Nueve días de Guarda

Discutir la muerte es meterse en un embrollo épico. Necesitas de astucia mental y escrita para saber por dónde andar. Aunque, a diferencia de cualquier otro tema, cualquier camino es profundamente revelador. Una narración es un método fiable para explorar el rastro sombrío de su presencia.

Siéntense en un novenario católico. Les obligo, pues es el evento más practicado en mi país. Antes recuerden alguna capilla, la de su cuadra o colonia. Añádanle el folclore de una misa dominical, cuando en veces a regañadientes pisabas el templo y terminas con el premio dulce de un raspado de sabor o un churro bañado en salsa. Y si lo recuerdan en un diciembre, con la punzante brisa fría del invierno, prueben el más delicioso chocolate, champurrado o con suerte ponche. Pues en novenario, todo es nulo, calmo, a pesar del ruido, o vacío a pesar del lleno.

Creyente o no, algo termina pasando. Un novenario, nueve días de guarda continua y de sagrado recogimiento; y cada uno que lo tome a su gusto. Pasan los años y sólo confiero un beneficio singular a esta tradición: honestidad. Insisto, creyentes o no, son nueve días obligados, por no decir, necesarios.

Cada familia es distinta, tantos matices y combinaciones, pero con el común tabú de la muerte. Con el paréntesis de creernos una cultura que festeja la muerte, pero poco se la discute fuera del mito. No sabría hacer una comparación fidedigna con otras costumbres, pero el que la nuestra tenga sus nueve días nos permite, aunque sea para nuestros adentros, pensarla. Y como les decía, cualquier camino es revelador y, por lo tanto, honesto. Un novenario de honestidad personal al menos.

El Errante

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