Lecciones de calles inundadas

Pasamos por una tormenta que cae hacia arriba, cascadas hirvientes desde alcantarillas de una ciudad incapacitada y rebasada por agua inocente buscando su camino. Es un recuerdo reciente, bien cocidito que viene a colación para un soliloquio nocturno sobre un oro en crisis, el agua. Con todo y los tremores que me provoca el mar o la huida de una pesada lluvia, desconozco a la par que admiro tanto a la santa y adorada agua, tributando tiempo y letras con tal que no falte. La naturaleza es un personaje oculto y lejano que intento integrar a la arquitectura. Agua y madera juntas particularmente.

Los recuerdos vienen atados a símbolos inesperados, como pasa esta vez. «Hagan espacio al agua», «Hagan al agua visible, intégrenla al espacio cívico» o «Balanceen agua y tierra, valoren ambas» son frases diminutas que dices con soltura cuando el agua es tan común como la sequía y el calor. Acá, en tierras abajeñas, los días mojados, según el año y el contrarreloj ecológico, se cuentan fácilmente. Es más triste admitir que cuando llegan, los recibimos con indiferencia, lejos del cariño que cultiva su ausencia, o que debería. Les traje solo unas capturas de una lista más larga que les invito a leer. En temas aparte, intencionadamente o no, el arquitecto autor señor David Waggonner (Waggonner & Ball) escribió como lo hacen filósofos o viejos sabios tal lista, entre breviarios poéticos y dichos populares ¡uf! ¡y qué efectiva es esa combinación!

Ya había inaugurado a la madera y faltaba la presentación digna, hecha y derecha de la susodicha agua. Una buena excusa para escribirles. Les lanzo un final tejido a varios inicios más; les cierro esta puerta para abrirles un par más en forma de un consejo: «el desastre es una terrible cosa por ignorar» (“a disaster is a terrible thing to waste…”).

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Dios está en los detalles

«Dios está en los detalles» Palabras inmortalizadas y selladas en tinta. Una frase para la historia moderna y oficial de la arquitectura occidental. Un dicho popular que se repite con tanto en imágenes y composiciones digitales hasta el hartazgo, llegando a borrarle cualquier indicio de autoría… como un verso cantado que va de boca en boca. Ahora solo yendo de ojo en ojo.

Tras unos minutos de investigación, aparecieron dos nombres. El francés Gustave Flaubert y el alemán Mies Van der Rohe. Recordados como parte de un protocolo de cortesía. Eso sí, agradeceré si alguna vez encuentro su origen. Quieran o no, leerse la hoja previa y posterior cambiará por completo el significado de esas cinco palabras. Sin embargo, el meollo de hoy es la interpretación que resulta de ellas.

Les cuento. Irapuato no es una ciudad en la que consiga con facilidad asombrarme por un edificio o arquitecto. En su lugar sí me sucede con los espacios ruinosos que rellenan todos los predios del centro de la ciudad o los baldíos enormes repartidos entre las avenidas principales. Con ese antecedente, tuve la suerte de encontrar un trabajo en un lugar agradable. Muy, muy agradable. Tengo una fascinación por las bodegas abandonadas; pues ahora estoy en una remodelada. Desde aquí, van ganando mis favores. Encima de eso, cumplieron con una cualidad que respeto y anhelo aprender, la de la simpleza espacial/material. Llamémosle así ante la falta de un apodo más rimbombante.

Podrán ausentársele los jardines interiores o colores más acogedores con los que estoy familiarizado. Y sin dejar eso a un lado, el proyecto funciona y se disfruta, por decir poco. Desde las estructuras en metal negruzco, los muros, techos y pisos blanquecinos, el amueblado de melamina marrón y con un trabajo decorativo que navega entre lo minimalista y lo folclórico. Las instalaciones desnudas y a mi gusto pensadas con más detenimiento que de costumbre. Encima de todo esto, tuvieron el acierto de cultivar algo que se ignora comúnmente y que una bodega daba la pauta de celebrar, el paseo.

Las oficinas, y más en México, suelen ser ejemplos de hacinamiento y de faltas a la dignidad humana. Ya de por sí cargamos con el estereotipo del cubículo repetido en una planta libre. Los lugares para la recarga del café, la cocineta o los baños suelen estar bien escondidos, mínimos y sin mucho ánimo de respetarlos según la sagrada función que cumplen. Ya sea que en las susodichas oficinas tuvieron la fortuna de tener tan grandes dimensiones o lo decidieron bajo consciencia de su situación; cualquiera que sea la razón, disfruto tantísimo recorrer al menos unos cincuenta metros a los baños. O tomar el sagrado recorrido de veintitantos metros hacia la cocina. Los espacios gozan de unas dimensiones cadentes y de un trato cuidadoso. Unos baños amplísimos e iluminados rayando en la decoración extravagante. Una cocina con un jardín del siglo pasado, con árboles, esculturas, maceteros, maderas y gravas, como toda casa habría de tener.

