Lecciones de calles inundadas

Pasamos por una tormenta que cae hacia arriba, cascadas hirvientes desde alcantarillas de una ciudad incapacitada y rebasada por agua inocente buscando su camino. Es un recuerdo reciente, bien cocidito que viene a colación para un soliloquio nocturno sobre un oro en crisis, el agua. Con todo y los tremores que me provoca el mar o la huida de una pesada lluvia, desconozco a la par que admiro tanto a la santa y adorada agua, tributando tiempo y letras con tal que no falte. La naturaleza es un personaje oculto y lejano que intento integrar a la arquitectura. Agua y madera juntas particularmente.

Los recuerdos vienen atados a símbolos inesperados, como pasa esta vez. «Hagan espacio al agua», «Hagan al agua visible, intégrenla al espacio cívico» o «Balanceen agua y tierra, valoren ambas» son frases diminutas que dices con soltura cuando el agua es tan común como la sequía y el calor. Acá, en tierras abajeñas, los días mojados, según el año y el contrarreloj ecológico, se cuentan fácilmente. Es más triste admitir que cuando llegan, los recibimos con indiferencia, lejos del cariño que cultiva su ausencia, o que debería. Les traje solo unas capturas de una lista más larga que les invito a leer. En temas aparte, intencionadamente o no, el arquitecto autor señor David Waggonner (Waggonner & Ball) escribió como lo hacen filósofos o viejos sabios tal lista, entre breviarios poéticos y dichos populares ¡uf! ¡y qué efectiva es esa combinación!

Ya había inaugurado a la madera y faltaba la presentación digna, hecha y derecha de la susodicha agua. Una buena excusa para escribirles. Les lanzo un final tejido a varios inicios más; les cierro esta puerta para abrirles un par más en forma de un consejo: «el desastre es una terrible cosa por ignorar» (“a disaster is a terrible thing to waste…”).

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Los plásticos de hace cincuenta años

El primer tema que le discuto a Arthur Quarmby es el de su visión, una pasada, muchísimo con respecto al presente. Pensar que cincuenta años antes significaban tal, pero ahora con una facilidad sobrehumana se apiñan milenios en un par. En esta nueva inauguración, comenzaré con anotaciones que en suma conformarán una mezcolanza de textos, comentarios y opiniones sobre el libro del británico «Materiales plásticos y arquitectura experimental». Hay una motivación seria por crear estas compilaciones de «reseñas» alrededor de libros. Usualmente una puede ser consecuencia de procesos analíticos y sintéticos que resultan en la justificación de una postura intencionadamente objetiva sobre algo… sin embargo, creo en mi método o al menos en su inefectividad, y eso es en sí mismo la meta, que tiemblen ideas. Y quien dice que esta técnica me permite regresar años después a rebuscar y añadir alhajas recién compradas a este cajón abierto. Sean libres de buscar más de Arthur Quarmby, aquí y en toda la red.

Este miniartículo nace del segundo capítulo de su libro, esencialmente de cuestionamientos míos que comenzaron recién leído el título ¿hablará de la contaminación de los plásticos? Letrado en el tema no soy, pero sé con cierta confianza que tanto del uso indebido por parte nuestra, como de la composición del material surgieron las emergencias mundiales que padecemos. Pues sumido en la concentración, fue hasta el final del segundo capítulo donde el británico ocupa un par de páginas para paliar esas preocupaciones, sin conseguirlo, han de saber. Sin el afán destructivo que bien podría merecer, me intriga más la curiosidad que me cosquilleó… una reacción ejercitada por estos textos semanales.

¿Será que en el acontecer actual podríamos debatir una industria plástica ambientalmente responsable y sustentable? ¿qué solución/innovación podríamos dar como gremio ante la acuciante presión del problema? Decepcionante como suene, soy incapaz de al menos animar unas palabras en este respecto. Desconozco la industria y sus investigaciones, pero que eso no avive la desesperanza ¡Arriba! Que afirmo con severidad que este libro será un viaje, uno que reconozco originado por Quarmby… quién podrá adivinarlo, quizá terminemos expertos y divulgadores de los plásticos, o peleados tal vez… cualquier postura la admitiré.

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Tribulaciones a los Jardines

Acercamiento pícaro a una orquídea (Foto de Fernanda Contreras)

Podría pasar horas viendo fotografías de los jardines de Barragán, y eso que los pocos míos que veo con cierta recurrencia no le piden nada en cuanto a carácter se trata. Al menos asumo que esa es una de las palabras que usaría para describir un jardín mágico, quizá de la categoría de Ferdinand Bac en sus jardines encantados, pero les digo, puede ser solo adivinanza. Aún más les afirmo con orgullo que ya he aprendido algunas palabras de esas que apenas se empapan en el mundo de los viveros, plantas y vegetación. Eso digo porque arrayán u orquídea ya forman parte de mi vocabulario y recuerdos. Por igual.

Hace ya tiempo (si es que un par de años entra en ese margen) un profesor contó la historia de un chico que había vivido hasta entonces solamente entre haciendas y campo… entonces nos preguntó, cuando le pida diseñar una casa ¿cómo la hará? ¿una moderna de ciudad o una reinterpretación (vaya figura) de lo que conoce? La respuesta pareciera obvia, y posiblemente cierta para tus primeros años de instrucción, pero como todo, la escuela hace lo suyo por homogeneizar. Quejas aparte, si extraigo una verdad entrañable de su historia, como para aquel chico lo serán las haciendas y el campo, para mi serán los jardines de los que me he rodeado. No son pocos los mitos y leyendas acerca de un Barragán naciendo entre establos y campo; prueba fehaciente de esta verdad.

Hay orígenes que no escogemos, pero que las coincidencias de la vida nos hacen escoger. Esos símbolos, y más allá, figuraciones y abstracciones de lo creemos que somos.

¿Qué son ustedes?

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Curiosidades Arquitectónicas

La luz interior es, o creo debería de ser, siempre difusa. Ésta será directa siempre y cuando el espacio interior permita difuminarla ¿o qué razón tenemos para justificar el ingreso de una luz directa, que pertenece al exterior, y no una difusa, distinta y que nos haga comprender una cualidad tan intrínseca del interior?

Es como la sombra de un árbol, que para la naturaleza de la metáfora es coherente debido a que ésta simboliza la protección, como la casa misma. La luz de esa sombra es difusa, por las hojas, ramas, y mil orificios que le permiten el paso ¿qué no, para cumplir con la imagen, la casa debería seguir la pauta?

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