Flores de Fuego

Al convertirte en arquitecto tienes el privilegio de modelar; de tomar delicadas decisiones que forman conductas, hábitos, acciones que al paso de los siglos se vuelven sociedades. La extensiva cantidad de herramientas es vasta; una paleta llena de las cosas que se saben… cada día añadimos un par de nuevas «formas» o «usos» o «razones» que permitirán una resolución nueva en un futuro.

En la infancia arquitectónica, cuando comienzas a ordenar y comprender ese (apenas) par de herramientas, recibes de entre muchos a uno especial (especial para los fines de este escrito): el «contraste». Un mecanismo sencillo de comparación donde dos cosas son leídas según sus diferencias. No neguemos la limitación de la definición. Ante la búsqueda, nace la razón de una tarea encomendada desde ese inicio… llamémosle… «eterna búsqueda por maneras distintas de crear, para nuestro caso, contraste». Encontramos que dibujamos, mentalizamos, recordamos, escribimos, fotografiamos pensamos todo lo que nos dé más recursos para la paleta arquitectónica.

En un llamativo hallazgo, al que no deseo atribuirle descripción más que la imagen, encontré un bello contraste. Bello pues no se limita a la literalidad de sus diferencias… Bello, como un reflejo de vela que puede transformarse en la solitaria y confidente flor de un jardín. Bello en la disposición y casualidad de que un reflejo este en los lugares correctos para ser recordado. La belleza más deseada, la que es cuidadosa e inesperada.

Flores de Fuego (Autoría Propia)

El Errante

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