Descifrando Nimiedades

No entiendo los frentes residenciales. Con acierto decía mi profe que diseñamos «mejor» lo que conocemos… y no suelo visitar residenciales donde abundan o las contaditas que sí, son bastante más humildes de lo es común y comercial ahora en los fraccionamientos. Ya son una marca predefinida, un pedido asumido para cualquier nueva urbanización. Con menos presupuesto son llanos y medio terrosos, con un poco de pasto quizá en la casa muestra que pronto quedará sepultado debajo del concreto o algún piso cerámico. Y así, conforme aumente el poder adquisitivo del cliente/futuro habitante.

A la puerta hay un proyecto de una casa. Residencial, para como apellido fácil de identificar. La regla, social y barrial, es dar ese frente, otorgarlo. Ese otorgarlo tiene sus matices. Es un descanso visual que amplía la sección libre de la calle. La decoración va de la mano, entendida usualmente en términos de materiales o elementos con adjetivos quisquillosos: lujosos, grandes formatos, jardines escenográficos y frondosos (cosa que agradezco por menos, sea cualquier origen), volados espectaculares, dimensiones exageradas y monumentalidades que a mi gusto no le pertenecen a la casa. Hay un movimiento intencionado en mantener una moda específicamente identificada en esas listadas características.

La reflexión me llevó a cuestionarme el recelo que tengo hacia esos frentes. No sabía si eran los jardines aspiradamente perfectos, los materiales demostrando «lujo» o los volados innecesariamente exagerados. Aunque en suma y tras una revisión breve, eran las combinaciones de esas situaciones las que no me agradan. Sin lugar a duda, hay una crítica subyacente que habla del derroche que no quisiera apremiar, pero más allá, radica el meollo del asunto: esos frentes son ignorados, por más que parezca lo contrario.

Ciudades sin frentes, al paño de la calle. Casa Estudio Luis Barragán. Google Maps.

Hace un par de años diseñé una cabaña a la mitad de un bosque guanajuatense. El terreno estaba inmerso en plena sierra sobre una ligera pendiente. Los pinos altísimos se distribuían en toda el área, dejando poco espacio para ignorarles. Para no hacer la historia larga, la maestra revisó el programa arquitectónico con nosotros (listado de los espacios, ej. recámara, cocina, etc.), e hizo énfasis en uno en particular, la entrada. Nos pidió específicamente un espacio de transición. En palabras simples, nos negó aceptar cualquier proyecto cuya entrada fuera excesivamente directa. Un entremedio. Eso mismo termina siendo el frente residencial. Un paso entre la calle y nuestro querido rincón personal. Ahora entiendo por qué Bachelard explica su Poética del Espacio, no a partir del vacío sino de los límites que forman ese vacío. Dejemos ahí el dilema para posteriores resoluciones, por lo pronto.

El Errante

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