Nubes blancas de un treinta de enero (y regresos)

(Uy, unos meses después) Ya saben que en la vida si uno no amarra sus hábitos, fácilmente se olvidan (aunque sea una específica debilidad personal). El Errante aquí siguió. Unos tantos meses, aguantando el peso de un inesperado abandono. Andaba en mi casa, mi cabeza, mis pasillos, y mis pensamientos, tocando timbres y puertas.

La resurrección no es un milagro como tal… bueno, un poco tal vez, pues no sé de que otra manera nombrar esa insistencia que nos trae aquí

de nuevo.

Me arrepiento haber dejado días importantes entremedio de este vacío, ese lamento es la misma voz de la insistencia, por fortuna. Como si le regalase un altavoz al tocapuertas.

Así que manos a la obra.

En este tono conmemorativo, comencemos con la mano que me hizo volver a disfrutar la pluma sobre el papel. La misma mano que todos tenemos. La que también olvidamos y condenamos al simplón desliz sobre una pantalla y las teclas de una computadora.

Asumimos que los ojos queden absortos en las pantallas (mente/cerebro incluido) pero las manos que (aún) usamos para interactuar con ellos son una simple extremidad rígida que se adormece al paso del tiempo (solo así recordando que existe).

Pues eso, la mano que piensa.

La mano que me hizo escribir letras en una hoja a medio entender (suerte que aún transcribo yo).

Segunda anotación del día que más allá de las manos va de viajes en el tiempo. Sagrados días veintiocho.

Cambiemos de lector… pues como les dije, es ahora turno del viajero en el tiempo. Querido amigo, ahora he visto más atardeceres, pero olvidé escribir sobre aquel de un veintiocho de septiembre. Por aquel quizá andabas aventurándote. Aunque bueno, a estas alturas del año quizá te hayas quedado navegando por otras nubes blancas. Mientras tanto, sigues patinando entre escritos y lo seguirás haciendo.

Síguete asomando, querida nube blanca.

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Descifrando Nimiedades

No entiendo los frentes residenciales. Con acierto decía mi profe que diseñamos «mejor» lo que conocemos… y no suelo visitar residenciales donde abundan o las contaditas que sí, son bastante más humildes de lo es común y comercial ahora en los fraccionamientos. Ya son una marca predefinida, un pedido asumido para cualquier nueva urbanización. Con menos presupuesto son llanos y medio terrosos, con un poco de pasto quizá en la casa muestra que pronto quedará sepultado debajo del concreto o algún piso cerámico. Y así, conforme aumente el poder adquisitivo del cliente/futuro habitante.

A la puerta hay un proyecto de una casa. Residencial, para como apellido fácil de identificar. La regla, social y barrial, es dar ese frente, otorgarlo. Ese otorgarlo tiene sus matices. Es un descanso visual que amplía la sección libre de la calle. La decoración va de la mano, entendida usualmente en términos de materiales o elementos con adjetivos quisquillosos: lujosos, grandes formatos, jardines escenográficos y frondosos (cosa que agradezco por menos, sea cualquier origen), volados espectaculares, dimensiones exageradas y monumentalidades que a mi gusto no le pertenecen a la casa. Hay un movimiento intencionado en mantener una moda específicamente identificada en esas listadas características.

La reflexión me llevó a cuestionarme el recelo que tengo hacia esos frentes. No sabía si eran los jardines aspiradamente perfectos, los materiales demostrando «lujo» o los volados innecesariamente exagerados. Aunque en suma y tras una revisión breve, eran las combinaciones de esas situaciones las que no me agradan. Sin lugar a duda, hay una crítica subyacente que habla del derroche que no quisiera apremiar, pero más allá, radica el meollo del asunto: esos frentes son ignorados, por más que parezca lo contrario.

Ciudades sin frentes, al paño de la calle. Casa Estudio Luis Barragán. Google Maps.

