Laboratorio del Errante

Estos días descifré un problema que llevo demasiado tiempo pensando y solucionando a tientas desde que comencé el blog. Aunque «descifrar» suena demasiado rimbombante, me doy cuenta con más certeza que el lugar virtual llamado El Errante nació con un concepto intrínseco, el de experimentar. Ahora tiene tanto sentido que la palabra «laboratorio» rondara tanto por mi cabeza; un susurro que me recuerda que esto es una galería para mostrar, lo que sea malo y, cuando las estrellas se alineen, lo que resulte bueno.

El «laboratorio» es un lugar ultra versátil, ultra específico, como al mismo tiempo metódico. Naturalmente no es un concepto afín al arte. Que el método congenie con algo que duda del orden y se inspira en el caos suena paradójico. Por encima de eso, hay un espíritu que le admiro al concepto. Les digo espíritu como podría carácter u otro sinónimo, aludiendo a la ironía de ambas representar a un universo de cosas que no sé narrar en palabras. Un síntoma regular que a ver que medicina me invento para curar. Me fascina divagar y en retrospectiva darme cuenta de las vueltas que les vengo a platicar.

Iré al grano: el laboratorio es lo más parecido que tenemos nosotros, adultxs responsables y profesionistas, a un patio de juegos. Ahí está la infraestructura, los materiales y todo recurso y herramienta imaginable para experimentar. Y el hecho de que el término laboratorio parece casi antagónico, le da un placentero extra.

Les platico mi sueño: El Errante nació para ser ese lugar, mío y suyo. Un taller, un laboratorio. Una nada o un todo. Un portafolio y un blog. O un desastre como una inspiración. Les confieso un sentimiento de ansiedad que quiero liberar por ver esto logrado. Un par de líneas no la harán desaparecer, pero algunx de ustedes quizá encuentra en su compañía una frustración compartida que les permitirá abandonar a nuestro perfeccionista personaje.

El Errante

Deja un comentario