Abandono ¿o no?

No estoy muy seguro cuando la sabiduría popular o la tendencia receta el «abandono» de la obra artística pues la mirada o justificación parecen ser de fines prácticos o, como dirían tantos, perdernos en la espiral de locura y sed por la perfección. Ambas razones bastante válidas y convincentes, más la última que la primera, pues ese pragmatismo va más de las veces contaminado por el velo de la rentabilidad. En fin, mi desconcierto es más específico.

Nací y crecí siendo idealista y con una noción de la práctica por no decir, nula. Mala combinación para tiempos que exigen el efecto práctico constantemente y para los que el detenimiento no es una opción confiable. Estoy en contra del abandono, al menos en una primera fase, pues el edificio ha de ser «abandonado» para que el habitante pueda, valga la redundancia, habitarle. El arquitecto no puede seguir siendo parte de ese proceso. Justo en ello, los artistas nos asemejamos con la figura de una madre, que cría y construye a sus hijos esforzadamente y para la que el «abandono» es la última y menos deseada opción, y, sin embargo, se ha de hacer. Aunque la crítica, como dije, va a dirigida a esa primera fase, la de construcción, desarrollo o diseño, en sí mismo. He aceptado esa condición idealista y poco práctica en beneficio del detalle, del cuidado, del detenimiento y, por todo esto, de la paciencia hacia el proyecto arquitectónico. Desgraciadamente, la falta de sentido práctico en una disciplina de tanto contenido tectónico, no me beneficia en términos de esta devoción. El punto es que creo que, durante el diseño, y como tantas veces hemos escuchado, Dios está en los detalles, y son ellos los que harán la diferencia y que le darán la credibilidad digna de esa arquitectura creadora de mundos de la que habla Gottfried Semper. La única manera de hacerlo, en mi opinión, es de la mano de esa paciencia. Por más que un proyecto consuma años, el susodicho «abandono» es seguro ¿por qué no seguir en el mientras tanto? ¿por qué no continuar las preguntas sin las firmes respuestas?

Y, aún así, no me convenzo.

El dolor del abandono es la semilla del bosque, el más frondoso que verás.

Para el arquitecto, tal vez, no haya mejor placer que comenzar a hacerlo por los fines correctos: «abandonarlo» “mejor” la próxima vez.

El Errante

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Mobilis

Cuan diferente será diseñar el «mobiliario» a un «edificio», llámese el escritorio o la silla; o el museo o la iglesia. Aunque en un análisis superficial pareciesen sumamente similares, dudo sobre esa acepción. La escala importa, para empezar, y de ella deviene la implicación con el ser humano del primero. La etimología dice que «mueble» es una adecuación de mobilis, que por definición es «que se puede transportar». Por más pertinente, es insuficiente para los propósitos. En el hogar encontramos un sinnúmero de cosas a las que nombrar «mueble» o «mobiliario» y cuya fijación se equipara a la misma de la estructura; revisemos la cocina con los aparadores, desde las de reciente manufactura hechas de madera e integradas al espacio contenido hasta algunas reminiscencias de las cocinas de antaño, coladas en concreto y tejidas con la estructura, como si se tratase de la culminación final de un entramado útil.

Superada la connotación de su movilidad, la búsqueda debería concentrarse en un valor mucho menos evidente, una propiedad que se repita indiferentemente de la forma o uso que adquiera. El ser humano habita la arquitectura, se ubica y reconoce en ese proceso, pero es quizá el mobiliario el que se ubica más cercano a la categoría de la «técnica» o la «herramienta». A pesar de su especialización (lo que le confiere utilidad) ser usado directamente por el ser humano le coloca en una posición de superioridad y posibilidad. El escritorio en el que mi cuerpo es sujeto de su trabajo se implica en una actividad subestimada intimidad. Mis piernas se cruzan debajo de él, tal vez encontrando un apoyo en alguna de sus vigas inferiores; y sí fuese de madera maciza, mis extremidades inferiores sentirían el cobijo en ese rincón. Los codos tal vez vuelen un poco, pero se sentirán cómodos en esa superficie llena de objetos, cada cual, retando al anterior en su capacidad de especialización, desde el ordenador que le ocupa entero hasta ese bloc de notas que encontró su lugar final. Ese mueble es para mí tanto como la arquitectura, mi espíritu se moldea en el trabajo, y el medio, es decir, ese escritorio y/o arquitectura, son relevantes para ese propósito. No se trata únicamente de un acierto de la confortabilidad, sino una posibilidad de espíritu, de técnica, un augurio de reconocimiento.

Argumentar que la «especialización» es la separación máxima entre arquitectura y el mobiliario (que ni se mencione cuando ambas concurren en su lenguaje ¡vaya fortuna!), sin olvidar las consecuencias de esa naturaleza (llámese escala o fijación, por ejemplo) sería un enunciado concluyente; aunque más allá, ambos se presentan como directores en el teatro de la vida, en el «juego del habitar», ambos son medios inextricables para que el ser humano tome lugar en un infinito desconocido.

El Errante

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