Hace un par de años diseñé una cabaña a la mitad de un bosque guanajuatense. El terreno estaba inmerso en plena sierra sobre una ligera pendiente. Los pinos altísimos se distribuían en toda el área, dejando poco espacio para ignorarles. Para no hacer la historia larga, la maestra revisó el programa arquitectónico con nosotros (listado de los espacios, ej. recámara, cocina, etc.), e hizo énfasis en uno en particular, la entrada. Nos pidió específicamente un espacio de transición. En palabras simples, nos negó aceptar cualquier proyecto cuya entrada fuera excesivamente directa. Un entremedio. Eso mismo termina siendo el frente residencial. Un paso entre la calle y nuestro querido rincón personal. Ahora entiendo por qué Bachelard explica su Poética del Espacio, no a partir del vacío sino de los límites que forman ese vacío. Dejemos ahí el dilema para posteriores resoluciones, por lo pronto.

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Hogares Matinales

Normalmente despierto por las mañanas y la casa, casi como mi cuerpo, realiza un ritual para comenzar el día. A cada uno nos pasará distinto, incluso esas casas repetidas crean y motivan maneras diferentes de despertar. En la lista, inicialmente hay una razón de causa: al anochecer todo oscurece, nos ensimismamos; cuerpo y hogar… en el alba, el proceso es inverso: la casa se abre al ritmo de la luz matutina que se come a la oscuridad a paso firme. A partir de aquí, entran los colores únicos según se trate.

En tiempos fríos como este, esa apertura se intenta retardar hasta que el calor atice los muros. La variedad es infinita, incluso en mi caso. De vez en vez los ruidos comienzan en tiempos de madrugada, previo al amanecer… una puerta en la terraza abriéndose. En normalidad, a primeras horas de la mañana la historia recomienza. Una olla de canela se prepara en la cocina, sea por lo cálido, por la reacción corporal, el terroso olor o la ebullición animada de la olla nos reunimos naturalmente ahí, aunque sea para el breve saludo matinal. El encierro se mantiene por unas horas más, entre aromas y tranquilidad. Paulatinamente la casa abre sus puertas y ventanas. La cocina, una vez más, toma batuta. Le siguen el patio y la cochera, hasta terminar en cada cuarto. El hogar es una actividad humana ¿Qué otro argumento necesita para apreciar la belleza del propio y el ajeno?

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Deducciones Mínimas de Pizzigoni

Arquitecturas que sublevan… Me fascina toparme con curiosidades y hallazgos en internet, una consecuencia directa de la acción de «andar buscando» a la vez que de una vida inevitablemente contenida en un entorno virtual; medianamente incitados por la pandemia. «Sublevar» es un verbo duro pero pertinente para esta presentación vespertina. Pino Pizzigoni es el nombre del protagonista. Añadiré que hay una emoción intrínseca muy personal de hablar y deducir características de las curiosidades que hallo tan pronto lo hago, como Pizzigoni… es una manera muy intuitiva y natural de introducirme a un tema.

Demasiado para una introducción, pero sigamos. Del que asumo arquitecto italiano, Pino Pizzigoni, encontré en Twitter un proyecto suyo denominado «Casa Mínima», un breve y poco documentado proyecto en Bérgamo, Italia. Narrar con la sola palabra quizá les acerque a mi asombro, pero dudo mucho que a la particular casa de Pizzigoni. Aunque haré mis reflexiones con el más voluntarioso intento de lograrlo. Con una mínima investigación, valga la redundancia, añado la caída con otro hogar de Pizzigoni, que me permitió escribirles de mis impresiones con más certeza.

