Cuando Camus lanza verdades

“Pero el narrador está tentado a creer que al dar demasiada importancia a las bellas acciones, se rinde un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. (…) El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia a veces ocasiona tantos desastres como la maldad. (…) El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad y verdadero amor sin toda la clarividencia posible.”

La Peste, Albert Camus.

Cualquier comentario añadido nunca superará las palabras de Camus. Admiro cuando de entre escritos, descripciones o relatos encuentras esa frase que es la máxima poética. Es el enunciado que supera al resto y lo concentra. Lo que hay detrás es comprensible gracias a ello, y lo del frente se entenderá según. No puedo evitar caer en el error de engrandecerlo. Supongo que es una actitud natural, motivada o exagerada por el placer poético.

Ese breve párrafo explica perfectamente a la condición humana, y quizá por eso concuerdo tanto. Ni especiales ni olvidables. Privilegiados por el azar, por las casualidades y las coincidencias resultamos seres humanos pensantes. Con sólo la humildad de saber que existimos y actuar en consecuencia. La existencia como la medida de todas las cosas.

El Errante

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Pestes Presentes

“La peste no era para ellos más que una visitante desagradable, que tenía que irse algún día, así como había llegado. Asustados, pero no desesperados, todavía no llegaba el momento en que la peste se les apareciera como la forma misma de su vida y en que olvidaran la existencia que, hasta su llegada, llevaban. En suma, estaban a la espera.”

La peste, Albert Camus.

Cuántos días estamos a la espera de que algo suceda, un algo nombrado «felicidad» o «destino». Hace meses que estamos encerrados por causa de una pandemia global. Una frase exagerada en comparación de épocas más oscuras por las que hemos atravesado. Un encierro no en su literalidad, pues nada se compara con una situación carcelaria. Este es uno más abstracto, tan parecido al de la ciudad de Orán, del que habla Albert Camus en la novela de La peste. Su pertinencia y verosimilitud, a pesar de aún no haber terminado la lectura, son sorprendentes, no mejor resumido por las palabras citadas. Condenados a un encierro ambiguo, que se nos ofrece finito, pero con la temible posibilidad de volverse eterno, parte de una realidad que no terminamos por aceptar. La pandemia actual no ha malgastado en portavoces que comparten una verdad unánime: esto nos acompañará por siempre, cambiando el diario por uno nuevo, un nuevo matiz en la cotidianeidad.

El mayor aprendizaje (y agradecimiento) de una situación in extremis como esta, es que no sólo exagera la espera, sino que da lugar a pruebas fehacientes de su existencia; demuestra que tan frágil es aquello que nombramos como incorruptible, todas esas acciones de a diario que se vuelven inexplicables cuando dudamos de su existencia. Ni el primero ni el último en decirlo: hemos sido llevados a un estado de continua inestabilidad, caminando por terrenos pantanosos con la inestimable pregunta por cada cosa que hacemos. Ahora todos nos preguntamos en nuestra espera, y ese es la más temible condición para quienes más de las veces construimos realidades ficticias que ocultan (y sepultan) cualquier atisbo de curiosidad.

Padecemos de una oportunidad inigualable (o de una maldición insoportable).

¿Qué decisión tomar ahora?

El Errante

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