Recuerdos y futuros conmovedores

Asistí a una conferencia online (evidentemente por este permanente estado de cuarentena) del Arq. Miguel Montor; conversación, en realidad, a la que no hubiera asistido sino le conociera de un curso de «sketch arquitectónico» de hace un par de años, y del seguimiento que le he dado a su trabajo (nada complicado, gracias a las eficientes redes sociales). Ese par de horas en que coincidimos en aquella aula fueron suficientes para que a través de sus técnicas comprendiera la sensibilidad y el cariño que le tiene a la profesión. Recuerdo haber utilizado un plumón negro únicamente, con el que trazamos y terminamos el dibujo, al recargarlo de tinta con la suavidad de un pincel y con el ritmo necesario para difuminar los negros y cuidar de los vacíos. Un fantástico resultado, he de decir, sin embargo, uno que admiro por la más por la experimentación, que por el producto.

Quizá por ello hoy escucho ese diálogo. Superado el recuerdo, escribo para crear uno nuevo; imprimir en mi mente un relato a partir del cual puedo partir. Mencionó las palabras «conmovedor» y «constructivo», habló también a la «madurez arquitectónica» (a la que más de las veces me apresuro, engañosamente he de admitir), y alguna que otra remembranza. En otras palabras, andar en las fronteras, o en ese limbo en el que la arquitectura es nuestra; saber los medios y las técnicas del arte arquitectónico; conocer a donde a dirigir el ímpetu de la poética y componer los silencios, respectivamente.

Sigo sentado escribiendo y dilucidando la perfección en ese objeto arquitectónico abstracto, complejo y contenido en mi mente; con el temor a errar en ese arte constructivo y sin permitirme controlar ese ímpetu. Comprendo sus opiniones, y estoy seguro de que las comparto, si no fuera por el resquemor que parece provocarme. Sin poder adivinarlo, sé que me encuentro en el firme deseo de explorar aún ese «saber conmovedor» oculto en la arquitectura diseñada y construida, donde la emancipación de ese ímpetu encuentra su equilibrio en el mundo práctico.

Quién no dirá que alguna vez les podré escribir sobre ese momento.

En el mientras tanto, la búsqueda no cesa.

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Futuros Inestables

Como olvidar los días en que Le Corbusier se maravilló por las novedades de la revolución industrial; novedades que cargaban con la esperanza de una humanidad amparada y desarrollada por la tecnología en un mundo donde todos tuvieran la libertad y posibilidad a su alcance. Así, llegamos a una época donde esa promesa se reestablece y reescribe a diario. La nueva revolución tecnológica está en el aparador y se le actualiza sin parar. Hoy día, es inconcebible pensar en aquella “máquina de habitar” lecorbusierana, donde las técnicas y medios que la hacían posible ya no duran más allá de las veintitantas horas (si no es que se esfuma al momento entre la inestable opinión de las masas).

La arquitectura es lenta, la arquitectura no es consciente de la escala que le concedemos al tiempo, y menos aún cuando esa escala es reductible infinitesimalmente.

La tecnología seduce ante cualquier resistencia, preguntémonos que nos espera.

¿La dilación o la aceleración?

¿La permanencia o la ligereza?

¿Qué defiendes cuando el poder atribuido a la arquitectura se trivializa, se vuelve efímero?  

¿Qué defiendes cuando la virtualidad y su obvia carencia sensacional supera realidades físicas, incapaces de equiparar su versatilidad?

¿Qué defiendes ante la arquitectura despojada de todo sentido moral?

Nunca podré esclarecer si la arquitectura es un puente, uno que podamos cruzar hacia la esperanza de un mundo nuevo.

Así que mientras tanto, recordaré eternamente ese pacto antiguo, impreso en las piedras de todo lugar digno, conservado en las cenizas del primer hogar.

El Errante

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