolverlo.

Esta misma discusión debería ser objeto constante en la conversación arquitectónica. La rehabilitación trae consigo la promesa de conseguir equilibrio con todo lo construido, sin olvidarle; o al menos, de crear un diálogo. La ruina o el edificio abandonado son entes que aparecen continuamente en los medios urbanos, la pregunta es cómo tratarlos ¿Debemos mantenerles como sacras piezas museísticas? ¿o dotarles de material nuevo y reforzarles para servir a la experiencia cotidiana? ¿Qué será de la geología urbana?

El Errante

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