Misterios que me evitan

Cuesta mucho esa cuesta que quiero subir. Doy un paso y topo ciegamente con la frente. Me muevo a la izquierda o derecha y algo me sigue impidiendo el paso. Estoy a tientas y ciego; inexplicablemente sin poder avanzar. En días aciagos, escribir es una dolencia difícil de evitar. Me pregunto constantemente de las razones. Camino y camino en círculos, por ser la única manera de energizar mi hemisferio crítico, y lo analizo detenidamente. Adopto el papel detectivesco de un policía, intimidando sujetos, razones y excusas para dilucidar el trasfondo del asunto. Por más habilidoso que sea, me enfrento al némesis perfecto, un archienemigo hecho a imagen y semejanza ¿y cómo resolver el misterio si este yace dentro del juez?

En esas sesiones y a lo largo ya de los meses, han surgido palabras del acusado. Frases y algunos enunciados concluyentes que me acercan hacia acciones decisivas. Ya hay muchos antecedentes. Artículos y artículos que con más o menos acierto investigaban el mismo caso. Como búsquedas solo separadas por el tiempo, la desidia y la poca disciplina. Así, les presento la lista más reciente de síntomas que acechan mi práctica:

El formato. Ese formato tan corto, pero tan práctico. Eficiente como poco concluyente. Ausencia de continuidad. A la mano hay aún nulos o vagamente desarrollados métodos para conectar. Un laboratorio sin una metodología unificada no goza de mucha seriedad o potencia. Lo tendrá menos un laboratorio virtual de arquitectura. Par de argumentos finales. Mi falta de atención creativa a la historia y personaje. Cuando atiendo cada relato desde una posición tan neutra, todo adquiere un tono gris. Y la cereza del pastel es el vocabulario. Nexos, sustantivos, conjunciones, verbos, adjetivos y adverbios. Paso por los modismos, queísmos, redundancias y voces. Falto de variedad, al fin y al cabo.

Papel y pluma en mano ¿qué hay que hacer?

El Errante

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