Ciudades Suspendidas

De chico recibí un regalo guardado en una caja de cartón. Era un carrete de hilo rojo, grosísimo y pesado. Parecería ahora un regalo insulso ¡cuán equivocado! Agradezco que aquel niño no lo viera así. Bien sumergido en la emoción, lo tomé y salí a galope al parque de la vuelta. Allí, rápidamente y con un par de manos más comenzamos el espectáculo. Anudé el inicio a la rama de un robusto árbol, lo dejé caer y un amigo prosiguió el atado hasta el tronco más lejano. Dio dos vueltas, me lo pasó y continuamos. Las manos se multiplicaron sin mucho esfuerzo, era tanto hilo que de no ser así el octogésimo nudo hubiera sido inalcanzable.

En un abrir y cerrar de ojos, levemente cansados, unos treinta niños y niñas de toda la cuadra me acompañaban en mi asombro. Les confieso haber dejado la mitad del carrete, pero aquello adquirió tal densidad y magnitud que de haber continuado tal vez seguiríamos ahí. Saltamos de alegría y no paramos de explorarla. Podría tardarme horas relatándoles miles de figuras, movimientos, choques o sollozos que ejecutamos ese día, pero dejaré aquello a su inventiva. Verán, la magia envuelve a ese recuerdo. Unos hilos tensados crearon casas flotantes, muros invertidos y puentes inútiles. Un paraíso en el aire nacido de un carrete de hilo rojo. Aquello es una demostración excepcional de que el asombro, el misterio y la magia son la cuna de aventuras, retos y, sobre todo, historias compartidas. Aquella ciudad sigue viva, una leyenda que recorremos todos los días con cada niño y niña que estuvo ahí.

El Errante

Deja un comentario