Irapuato a Ciegas

Estoy en las inmediaciones de mi ciudad. Un Irapuato que como arquitecto tengo tantas ansias de diseccionar. A diferencia de un turista, uno suele andar apreciando y observando, con ojo minucioso. Así nos hallemos en las metrópolis mundiales, a la mitad del campo o entre ruinas y pocilgas, siempre intentas ver. La belleza tiene tantas formas, ahí tienen al dicho popular «en gustos se rompen géneros»; así que atentos, pues pasa desapercibida entre el ajetreo de diario. Es casi una responsabilidad profesional actuar así; se trata de una incesante capacitación y aprendizaje. Así lo hago en mi ciudad, con el pesar de tener el terrorífico obstáculo de un Irapuato azotado por inseguridad y violencia a partes iguales… quizá yo me quejo desde ese placer que requiero, pero la realidad es mucho peor para todos aquellos que sobreviven entre calles y avenidas.

Les hablo de una letanía ciudadana que quisiera ver cumplida. Por encima de esta narración encarnada en melancolía, quiero afirmar desde mi rol social y profesional que algo he de aportar, siendo esto un paso en ese favor. Esos intentos vienen en multitud de formas, comencemos con los profesores que incesantemente difunden y guían; los profesionales que construyen y diseñan familias y recuerdos; o el niño pequeño que reúne a su familia a causa del rompecabezas que intenta armar. La arquitectura es un descubrimiento sinfín con motivos profundamente sociales. Llegará el día en que la situación cambie de ruta, así que en el mientras tanto, escribir, dibujar, diseñar y, especialmente, compartir son actos de resistencia.

En ánimos de un adiós temporal les comparto uno que me motivo el día de hoy. Una compañera de la licenciatura transformó visiones en ilustraciones de la ciudad neerlandesa de Wageningen. Lo que antes es cariño y curiosidad por un lugar se vuelven símbolos, historias y recuerdos posiblemente más llevaderos que unas palabras. Espero un día sea así de la ciudad mía.  

El Errante

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Mares de Montufar y Monet

Conferencia en TEDx de Carlos Flores Montufar.

Si se enterarán del repertorio de razones que me llevan a escribir en este blog… siendo esa evidente cantidad la primera de ellas. En días productivos, aparecen como visiones, cuatro o cinco a lo largo del día, claras y conducentes. En días aciagos y pesados, la intuición o el sentimiento son los comandantes. Ante las contingencias recientes y persistentes, casi todos los días adoptan ese candor, los ocres del atardecer… entre nostalgias y esperanzas. En plena neblina, si buscas, siempre encuentras.

«Sol Naciente» de Claude Monet (1872). Óleo sobre lienzo.

El personaje del Arq. Carlos Flores Montufar entra en escena… un breve monologo pregrabado que gracias a las bondades de internet pude escuchar repetidas veces. Será que su voz es carismática y atrapante o cual poeta divagaba a la vez que entremetía verdades funestas y plenas, de esas que encierran pensamientos y dudas. Hay una magia muy seria ocurriendo en cada enunciado, la más obvia, la sabia experiencia. Con la misión autoimpuesta de vender dudas, me deja tanto por escribir… imposible decidir.

Quisiera quedarme con algunas de ellas, o al menos, una en especial. Les muestro en este artículo el mismo cuadro expuesto por él en esa conferencia… Claude Monet, su obra de cuarenta y ocho por sesenta y tres centímetros que entre los mitos que nombra es el de haber inaugurado al impresionismo, en fin, la conocerán como «Sol Naciente». Lejos de más precisiones, en esos instantes Montufar hablaba del arte como la «consagración de los misterios, del beso de lo humano con lo divino». No es una certera cita de sus palabras, pero sin duda de su espíritu. Intentando renombrarlo, uso la misma obra como medio. La descripción literal queda superada, es el misterio embadurnado en el sol rojizo en las manchas/reflejos sobre el agua o las negruras humanas flotando en un mar abstracto y nebuloso… no sé que será, pero Monet no sólo retrata el misterio de su realidad, sino que la expande, la vuelve tierra fértil donde alguna mirada pueda perderse. Un portal divino… Emocionado al paso del imparable latido, termino enredado en el misterio que Montufar y Monet mantienen vivo.

El Errante

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