Mobilis

Cuan diferente será diseñar el «mobiliario» a un «edificio», llámese el escritorio o la silla; o el museo o la iglesia. Aunque en un análisis superficial pareciesen sumamente similares, dudo sobre esa acepción. La escala importa, para empezar, y de ella deviene la implicación con el ser humano del primero. La etimología dice que «mueble» es una adecuación de mobilis, que por definición es «que se puede transportar». Por más pertinente, es insuficiente para los propósitos. En el hogar encontramos un sinnúmero de cosas a las que nombrar «mueble» o «mobiliario» y cuya fijación se equipara a la misma de la estructura; revisemos la cocina con los aparadores, desde las de reciente manufactura hechas de madera e integradas al espacio contenido hasta algunas reminiscencias de las cocinas de antaño, coladas en concreto y tejidas con la estructura, como si se tratase de la culminación final de un entramado útil.

Superada la connotación de su movilidad, la búsqueda debería concentrarse en un valor mucho menos evidente, una propiedad que se repita indiferentemente de la forma o uso que adquiera. El ser humano habita la arquitectura, se ubica y reconoce en ese proceso, pero es quizá el mobiliario el que se ubica más cercano a la categoría de la «técnica» o la «herramienta». A pesar de su especialización (lo que le confiere utilidad) ser usado directamente por el ser humano le coloca en una posición de superioridad y posibilidad. El escritorio en el que mi cuerpo es sujeto de su trabajo se implica en una actividad subestimada intimidad. Mis piernas se cruzan debajo de él, tal vez encontrando un apoyo en alguna de sus vigas inferiores; y sí fuese de madera maciza, mis extremidades inferiores sentirían el cobijo en ese rincón. Los codos tal vez vuelen un poco, pero se sentirán cómodos en esa superficie llena de objetos, cada cual, retando al anterior en su capacidad de especialización, desde el ordenador que le ocupa entero hasta ese bloc de notas que encontró su lugar final. Ese mueble es para mí tanto como la arquitectura, mi espíritu se moldea en el trabajo, y el medio, es decir, ese escritorio y/o arquitectura, son relevantes para ese propósito. No se trata únicamente de un acierto de la confortabilidad, sino una posibilidad de espíritu, de técnica, un augurio de reconocimiento.

Argumentar que la «especialización» es la separación máxima entre arquitectura y el mobiliario (que ni se mencione cuando ambas concurren en su lenguaje ¡vaya fortuna!), sin olvidar las consecuencias de esa naturaleza (llámese escala o fijación, por ejemplo) sería un enunciado concluyente; aunque más allá, ambos se presentan como directores en el teatro de la vida, en el «juego del habitar», ambos son medios inextricables para que el ser humano tome lugar en un infinito desconocido.

El Errante

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