No podría parar de asombrarme por sus diseños… lo visual es algo, pero la imaginación permite deducir ciertas características, precisamente, que sublevan. La escala es el filtro en crisis… no por las dimensiones, sino por el uso constante del medio nivel, de la medida mínima y de la restricción que la forma le impone. Su exploración formal se acerca la exploración corporal. No sé si será la imaginación o la incapacidad de la fotografía, pero el arquitecto parece esperar que, al andar por la casa, trabajarla, habitarla, se nos pida estar en cercano contacto con la dimensión y el material. Podrá estilizar sus casas con formas rebuscadas, una condición que parece incitar más al cuerpo, que la plena y pura forma por placer. Afirmaciones dejadas al aire, como siempre…

(Continuará)

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Historias de Sorpresa

A veces se crean cosas en la brevedad de la astucia y el ingenio. Pequeños eventos que cuando los encuentro causan satisfacción y asombro… ya desde la imagen, que será de vivir ese espacio. Quiero acercarlos a la sorpresa desde el punto de vista de la arquitectura. A lo largo de la vida construimos una forma vaga de arquitectura, una que se alimenta de la que vemos con regularidad… en pocas palabras, creamos un estereotipo. Si bien, al adentrarte en el estudio de la disciplina adoptas una consciencia profunda de tu estar en cada espacio. La vista se jacta de minuciosa, y el resto de los sentidos poco a poco se acostumbran a escudriñar. Al final, adentrarte expande ese estereotipo de lo “común” en arquitectura ¿cómo alcanzar el asombro?

De entre tantas emociones que la arquitectura podría causar, esta es sumamente apreciada. Ese ingenio y astucia quedan apabullados por la maravilla de un lugar inspirador. Nunca me atrevería a generalizar, pero lo que hizo la oficina de arquitectura Al Borde raya ese intrigante límite. Una solución simple que, desde el punto de vista del cuerpo, es enérgica y aventurera. Una casa con camas en el aire. No quisiera ser reduccionista, pues no sólo hablo del asombro desde sus usos o el ahorro de espacio… no no no; lo que propusieron supera eso… equilibra el movimiento del cuerpo, incita a la levitación que figura en el descanso, o culmina con el detallado trabajo material que compone esa estructura volante, y tantas más faltantes por encontrar. El asombro, como ven, una búsqueda redonda.

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Lugares y Palomas

¿Alguna vez han estado en lugares que no envejecen? ¿dónde el recuerdo ocurre con impresionante detalle? Dejemos a un lado cualquier prejuicio negativo hacia la eterna juventud o, por el contrario, al envejecimiento. La situación que les refiero en realidad supera la arquitectura, me parece. Esa primera pregunta habla de una característica del olvido provocado por el envejecimiento.

Antes de escribir en este diario digital, seguía leyendo a Camus, específicamente, del azoramiento de la ciudad de Orán por la peste… (ni digan, hasta yo me insisto en terminarlo). En el entremedio de su narración relató una condición extrema sufrida por los habitantes de Orán: el olvido de todo atributo personal; claro después de superada toda esperanza de escapar de la peste. Nombró el olvido a los amantes separados, las familias aisladas por la enfermedad, los seres queridos que paulatinamente son despojados del recuerdo de la carne, y con el peso (y paso) del tiempo, del recuerdo del espíritu, o cualquier rastro de amor… he de suponer que esa primera pregunta habla de exactamente lo mismo.

Existen universos en los que vivimos por siglos… no sólo desde niños, a lo largo de la vida hay lugares que adoptan el perfecto símbolo del «hogar», o al menos aquello que cada uno conoce como tal. Por azar o decisión o simple ocurrir diario, se trasladan, transforman, cambian o se sustituyen. Lo que la peste les hacía a los habitantes de Orán es lo que el tiempo nos provoca… apuntemos que suceden de formas distintas, pero con la similitud de que rasga el recuerdo, su carne y alma… ocultándolos de la luz de nuestra memoria.

Por deprimente que esa mirada parezca, ese símbolo o el propio recuerdo oculto, como posiblemente pueda suceder con los oraneses, reviven al son de una chispa… chispas provocadas por visitas inesperadas, libertades deseadas o, de nuevo, sólo la casualidad. Podemos entonces agradecer a las fiestas y celebraciones anuales por permitirnos hallar un momento calmo donde encenderlas.

Lugares que abandonamos, lugares que encontramos.

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