Bosco Verticale and Kilometric Bindweeds

Not long ago the images of the Bosco Verticale from Stefano Boeri at Milan went viral in every social media. A symbolic torch that surpasses the expectation of a living garden on a skyscraper. You are aware there is not any exemplar advance… the vertical garden, terraces in the air or green roofs are concepts we’ve been hearing for quite some time. The Boeri’s success was exploring to the limit, building it and achieving something unexpected… not by a viral effect, rather by the doors he opens.

Recently Dezeen shared an architectural film by the famous Liam Young. A fictional portrait of a ten billion people city made by tree-like towers melting with concrete and wooden structures. One of biggest challenges of a skyscraper is that bigger the height, farer the ground. The criticism around that dilemma is well known, why live up high when the true wealth is down below? You’ll address the point. Boeri alongside Young introduce an idea, loosing up the tied ground and move it towards verticality… even better Boeri’s achievement for being built. I couldn’t confirm if naming it vertical forest was aligned to this but denying this innovation would be a sacrilege.

Round up the thought. Naturally, our bodies ask for the ground, its odors, freshness and contrasts. The garden is the exceptional mystical place and having the theory and technology to unleash from the surface and move it up in the air, as you may imagine, opens unexpected doors. Opportunities towards form, but upmost character, of the spirit between the building and us. A brief finding waiting for more to discuss… although the game was just inaugurated.

El Errante

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The Swan Song of Architecture

Between the wonderful perks of being an architect… I’d say building your own home is the greatest. The emotion, satisfaction or mere ecstasy of letting go prejudices and going along your intuition is unrivaled. The architectural equivalent of the autobiography. They may not have the flamboyancy of a public building, but the immeasurable care you execute in your home is unique. A new architect in the repertoire of recognizable names, Manuel Cervantes, recently shared photographs of his. Alongside the publicity it obviously represents, exposing the most personal and thoughtful is a pleasure by itself, even from the plain 2D image. Relevant as it is, the only Mexican Pritzker went to Luis Barragán widely recognized by his houses, especially the one he lived in.

The big words are the following. Music, precisely the last collection from Franz Schubert. I heard clips of it in the radio, specifically in a Mexican program known as “La Corneta”. Preceded by a brief introduction, the hosts shared the concept around the “swan song” (in Spanish “canto del cisne”), a metaphorical figure that represents the last opus, the symphonies closer to the author’s death. The swan, before passing away (true or not) intones its greatest melody… a greatness acquired by experience, sincerity or ecstasy? We are withstanding before a wonder… death, aging or maturity are the crib of honesty and transcendence. I mean this, the autobiography or the architect’s home are the closest to the peak… their swan songs if you will. What an achievement whenever it happens.

El Errante

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Cranny Lights

Days before I found a lamp. Somewhere deliberately lost in a road stop in the middle of a northern mexican state. A building of that typology is a tricky one; usually those places suffer the abandonment caused by the lack of clientele, but this case was exceptional. A maintained place and closely located to one of the selected towns that obtain the forename “magic” and voilá, the tourists come along. As I told you, I saw a lamp there.  

I am an architect with a furtive attitude towards curiosity and wonder. Stomp over the stone, the same a sharp eye cautiously admires. And so, the lamp appears at sight, even with the sun at it’s peak; turn the lights on and I would have taken a sit beside the firefly. The color is a mystery to me, but I’d take a guess for a warm one, orange tinted with a slight yellow shade. That combination comes to mind when I visualize myself in such a place, between centenary trees and leafy bushes.  

Above all we see the lamps, led at night, showing a blurring light through a glass I wish you could see. You’ve seen it at your grandpa’s home, or those backyards turn to cellars with thick glass bottles, I mean, you recall the infamous and exceptional mexican “caguama”. Double the thickness and cover the interior with a thin layer of a precise cracked glass, almost intentionally. A work that deserves recognition. Maybe, someday I may return just to stare at the cranny light of one of those lamps, is there a better reason?

