La Arquitectura y el Poder

Llevo ya tiempo releyendo la tesis de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida, es decir, ese carácter tan dinámico, cambiante, veloz y (vaya pertinencia) errante de la vida posmoderna. En esa crisis, he pensado en la implicación de la arquitectura, en lo que hoy ha de exigírsele.

¿No siempre la arquitectura ha sido el basamento de todo acto político?

Afirmar tal pregunta sería lo ideal. A pesar de la llamada “liquidez” la arquitectura sigue contemplando el mundo a una escala temporal distinta a la nuestra, aunque, a mi juicio, la escala temporal de la que gozosamente disfrutaba décadas atrás se ha visto acelerada más que por la tecnología, un mercado que así lo exige. Ahora vemos florecer torres construidas al paso de días, complejas maquinarias gerenciales llevando a cabo megaproyectos en un margen de meses, o fraccionamientos alcanzando su rentabilidad con la prefabricación y la construcción en masa. El mercado manda.

Con el pesar de esa idea, la arquitectura es y seguirá siendo uno de los más poderosos ejercicios de autoridad a los que tenemos alcance. La arquitectura es habitada por nosotros, son lugares que nos contienen y a la vez que protegen, modelan a quien lo habita, haciendo uso de ella ya no sólo en un espectro práctico sino en el psíquico, el emocional o el espiritual. La arquitectura juega en una escala que nos supera, y esa naturaleza, intrínseca a la condición de ser habitada, implicará siempre un ejercicio de poder.

El “poder” o, mejor dicho, la “práctica del poder” es un acto lleno de seguridad, en otras palabras, de certidumbre. Sabernos dueños de una arquitectura y trabajarla es uno de los marcos de referencia que no podemos ni hemos de abandonar. Como dije, la arquitectura se acelera, y esos marcos de referencia en los que muchas veces advocamos parte de nuestra “identidad”, sea hacia la casa o la plaza central de la ciudad o el café que acostumbramos, comienzan a acelerar su temporalidad, con la desventaja de que el inversor es y será el mercado y su devoción a la “liquidez”.

La arquitectura debe luchar por la democratización y el buen uso de sus posibilidades, pues sólo un correcto equilibrio permitirá quizá no alzar banderas de victoria, pero sí presentarse en el frente de batalla de la lucha por la identidad.

El Errante

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