El no hacer en Arquitectura

Discutía con un amigo, cuándo salió a la luz la cuestión del “no hacer en arquitectura”, cosa vaya novedosa, he de decir. Pensándole caí en la cuenta de lo que pudiera tratarse. Asumir que hay un “no hacer” implica que previamente “se hizo” y que algo cambió para que se tuviera que “dejar de hacer” o “no hacer”; por tanto, se trata de una cuestión de esencia, es decir, que la diferencia entre uno y otro es en referencia a lo que se cree que “es” la arquitectura, por lo menos aquella que nombramos como “verdadera”. El llamamiento al “no hacer” implica que cuando se dijo se notó que esa esencia ya no se presentaba o estaba siendo alienada, valorando que lo “correcto” está en el “se hizo”. Este anuncio es en realidad uno para abrirle paso a una crítica.

Ahora preguntémonos sobre lo que se ha alienado, pues descifrarle permitirá concedernos puerta abierta al “ser” de la arquitectura previo. Las circunstancias parecen evidentes, y de entre los culpables más crueles tendríamos que señalar al “capitalismo” y su hermandad. La rentabilidad como juez de valor dictó que eso “correcto” o “verdadero” en arquitectura es anticuado y lo demostró produciendo esa nueva arquitectura frágil, excesivamente visual, revestida, escénica y producida; la cual, vaya coincidencia, es un magnífico productor de riquezas más allá de su presencia física (quien no niega que la presencia de las fotografías en redes es quizá más llamativa que la visita al edificio, y que esa fama (moda, por consecuencia) produzca riquezas inesperadas). Vaya que entonces, los exiliados son todos aquellos cuyas intenciones aspiren más allá del interés económico. La moral, como uno de los líderes, vaga perdido sin saber ya sus razones ni motivos. Como dijo Bauman, todo aquello que no tenga una aplicación práctica clara o precisa (por tanto, un beneficio en retorno) no tiene sentido en esta vida, y es rápidamente rechazado y olvidado.

Alzar las manos por el “no hacer en arquitectura”, me parece que tiende a esta mirada. Una dura crítica al sistema que nos “cobija”; ese cruel hábitat come-mundos.

¡Anunciad vehementemente que la arquitectura adolece vestida de mil y un máscaras!

¡Anunciad pues resulta irreconocible entre su llamativo ropaje!

¡Anunciad que se asfixia entre sus vestiduras!

El Errante

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