Sociedades Horizontales

Estereotípicamente nos reconocen (y auto reconocemos) como figuras enigmáticas… desde ese ego que se nos atribuye como directores incomprendidos que crean a placer emulando el poder máximo. Argumento que solemos ver en los «arquitectos estrella» (starchitects, en inglés) quienes, motivados aún más por las hiperconsumistas redes sociales, crean y sueñan estructuras imposibles con las más altas probabilidades de realizarse. Sin lugar a duda empujarán hilos de la historia de la estética, y ni se mencione de la ingeniería… pero a su pesar, su figura es irrelevante o un tanto insulsa en este presente. Leon Staines Díaz, en un artículo para Arquine, relata una reflexión nada novedosa, pero si cada vez más presente, especialmente en el entorno latinoamericano, donde puedo hablar con un poco más de certidumbre: el arquitecto facilitador de trabajo horizontal.

Si hay algo de lo que viven los arquitectos ultra famosos es de su figura, es decir, de la capacidad de preservar lo que hacen (y, por tanto, son) en sus edificios. Pues en la coyuntura reciente, Staines Díaz insiste en la idea del trabajo horizontal, es decir, el arquitecto en silencio, el que escucha, medita y se presenta como un actor más en la marea. Les digo, una idea que quizá en el gremio se escucha con cierta timidez pero que la sociedad por generalidad ni siquiera considera. Entonces entienden el problema. Staines Díaz enfatiza en la inminente necesidad de trastocar el status quo, ese estereotipo que aun alimentamos en la facultad y en lo profesional, pues sólo el arquitecto facilitador puede comprender antes que imponerse, y créanme que en este mundo voraz esa es su mayor virtud.

Les insisto en leerlo pues creo que su relato es más revelador que este. Sólo terminaré con lo siguiente. Esta no es una decisión simplona… es colocarnos en el centro de una crisis que es más sencillo evitar. Aun peor estando tan entrenados en el consumismo ávido y en la exigencia insensata de resultados; cualquier acción es sumamente frustrante. Venimos de escuelas chapadas en otros valores y cambiar es doloroso, pero con paso firme y paciente se vuelve una benevolente recompensa, no sólo propia sino ajena. Esta es una crisis no exclusiva de nuestra profesión, más bien compartida. Al menos queda entre la bruma el hecho de avanzar en beneficio propio y del otro, y eso ya esboza una tenue sonrisa.

El Errante

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Temas de Vivienda Colectiva

Arquine Jams No.23 | vivienda colectiva

La casa es uno de los objetos arquitectónicos más peculiares y únicos. Asistí a una conferencia online… (evidentemente hablar de asistencia es en realidad impreciso, pero para estos tiempos es aún tan significativo). La revista Arquine realizó un símil a los Jams de los jazzistas… y, sin querer ahondar más en esa cuestión, hablaron de vivienda colectiva (“ellos” a.k.a. Miquel Adrià, Fernanda Canales, Juan Herreros y Juan Carral). Entre sus discusiones, de las que suelo ir reflexionando, Canales propuso el tema de las transiciones, del cómo pasar de la cama a la ciudad, una transición con matices severamente distintos entre la vivienda colectiva y la unifamiliar.

Antes de proseguir, como arquitecto soy un ferviente partidario del inconmensurable valor e importancia del hogar. A nivel arquitectónico tan sólo, la casa es el lugar donde pasamos buena parte de nuestras vidas; mientras que, en el extremo de lo cotidiano, es según el cual actuamos. Descansamos, nos aseamos, convivimos y, en la luz de nuestros tiempos, trabajamos ahí (cuando así se dispone, claro). El hogar es un inicio. A sabiendas de ese valor inicial, prosigamos.

Siendo la casa un valor, me pregunto ahora no sólo de la transición entre la cama (como ese lugar absolutamente privado) y la ciudad (como el polo extremo de lo público); más allá, cuestiono el rol activo que la vivienda debería tener para con la esfera social, justo donde la vivienda colectiva adquiere más protagonismo. La vivienda unifamiliar disfruta de la privacidad de saberse por y para sí misma (una aseveración de tanto en tanto más notoria). Al contrario, la colectiva concentra y contiene el valor de varios hogares… justo aquí es a donde dirijo la cuestión. Una de las oportunidades más interesantes es su capacidad de ser un catalizador para la ciudad, por demostrarse como ese cúmulo. En la pasada posguerra (y aún hoy) ha habido grandes demostraciones que buscaban usar ese catalizador en favor de la construcción ciudadana, y las respuestas deberían dirigirse más fervientemente hoy a esa cuestión.

¿Cómo utilizaríamos el valor concentrado de una vivienda colectiva para no sólo catalizar a sus habitantes sino a la ciudad? ¿Qué futuro vislumbrar?

El Errante

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