Nube Blanca de un 28 de Septiembre

Supongo que siempre hay recuerdos que se atan como raíces, de los que decididamente uno utiliza para responder preguntas difíciles. Más que otro deseo, y entre pensamientos perdidos, tengo un firme objetivo: escribir de uno de ellos, un 28 de septiembre. No valen literalidades, me parece que las imágenes asimilan más riqueza no sólo para un servidor, sino para el lector. Al final, esto es el rastro que dejó la historia, que real o no, sigue reescribiéndose.

Trabajar la imagen de un recuerdo es un reto intratable, pues la descripción por sí misma se vuelve insuficiente. Es necesario elevar el lenguaje a la dignidad de su contrincante, al escaño donde las preguntas difíciles pueden responderse, y no queda más que hacer el intento unos días después de un 28 de septiembre.

¿Pueden recordar lo que pasó ese día? Una mezcolanza de ardores en todo el cuerpo, tal vez. Recuerdo aún las imágenes pasando en esa mirada perdida, el umbral donde la mirada toma cuerpo. La figura del atardecer aparece con todas sus implicaciones, el término de un día y la promesa de uno nuevo; la observación perdida de una luz soportable y opaca; la brisa fresca y calma de una noche fría por venir. En las figuras de ese cielo intenso, la orquesta se cronometraba para el recibimiento y la celebración. Estábamos impávidos e intranquilos, y paradójicamente, calmos: era la misma sensación de saberte entero y vacío a la vez. Bachelard insistía en la idea del ser humano entreabierto; y no veo menor razón, pues en los momentos cumbre de la vida, el lenguaje solo nos permite entenderlo por paradójicas imágenes o representaciones, pero con el común denominador de hallarnos en el margen, en la suma incomprensión. Todo 28 de septiembre termina siendo ese margen. Éramos una paradoja vuelta consciente, un mito en sí mismo, disfrutando de la melodía de un atardecer esperadamente eterno. La dulce mescolanza de esos días la recuerdo con el sabor de mi hogar. Todo compartido y mío a la vez.

Ese día navegaban las pesadas nubes blancas junto a aquella particularmente especial, la que disfrutaba de mi concentración. Le acompañaba una guardia de deformes seres animados por la entereza del viento y tiempo mutuamente empujándoles. Tal vez, unos años después, ya se ande revisando vastos mares del Océano Índico; o arrojando un terrible monzón sobre alguna montaña de Tailandia; quizá habrá ido más al sur, viajado por sobre el Atacama, llegado a la Patagonia e inclinarse al frío antártico; o, sí tenía antojo, tal vez se hubiese quedado aquí, aún vagando en las calurosas tierras del Bajío guanajuatense o se haya varado en alguna playa virginal. En fin, esa nube blanca de un 28 de septiembre anda paseando en todo confín de la Tierra. Esa es la única respuesta a la pregunta más difícil.

Asómate por estas tierras, querida nube blanca.

El Errante

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