Dios está en los detalles

«Dios está en los detalles» Palabras inmortalizadas y selladas en tinta. Una frase para la historia moderna y oficial de la arquitectura occidental. Un dicho popular que se repite con tanto en imágenes y composiciones digitales hasta el hartazgo, llegando a borrarle cualquier indicio de autoría… como un verso cantado que va de boca en boca. Ahora solo yendo de ojo en ojo.

Tras unos minutos de investigación, aparecieron dos nombres. El francés Gustave Flaubert y el alemán Mies Van der Rohe. Recordados como parte de un protocolo de cortesía. Eso sí, agradeceré si alguna vez encuentro su origen. Quieran o no, leerse la hoja previa y posterior cambiará por completo el significado de esas cinco palabras. Sin embargo, el meollo de hoy es la interpretación que resulta de ellas.

Les cuento. Irapuato no es una ciudad en la que consiga con facilidad asombrarme por un edificio o arquitecto. En su lugar sí me sucede con los espacios ruinosos que rellenan todos los predios del centro de la ciudad o los baldíos enormes repartidos entre las avenidas principales. Con ese antecedente, tuve la suerte de encontrar un trabajo en un lugar agradable. Muy, muy agradable. Tengo una fascinación por las bodegas abandonadas; pues ahora estoy en una remodelada. Desde aquí, van ganando mis favores. Encima de eso, cumplieron con una cualidad que respeto y anhelo aprender, la de la simpleza espacial/material. Llamémosle así ante la falta de un apodo más rimbombante.

Podrán ausentársele los jardines interiores o colores más acogedores con los que estoy familiarizado. Y sin dejar eso a un lado, el proyecto funciona y se disfruta, por decir poco. Desde las estructuras en metal negruzco, los muros, techos y pisos blanquecinos, el amueblado de melamina marrón y con un trabajo decorativo que navega entre lo minimalista y lo folclórico. Las instalaciones desnudas y a mi gusto pensadas con más detenimiento que de costumbre. Encima de todo esto, tuvieron el acierto de cultivar algo que se ignora comúnmente y que una bodega daba la pauta de celebrar, el paseo.

Las oficinas, y más en México, suelen ser ejemplos de hacinamiento y de faltas a la dignidad humana. Ya de por sí cargamos con el estereotipo del cubículo repetido en una planta libre. Los lugares para la recarga del café, la cocineta o los baños suelen estar bien escondidos, mínimos y sin mucho ánimo de respetarlos según la sagrada función que cumplen. Ya sea que en las susodichas oficinas tuvieron la fortuna de tener tan grandes dimensiones o lo decidieron bajo consciencia de su situación; cualquiera que sea la razón, disfruto tantísimo recorrer al menos unos cincuenta metros a los baños. O tomar el sagrado recorrido de veintitantos metros hacia la cocina. Los espacios gozan de unas dimensiones cadentes y de un trato cuidadoso. Unos baños amplísimos e iluminados rayando en la decoración extravagante. Una cocina con un jardín del siglo pasado, con árboles, esculturas, maceteros, maderas y gravas, como toda casa habría de tener.

Miren atentamente, podrían perderse de las cosas pequeñas que hacen la diferencia. Un tubo diminuto que detiene el abatimiento de una puerta. La suavidad visual de una melamina. La facilidad de una oficina espaciosa. El perchero en un rincón. La rejilla inferior de los muros acristaladas que separan a las oficinas. Junto vienen los inevitables errores, como es compartir una misma cubierta sumándole decibeles a un eco interminable. O la falta de ventilación más constante, natural preferiblemente. Aún así no diré más, porque en muchas ocasiones son esos detalles los que resultan en las situaciones más curiosas. Ya sabrán de lo que hablo.

El Errante

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