Huellas en Arquitectura

Da un especial sentimiento de serenidad las palabras que por su uso comienzan a inmiscuirse en tus pensamientos o ideas; esas frases que por el placer de repetirlas y pensarlas te provocan un esos escalofríos de orgullo tan característicos. El mismo fenómeno se reproduce con sus adecuaciones con la arquitectura. Supongo que por ello la pienso desmedidamente.

Adoro la arquitectura cuyas huellas se huelen. Esas que son complicadas e inextricables; las que a pesar de haberlas recorrido una y otra vez te muestras incapaz de descifrar. El paso del tiempo las colma de nuevos rincones (léase a Bachelard y su Poética del Espacio) y de negruras, pero con eso llegan los haces de luz y los aromas concentrados. La poesía tiene un pozo sin fondo en este terreno. Ni se hable explícitamente de los hogares, en especial los que promueven la insensatez, la admiración, la ensoñación, en pocas palabras, donde toda reacción encuentra ocasión.

Alguna vez pasó por mi cabeza un pensamiento — ¿qué pasaría si escribiésemos un libro sobre la vida propia? sólo uno, donde pudiéramos contarla. —. Nadie leería las millones de biografías que habríamos escrito, serían cementerios de palabras; pero imaginen el peso de ese cometido sobre nuestra singularidad ¡qué benevolente mundo! ¡escriban!

Queda pendiente un deseo más certero y realista: tengan la fortuna de construir sus hogares-biografías, y sin resquemores permítanse llenarlos de toda huella porque no hay cosa tan sedienta de ellas como la arquitectura y mucho menos tan hábil para guarecerlas.

El Errante

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