El Errante

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Una Vida en Guerra

La arquitectura sigue siendo un misterio para mí ¿por qué un estadio repleto de personas con sus celulares encendidos al cielo encarna un hogar? Y me quedo corto con la poética o el romanticismo que un sentimiento así merece. Un mar de luces moviéndose al ritmo de guitarras, voz y aire. Un resbaladero oval encerrando cualquier posible desborde y manteniendo la densidad y la fuerza de miles de bocas.

La arquitectura es humana. La casa sin el peso de nuestras pisadas es una ruina. Un estadio frío de concreto, una estructura metálica ultraligera y dimensiones imposibles. Todo se transforma al son de una canción, de un himno, luces por doquier y la fuerza imbatible del ser humano difuminándose en ese mar. Escenografía, producción o casualidad, pero al final resulta que siempre le hemos pertenecido al otro. Está es la belleza de la música, de la escritura y de la arquitectura.

Rueguen por una humanidad que lo comprenda; para que en la práctica no sea una filosofía momentánea sino eterna. Unas vidas en guerra.

Inspirado en En Livstid I Krig de Sabaton.

El Errante

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Luces Agrietadas

El otro día encontré una lámpara. Estábamos en medio de un paradero en un estado del norte mexicano. Estar en esa categoría de uso es difícil porque en normalidad esos lugares sufren del abandono por la poca clientela, pero en este caso admito una contada excepción. Era un lugar bien cuidado y que por la cercanía a un pueblo mágico hasta ofrecía servicios para fiestas o todo tipo de celebraciones (hasta entonces que puedan permitirse, claro). Y les digo, ahí encontré una lámpara.

Soy arquitecto, y uno con un placer furtivo por la curiosidad y el asombro. Una piedra puede solo ser pisada, pero camino con una cautela que hasta ella me llama la atención. Así me pasó con esa lámpara, y eso que el atardecer aún era lejano, porque de haber tenido luz hubiera compartido asiento con la luciérnaga. No pude adivinar el color, pero apostaría por uno cálido, anaranjado con unos ligeros tonos amarillos. Se me hace la combinación ideal para un lugar así, entre árboles centenarios y miles de pequeñas hojas de arbustos y pinos bajos.

Alzándose están esas lámparas, a estas alturas de la noche, difuminándose a través de un cristal que quisiera mostrarles. Han visto en casas de abuelos o en las bodegas que son nuestros patios traseros esas botellas de cristal grueso, que ejemplar caso el de la caguama, por decir uno. Dupliquen su grosor e insértenle una capa interior cuidadosamente agrietada, casi tallada a propósito. Un trabajo que quisiera destacar. Tal vez regrese a sólo ver la luz agrietada de una de esas lámparas, qué mejor motivo que ese ¿no?

El Errante

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A Veinte Centímetros

Estaba sentado en la banqueta; veinte centímetros por encima de la empolvada calle reposando en un jardín severamente cuidado por la sutil ventaja de estar en un fraccionamiento privado. Un tema bien complejo pero que dejaré de lado está vez; aún no condenso una reflexión tan profunda sobre ello, por lo menos lo suficiente para compartírselos. Contrariamente, la ergonomía o específicamente la lectura corporal es uno que me intriga y motiva para escribirles. Y les insisto, la emoción de estas palabras vino de esa banqueta, ya acompañada de miles de otros momentos en que mi cuerpo disfrutaba de una comodidad parecida.

¿Se han sentado en muebles bajos? ¿Sillas para niños, bancos de apoyo o lo más reconocible, camastros sobre arena? Las piernas siempre están en tensión, erguidas o ligeramente apoyadas, pero al fin y al cabo esforzándose. He notado que a menor altura descansan con sorprendente facilidad, tan es así que en esas posiciones bajas exploran movimientos nuevos. Supongo que a esas alturas volvemos a ser niños; tocas el suelo, te acercas a lo que normalmente ignoras y la perspectiva se agranda. O al menos mientras más cerca del suelo hay una comodidad implícita e inexplorada. Una pregunta que arquitectónicamente seduce muchas respuestas.

En fin, les cuento sólo breves anotaciones a tomar en cuenta en la próxima decisión que tomen al respecto, pues una silla baja es volver a jugar con esa calle empolvada.

El Errante

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