Lecciones de calles inundadas

Pasamos por una tormenta que cae hacia arriba, cascadas hirvientes desde alcantarillas de una ciudad incapacitada y rebasada por agua inocente buscando su camino. Es un recuerdo reciente, bien cocidito que viene a colación para un soliloquio nocturno sobre un oro en crisis, el agua. Con todo y los tremores que me provoca el mar o la huida de una pesada lluvia, desconozco a la par que admiro tanto a la santa y adorada agua, tributando tiempo y letras con tal que no falte. La naturaleza es un personaje oculto y lejano que intento integrar a la arquitectura. Agua y madera juntas particularmente.

Los recuerdos vienen atados a símbolos inesperados, como pasa esta vez. «Hagan espacio al agua», «Hagan al agua visible, intégrenla al espacio cívico» o «Balanceen agua y tierra, valoren ambas» son frases diminutas que dices con soltura cuando el agua es tan común como la sequía y el calor. Acá, en tierras abajeñas, los días mojados, según el año y el contrarreloj ecológico, se cuentan fácilmente. Es más triste admitir que cuando llegan, los recibimos con indiferencia, lejos del cariño que cultiva su ausencia, o que debería. Les traje solo unas capturas de una lista más larga que les invito a leer. En temas aparte, intencionadamente o no, el arquitecto autor señor David Waggonner (Waggonner & Ball) escribió como lo hacen filósofos o viejos sabios tal lista, entre breviarios poéticos y dichos populares ¡uf! ¡y qué efectiva es esa combinación!

Ya había inaugurado a la madera y faltaba la presentación digna, hecha y derecha de la susodicha agua. Una buena excusa para escribirles. Les lanzo un final tejido a varios inicios más; les cierro esta puerta para abrirles un par más en forma de un consejo: «el desastre es una terrible cosa por ignorar» (“a disaster is a terrible thing to waste…”).

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Página en blanco

Esta página en blanco es un sitio para pensar. La palabrería es un medio para concretar algo que solo vive en una idea abstracta. Los artículos que leen paulatinamente se acumulan en un repositorio. Una base de datos útil para mí, y quizá para algunos de ustedes.

Traigo aun en mente el futuro de este blog. Ese laboratorio que les vengo platicando poco a poco se asienta, se sedimenta conforme lo alimento de información. Módulos, CNC, madera, impresión 3D, autoconstrucción, jardines, cambio climático o sostenibilidad son claves y pistas que han resultado de ese proceso. Y sigo sin rumbo, pero hallando cositas y cositas que me dirigen a algún lugar.

Tengo el recuerdo de alguna vieja voz que dijo admirar el apasionante temor de perseguir una idea, un sueño o un simple deseo. Como errantes seguimos andando, arreando piedrillas con el impulso del momento… a veces a tientas, y otras más con la luz diminuta de una luciérnaga solitaria.

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Misterios que me evitan

Cuesta mucho esa cuesta que quiero subir. Doy un paso y topo ciegamente con la frente. Me muevo a la izquierda o derecha y algo me sigue impidiendo el paso. Estoy a tientas y ciego; inexplicablemente sin poder avanzar. En días aciagos, escribir es una dolencia difícil de evitar. Me pregunto constantemente de las razones. Camino y camino en círculos, por ser la única manera de energizar mi hemisferio crítico, y lo analizo detenidamente. Adopto el papel detectivesco de un policía, intimidando sujetos, razones y excusas para dilucidar el trasfondo del asunto. Por más habilidoso que sea, me enfrento al némesis perfecto, un archienemigo hecho a imagen y semejanza ¿y cómo resolver el misterio si este yace dentro del juez?

En esas sesiones y a lo largo ya de los meses, han surgido palabras del acusado. Frases y algunos enunciados concluyentes que me acercan hacia acciones decisivas. Ya hay muchos antecedentes. Artículos y artículos que con más o menos acierto investigaban el mismo caso. Como búsquedas solo separadas por el tiempo, la desidia y la poca disciplina. Así, les presento la lista más reciente de síntomas que acechan mi práctica:

El formato. Ese formato tan corto, pero tan práctico. Eficiente como poco concluyente. Ausencia de continuidad. A la mano hay aún nulos o vagamente desarrollados métodos para conectar. Un laboratorio sin una metodología unificada no goza de mucha seriedad o potencia. Lo tendrá menos un laboratorio virtual de arquitectura. Par de argumentos finales. Mi falta de atención creativa a la historia y personaje. Cuando atiendo cada relato desde una posición tan neutra, todo adquiere un tono gris. Y la cereza del pastel es el vocabulario. Nexos, sustantivos, conjunciones, verbos, adjetivos y adverbios. Paso por los modismos, queísmos, redundancias y voces. Falto de variedad, al fin y al cabo.

Papel y pluma en mano ¿qué hay que hacer?

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Dios está en los detalles

«Dios está en los detalles» Palabras inmortalizadas y selladas en tinta. Una frase para la historia moderna y oficial de la arquitectura occidental. Un dicho popular que se repite con tanto en imágenes y composiciones digitales hasta el hartazgo, llegando a borrarle cualquier indicio de autoría… como un verso cantado que va de boca en boca. Ahora solo yendo de ojo en ojo.

Tras unos minutos de investigación, aparecieron dos nombres. El francés Gustave Flaubert y el alemán Mies Van der Rohe. Recordados como parte de un protocolo de cortesía. Eso sí, agradeceré si alguna vez encuentro su origen. Quieran o no, leerse la hoja previa y posterior cambiará por completo el significado de esas cinco palabras. Sin embargo, el meollo de hoy es la interpretación que resulta de ellas.

