Los Paisajes de Gallardo

Tengo un placer casi instintivo. Al viajar, sea por carretera, aire o mar, tengo una fascinación incontrolable por los paisajes. Al paso de diferentes velocidades, desde el caminante a pie hasta el paso invisible del avión. El paisaje es disfrutable, y más aún cuando se le ve a minucioso detalle. Cuando los cambios comienzan a notarse deja su monotonía y se vuelve una lectura de cada lugar. He pasado del compacto y, en tanto, seco Bajío guanajuatense a las llanuras infinitas de Zacatecas y Durango. He visto cambiar la tierra roja michoacana y las casas de barro. El paisaje es una expresión cultural.

Independientemente de conclusiones personales, en realidad quisiera compartir a un maestro al que le admiro la capacidad para comprender el paisaje de esa manera (si no es que con mayor complejidad). Ese Maestro es el guanajuatense, Jesús Gallardo. Quizá las palabras para mejor describir su trabajo son «crónicas en pintura»; no da lugar para cosa menor. Desgraciadamente existe poco acervo digitalizado, pero lo poco es impresionante.

Quisiera, explicarme. Gallardo, me parece, se acerca al paisaje con el tacto con el que uno se acercaría a un edificio de remarcado carácter histórico. Se apresura al detalle y, con el color, reviste cada pintura como si se tratase de un retrato no necesariamente realista. Cada obra es un momento en el tiempo; su cúmulo es la crónica de un lugar; creo su más bella cualidad. La crónica no es un reporte vano en el tiempo, sino un recuerdo, uno que puede ser leído por un sinfín de personas. Los recuerdos le pertenecen a la nostalgia y la emoción. Las «crónica en pintura» del guanajuatense son, creo, más complejas debido a que no se pueden permitir ser excesivamente realistas, sino aspirar a tener un aura que envuelva esos recuerdos. Esa es la obra de Gallardo.

El Errante

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