Fuego Navideño

Una tradición, un arraigo profundo, un preciado objeto: el “asador”. Una caja mágica que es personalizada, como los millones de objetos que habitan repisas, cajones, mesas o cualquier superficie útil (o inútil) de los hogares mexicanos. Fortuna o no, casi todos los tenemos… en el caso opuesto, ingeniosamente los fabricamos de unos tabiques y alambres. Un símbolo que contiene y crea tantos recuerdos. Que momento tan ideal como la pasada Nochebuena para encender el propio.

Sobreviviendo a este año pantanoso nos alcanzaron días especiales para toda sociedad… celebraciones de fin de año y, para la sociedad mexicana, la época navideña. Uno llega a estas fechas con una necesidad de consumir esperanza y renovar sus votos anuales. Ahora, en una situación inigualable, llegamos aún más abyectos a recibirla, entre las desgracias y carencias hoy más presentes y compartidas. La solicitud es más que obvia… “Enciendan su querido asador.”

En tiempos convulsos, la esperanza está en los símbolos. Agradezco la fortuna de conocer a los asadores… a los más humildes cuidadosamente colocados y siempre al filo de caer; los de barro, hechos en algún fogón a las afueras de la ciudad; o los armados entre láminas. El hogar los habitará todos. El fuego es el símbolo máximo de cariño… lo encuentren en el asador que encendió su padre, en la vela que cuida su madre o en el cerillo que sostenemos. Una espiral de atracción visual, una sensación de deseo o un recibimiento caluroso hallaremos en él. No interesan las formas, ni los medios tanto como poder estar junto a esa esperanza celebrada y presente. Esa luz natural es un viejo sabio, celébrenlo.

El Errante

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