Les cuento. Irapuato no es una ciudad en la que consiga con facilidad asombrarme por un edificio o arquitecto. En su lugar sí me sucede con los espacios ruinosos que rellenan todos los predios del centro de la ciudad o los baldíos enormes repartidos entre las avenidas principales. Con ese antecedente, tuve la suerte de encontrar un trabajo en un lugar agradable. Muy, muy agradable. Tengo una fascinación por las bodegas abandonadas; pues ahora estoy en una remodelada. Desde aquí, van ganando mis favores. Encima de eso, cumplieron con una cualidad que respeto y anhelo aprender, la de la simpleza espacial/material. Llamémosle así ante la falta de un apodo más rimbombante.

Podrán ausentársele los jardines interiores o colores más acogedores con los que estoy familiarizado. Y sin dejar eso a un lado, el proyecto funciona y se disfruta, por decir poco. Desde las estructuras en metal negruzco, los muros, techos y pisos blanquecinos, el amueblado de melamina marrón y con un trabajo decorativo que navega entre lo minimalista y lo folclórico. Las instalaciones desnudas y a mi gusto pensadas con más detenimiento que de costumbre. Encima de todo esto, tuvieron el acierto de cultivar algo que se ignora comúnmente y que una bodega daba la pauta de celebrar, el paseo.

Las oficinas, y más en México, suelen ser ejemplos de hacinamiento y de faltas a la dignidad humana. Ya de por sí cargamos con el estereotipo del cubículo repetido en una planta libre. Los lugares para la recarga del café, la cocineta o los baños suelen estar bien escondidos, mínimos y sin mucho ánimo de respetarlos según la sagrada función que cumplen. Ya sea que en las susodichas oficinas tuvieron la fortuna de tener tan grandes dimensiones o lo decidieron bajo consciencia de su situación; cualquiera que sea la razón, disfruto tantísimo recorrer al menos unos cincuenta metros a los baños. O tomar el sagrado recorrido de veintitantos metros hacia la cocina. Los espacios gozan de unas dimensiones cadentes y de un trato cuidadoso. Unos baños amplísimos e iluminados rayando en la decoración extravagante. Una cocina con un jardín del siglo pasado, con árboles, esculturas, maceteros, maderas y gravas, como toda casa habría de tener.

Miren atentamente, podrían perderse de las cosas pequeñas que hacen la diferencia. Un tubo diminuto que detiene el abatimiento de una puerta. La suavidad visual de una melamina. La facilidad de una oficina espaciosa. El perchero en un rincón. La rejilla inferior de los muros acristaladas que separan a las oficinas. Junto vienen los inevitables errores, como es compartir una misma cubierta sumándole decibeles a un eco interminable. O la falta de ventilación más constante, natural preferiblemente. Aún así no diré más, porque en muchas ocasiones son esos detalles los que resultan en las situaciones más curiosas. Ya sabrán de lo que hablo.

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Descifrando Nimiedades

No entiendo los frentes residenciales. Con acierto decía mi profe que diseñamos «mejor» lo que conocemos… y no suelo visitar residenciales donde abundan o las contaditas que sí, son bastante más humildes de lo es común y comercial ahora en los fraccionamientos. Ya son una marca predefinida, un pedido asumido para cualquier nueva urbanización. Con menos presupuesto son llanos y medio terrosos, con un poco de pasto quizá en la casa muestra que pronto quedará sepultado debajo del concreto o algún piso cerámico. Y así, conforme aumente el poder adquisitivo del cliente/futuro habitante.

A la puerta hay un proyecto de una casa. Residencial, para como apellido fácil de identificar. La regla, social y barrial, es dar ese frente, otorgarlo. Ese otorgarlo tiene sus matices. Es un descanso visual que amplía la sección libre de la calle. La decoración va de la mano, entendida usualmente en términos de materiales o elementos con adjetivos quisquillosos: lujosos, grandes formatos, jardines escenográficos y frondosos (cosa que agradezco por menos, sea cualquier origen), volados espectaculares, dimensiones exageradas y monumentalidades que a mi gusto no le pertenecen a la casa. Hay un movimiento intencionado en mantener una moda específicamente identificada en esas listadas características.

La reflexión me llevó a cuestionarme el recelo que tengo hacia esos frentes. No sabía si eran los jardines aspiradamente perfectos, los materiales demostrando «lujo» o los volados innecesariamente exagerados. Aunque en suma y tras una revisión breve, eran las combinaciones de esas situaciones las que no me agradan. Sin lugar a duda, hay una crítica subyacente que habla del derroche que no quisiera apremiar, pero más allá, radica el meollo del asunto: esos frentes son ignorados, por más que parezca lo contrario.

Ciudades sin frentes, al paño de la calle. Casa Estudio Luis Barragán. Google Maps.

Hace un par de años diseñé una cabaña a la mitad de un bosque guanajuatense. El terreno estaba inmerso en plena sierra sobre una ligera pendiente. Los pinos altísimos se distribuían en toda el área, dejando poco espacio para ignorarles. Para no hacer la historia larga, la maestra revisó el programa arquitectónico con nosotros (listado de los espacios, ej. recámara, cocina, etc.), e hizo énfasis en uno en particular, la entrada. Nos pidió específicamente un espacio de transición. En palabras simples, nos negó aceptar cualquier proyecto cuya entrada fuera excesivamente directa. Un entremedio. Eso mismo termina siendo el frente residencial. Un paso entre la calle y nuestro querido rincón personal. Ahora entiendo por qué Bachelard explica su Poética del Espacio, no a partir del vacío sino de los límites que forman ese vacío. Dejemos ahí el dilema para posteriores resoluciones, por lo pronto.

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