Miren atentamente, podrían perderse de las cosas pequeñas que hacen la diferencia. Un tubo diminuto que detiene el abatimiento de una puerta. La suavidad visual de una melamina. La facilidad de una oficina espaciosa. El perchero en un rincón. La rejilla inferior de los muros acristaladas que separan a las oficinas. Junto vienen los inevitables errores, como es compartir una misma cubierta sumándole decibeles a un eco interminable. O la falta de ventilación más constante, natural preferiblemente. Aún así no diré más, porque en muchas ocasiones son esos detalles los que resultan en las situaciones más curiosas. Ya sabrán de lo que hablo.

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Descifrando Nimiedades

No entiendo los frentes residenciales. Con acierto decía mi profe que diseñamos «mejor» lo que conocemos… y no suelo visitar residenciales donde abundan o las contaditas que sí, son bastante más humildes de lo es común y comercial ahora en los fraccionamientos. Ya son una marca predefinida, un pedido asumido para cualquier nueva urbanización. Con menos presupuesto son llanos y medio terrosos, con un poco de pasto quizá en la casa muestra que pronto quedará sepultado debajo del concreto o algún piso cerámico. Y así, conforme aumente el poder adquisitivo del cliente/futuro habitante.

A la puerta hay un proyecto de una casa. Residencial, para como apellido fácil de identificar. La regla, social y barrial, es dar ese frente, otorgarlo. Ese otorgarlo tiene sus matices. Es un descanso visual que amplía la sección libre de la calle. La decoración va de la mano, entendida usualmente en términos de materiales o elementos con adjetivos quisquillosos: lujosos, grandes formatos, jardines escenográficos y frondosos (cosa que agradezco por menos, sea cualquier origen), volados espectaculares, dimensiones exageradas y monumentalidades que a mi gusto no le pertenecen a la casa. Hay un movimiento intencionado en mantener una moda específicamente identificada en esas listadas características.

La reflexión me llevó a cuestionarme el recelo que tengo hacia esos frentes. No sabía si eran los jardines aspiradamente perfectos, los materiales demostrando «lujo» o los volados innecesariamente exagerados. Aunque en suma y tras una revisión breve, eran las combinaciones de esas situaciones las que no me agradan. Sin lugar a duda, hay una crítica subyacente que habla del derroche que no quisiera apremiar, pero más allá, radica el meollo del asunto: esos frentes son ignorados, por más que parezca lo contrario.

Ciudades sin frentes, al paño de la calle. Casa Estudio Luis Barragán. Google Maps.

Hace un par de años diseñé una cabaña a la mitad de un bosque guanajuatense. El terreno estaba inmerso en plena sierra sobre una ligera pendiente. Los pinos altísimos se distribuían en toda el área, dejando poco espacio para ignorarles. Para no hacer la historia larga, la maestra revisó el programa arquitectónico con nosotros (listado de los espacios, ej. recámara, cocina, etc.), e hizo énfasis en uno en particular, la entrada. Nos pidió específicamente un espacio de transición. En palabras simples, nos negó aceptar cualquier proyecto cuya entrada fuera excesivamente directa. Un entremedio. Eso mismo termina siendo el frente residencial. Un paso entre la calle y nuestro querido rincón personal. Ahora entiendo por qué Bachelard explica su Poética del Espacio, no a partir del vacío sino de los límites que forman ese vacío. Dejemos ahí el dilema para posteriores resoluciones, por lo pronto.

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Jardines Hechos Recubrimiento

¿Qué mérito tiene un jardín vertical? Podría tomar cualquier perspectiva para criticarlo y terminar con resultados dispares. Así que, en ese afán, tomaré una muy mía, o que he intentado adoptar. Tal adopción vino de Adolf Loos y las breves revisiones que tuve de él en cinco años universitarios.

Malinterpretación mía o no, he pensado en su postura sobre la decoración, o lo que denomina «ornamento». Ahora bien, les aclaro que en cuanto a él se refiere me alejaré, pues sin la certeza de conocerlo a profundidad no puedo avanzar; sin embargo, les afirmo que el principio de mis reflexiones está en esas breves revisiones. Retomando, pues. Con respecto al ornamento me mantengo abyecto, pues es sumamente complicado definir un límite. Si bien, estoy en contra del recubrimiento (sea o no parte de la categoría de ornamento), esencialmente de aquellos que pretenden embellecer más a favor de modas pasajeras que en beneficio del espacio vital que afectan. Y es peor cuando en nombre de ellos diseñamos… resultando en un círculo vicioso insalvable. No me enfrento a los recubrimientos como tal, sí lo hago a utilizarlos en su mera cualidad superficial, sin la riqueza que un material debería otorgarnos.

