Comunidades Intrigantemente Virtuales

Ser parte de una comunidad es una maravilla. Tan evidente que en arquitectura, en ese nuestro mundillo, perseguimos esos motivos con férrea voluntad, como un axioma moral. Más allá de esas coincidencias, hay dos universos que me intrigan por sus diferencias. Pudieran parecer extremos en una primera mirada, pero me parece muy arriesgado nombrarlos así tan aprisa.

Olvidemos eso, exageremos.

En una esquina del ring de la trivialidad está la apreciada (y sobrevalorada) comunidad virtual… del otro, la tradicional y hermética comunidad física (física por desenvolverse en el espacio de las sensaciones). De esta breve (y nada formal) comparación llegaría a conclusiones que podría definir ligeramente superficiales. Una comunidad virtual es fácil, exige poco al acercarte a ella anónimamente. La comunidad física, por el contrario, encarna una naturaleza casi dispar. Se nos exige desde el inicio la voluntad para conocerla tan sólo. El hecho de que ese mismo acto se resuma en un clic en la contrincante prueba su facilidad.

A pesar de estas disidencias, hay una reflexión más concluyente para este texto. Con esas facilidades en mano, he visto más de las veces que comunidades virtuales se asemejen (o hagan el intento) a sus “contrapartes”. Lo que me resulta interesante es que la forma de perpetuarse busca consolidarse en su espacio virtual (la comunidad física tiene la ventaja de que su consolidación es un entorno físico distinguible y sólido). Pareciera que la virtualidad, a través de extensos repertorios busca afirmar su propia historia y presencia. Anoto, pues, que he tenido experiencia con comunidades que podríamos llamar “fuera de la moda”, vamos, subsisten gracias a una base de fanáticos, es decir, con fuerte empatía a sus propósitos. El caso ideal, al fin y al cabo.

El pasmo ante esa inquietud son mis motivos para desenmascarar las causas.

Tal vez algún día pronto se sabrá.

El Errante

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