A Veinte Centímetros

Estaba sentado en la banqueta; veinte centímetros por encima de la empolvada calle reposando en un jardín severamente cuidado por la sutil ventaja de estar en un fraccionamiento privado. Un tema bien complejo pero que dejaré de lado está vez; aún no condenso una reflexión tan profunda sobre ello, por lo menos lo suficiente para compartírselos. Contrariamente, la ergonomía o específicamente la lectura corporal es uno que me intriga y motiva para escribirles. Y les insisto, la emoción de estas palabras vino de esa banqueta, ya acompañada de miles de otros momentos en que mi cuerpo disfrutaba de una comodidad parecida.

¿Se han sentado en muebles bajos? ¿Sillas para niños, bancos de apoyo o lo más reconocible, camastros sobre arena? Las piernas siempre están en tensión, erguidas o ligeramente apoyadas, pero al fin y al cabo esforzándose. He notado que a menor altura descansan con sorprendente facilidad, tan es así que en esas posiciones bajas exploran movimientos nuevos. Supongo que a esas alturas volvemos a ser niños; tocas el suelo, te acercas a lo que normalmente ignoras y la perspectiva se agranda. O al menos mientras más cerca del suelo hay una comodidad implícita e inexplorada. Una pregunta que arquitectónicamente seduce muchas respuestas.

En fin, les cuento sólo breves anotaciones a tomar en cuenta en la próxima decisión que tomen al respecto, pues una silla baja es volver a jugar con esa calle empolvada.

El Errante

Deja un comentario