Bondades No Reconocidas

Sí es cierto que los hombres se empeñan en proponerse ejemplos y modelos que llaman héroes, y si es absolutamente necesario que haya un héroe en esta historia, el narrador propone justamente a este héroe insignificante y borroso que no tenía más que un poco de bondad en el corazón y un ideal aparentemente ridículo.”

La peste, Albert Camus

Uno normalmente despierta en los aires de la comodidad cotidiana… claro, con los matices que nos distinguen y las injusticias que a mirada individual son cada cual peores que al prójimo. Dejadeces aparte ¿Cómo te alzas a diario cuando el día a día es una exigente valentía? Advirtamos que hablo desde boca ajena, pues sea fortuna o destino al menos tengo la oportunidad (refiriéndome al medio) y tranquilidad de poder escribirles. Para mí, esa comodidad es una opción… y eso ya es de por sí un privilegio. En fin, retomemos antes de perdernos. Camus describe en esos párrafos su posición con respecto a la brigada sanitaria que se alzó en una lucha mortal con la peste… situación tan similar a la cantidad inconcebible de personas que forman el primer frente contra la pandemia que azota hoy a la humanidad. Apartando las diferencias, Camus insiste en cuidar una innecesaria y equivocada exageración de la bondad… el ser cauteloso al nombrar las «heroicas acciones» que suceden cuando el ser humano enfrenta algo desconocido en nombre de la «esperanza» o la «benevolencia».

¿Qué pasa cuando si misma lógica se aplicase a nuestro presente?

Una pregunta plagada de controversia a todas luces. Aunque una respuesta fuese necesaria, me resulta más relevante comprender los motivos de Camus, pues sólo ellos podrían descifrar no sólo mis opiniones sino las propias. Estando a la mitad de la novela aún, me doy cuenta de la reiteración constante del narrador como el personaje más poderoso y, por lo tanto, más cercano a la posición del autor. A sabiendas de ello y con lo poco que Camus permite entrever, es el narrador el que practica y predica esas palabras… Aclaremos esto, puesto que más allá de proponer una filosofía de vida (bastante admirable y difícil) pone en juego una figura tan retórica como filosófica. Al hacer una llamada a cuidar la exageración de la «bondad» se coloca al narrador con una sabiduría que desea ser pura… una búsqueda constante de una pregunta tan aterradora… una postura clara sobre la ambivalencia entre el bien y el mal.

Camus (hablando del autor quien creó a ese narrador) mantiene una puerta abierta a un mundo de certezas y responsabilidades. Poco puedo decir del existencialismo que le atribuyen, pero sin duda comprendo su atinada opinión. En el albor de tiempos tan complicados resulta que alzar al heroísmo expresamente provoca una exaltación de lo contrario. Tal vez, como dice Camus, sea aún más benéfico mediar por la responsabilidad mutua… una que no vele por la sed del reconocimiento, sino por la inagotable llama de la bondad.

El Errante

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Cuando Camus lanza verdades

“Pero el narrador está tentado a creer que al dar demasiada importancia a las bellas acciones, se rinde un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. (…) El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia a veces ocasiona tantos desastres como la maldad. (…) El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad y verdadero amor sin toda la clarividencia posible.”

La Peste, Albert Camus.

Cualquier comentario añadido nunca superará las palabras de Camus. Admiro cuando de entre escritos, descripciones o relatos encuentras esa frase que es la máxima poética. Es el enunciado que supera al resto y lo concentra. Lo que hay detrás es comprensible gracias a ello, y lo del frente se entenderá según. No puedo evitar caer en el error de engrandecerlo. Supongo que es una actitud natural, motivada o exagerada por el placer poético.

Ese breve párrafo explica perfectamente a la condición humana, y quizá por eso concuerdo tanto. Ni especiales ni olvidables. Privilegiados por el azar, por las casualidades y las coincidencias resultamos seres humanos pensantes. Con sólo la humildad de saber que existimos y actuar en consecuencia. La existencia como la medida de todas las cosas.

El Errante

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