Luces Agrietadas

El otro día encontré una lámpara. Estábamos en medio de un paradero en un estado del norte mexicano. Estar en esa categoría de uso es difícil porque en normalidad esos lugares sufren del abandono por la poca clientela, pero en este caso admito una contada excepción. Era un lugar bien cuidado y que por la cercanía a un pueblo mágico hasta ofrecía servicios para fiestas o todo tipo de celebraciones (hasta entonces que puedan permitirse, claro). Y les digo, ahí encontré una lámpara.

Soy arquitecto, y uno con un placer furtivo por la curiosidad y el asombro. Una piedra puede solo ser pisada, pero camino con una cautela que hasta ella me llama la atención. Así me pasó con esa lámpara, y eso que el atardecer aún era lejano, porque de haber tenido luz hubiera compartido asiento con la luciérnaga. No pude adivinar el color, pero apostaría por uno cálido, anaranjado con unos ligeros tonos amarillos. Se me hace la combinación ideal para un lugar así, entre árboles centenarios y miles de pequeñas hojas de arbustos y pinos bajos.

Alzándose están esas lámparas, a estas alturas de la noche, difuminándose a través de un cristal que quisiera mostrarles. Han visto en casas de abuelos o en las bodegas que son nuestros patios traseros esas botellas de cristal grueso, que ejemplar caso el de la caguama, por decir uno. Dupliquen su grosor e insértenle una capa interior cuidadosamente agrietada, casi tallada a propósito. Un trabajo que quisiera destacar. Tal vez regrese a sólo ver la luz agrietada de una de esas lámparas, qué mejor motivo que ese ¿no?

El Errante

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