Ahora caigamos en el objeto: «jardines verticales». Si lo piensan, resulta ser un recubrimiento más, un intercesor entre nosotros y la estructura. Aunque cada que lo vuelvo a pensar me insisten en esa concluyente característica de estar vivos, de representar, mucho más que la madera, la frescura de la vida… un atributo incomparable a cualquier otro material. La innovación más inesperada es esa. Para espacios diminutos, interiores diáfanos o disfraces a escala urbana, de todo lo hay. Para mal, les dejo con una última consideración y mi más relevante conflicto. Un jardín es una experiencia envolvente, de pies a cabeza; pero cuando lo restringes al muro, se comprime a una experiencia lineal. En esencia no es un mal, pero sin duda denominarlo «jardín» parece excederlo por completo. Tal vez sea el marketing quien lo explique ¡Compra un pedazo de jardín para tus muros!

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Tribulaciones a los Jardines

Acercamiento pícaro a una orquídea (Foto de Fernanda Contreras)

Podría pasar horas viendo fotografías de los jardines de Barragán, y eso que los pocos míos que veo con cierta recurrencia no le piden nada en cuanto a carácter se trata. Al menos asumo que esa es una de las palabras que usaría para describir un jardín mágico, quizá de la categoría de Ferdinand Bac en sus jardines encantados, pero les digo, puede ser solo adivinanza. Aún más les afirmo con orgullo que ya he aprendido algunas palabras de esas que apenas se empapan en el mundo de los viveros, plantas y vegetación. Eso digo porque arrayán u orquídea ya forman parte de mi vocabulario y recuerdos. Por igual.

Hace ya tiempo (si es que un par de años entra en ese margen) un profesor contó la historia de un chico que había vivido hasta entonces solamente entre haciendas y campo… entonces nos preguntó, cuando le pida diseñar una casa ¿cómo la hará? ¿una moderna de ciudad o una reinterpretación (vaya figura) de lo que conoce? La respuesta pareciera obvia, y posiblemente cierta para tus primeros años de instrucción, pero como todo, la escuela hace lo suyo por homogeneizar. Quejas aparte, si extraigo una verdad entrañable de su historia, como para aquel chico lo serán las haciendas y el campo, para mi serán los jardines de los que me he rodeado. No son pocos los mitos y leyendas acerca de un Barragán naciendo entre establos y campo; prueba fehaciente de esta verdad.

Hay orígenes que no escogemos, pero que las coincidencias de la vida nos hacen escoger. Esos símbolos, y más allá, figuraciones y abstracciones de lo creemos que somos.

¿Qué son ustedes?

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Instalaciones Barraganianas

Hay un hecho que me sorprendió cuando visité la casa-estudio de Luis Barragán, esa única vez… qué les digo, recuerdo y rememoro ese descubrimiento… ¿o díganme otro comprobado método para no olvidar? Y créanme que no dejaré este momento, significativo como lo es para un fanático o aficionado. Aquella vez, la guía nos paseó por los lugares permitidos, remitiéndose a casi toda la casa a excepción, lastimosamente, de la cocina y espacios de servicio. Cuántas cosas más no hubiera aprendido de haberlas visto… algún día será. Al iniciar omiten comentar el detalle del que les hablo, quizá intencionalmente; una prueba genuina para determinar a curiosos y atentos. Frivolidades a lado… ese hecho es el siguiente: la casa sólo tiene dos luminarias, que para ser específicos les añadiré el «empotrado» que especifica su situación.

En casi cualquier lugar, sea casa, comercio u oficina; publico o privado, se encontrará la red que lleva a cada rincón funciones sumamente específicas: llevar electricidad a cada contacto y bombilla, alimentar y desechar agua, y, cuando lo amerita, suministrar aire filtrado, o encender fuego en una estufa. Y si sólo nos concentramos en los sistemas eléctricos, repararemos en sistemas complejos e indescifrables que evidencian su pertinencia y necesidad. A pesar de todo, hay un asomo de simplicidad en la propuesta de Barragán. Claro, tiene dos luminarias empotradas precisamente, como cada hogar con su respectiva lámpara de techo en cada habitación, aunque bien tendrá muchas más en otros formatos, sí hay un intento de precisar algo que damos por sentado. Hablamos de épocas distintas y personalidades un tanto románticas, pero el arrojo provoca discusión.

Insistiré en su argumento: cual movimiento minimalista, las instalaciones, valga la redundancia, «mínimas» representan un ahorro para el constructor, uno más para la elongada vida del edificio y posiblemente una breve resistencia al derroche. Queda por sentado la atención que Barragán otorga a un aspecto que suele ser conformista. Las instalaciones son una relación primordial de la arquitectura, en especial en los hogares; les recuerdo que son una conexión primordial con el recurso natural. Cuando siglos atrás, nuestros tatarabuelos andaban kilómetros al río más cercano, el hiper desarrollo tecnológico nos condujo a tener esos caudales a la espera de liberarse en el grifo de nuestro baño ¿no creen que pensar en estos personajes secundarios es una emergencia mundial?

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