Carta para Orán

La Peste de Albert Camus. Fotografía propia. Ilustración tomada de la portada realizada por Editores Mexicanos Unidos S.A.

Aletargados meses después puedo compartirles que terminé de leer La Peste, ese libro ya del siglo pasado allá quedó… revivido por unos instantes en un presente reciente (¡paradoja!). No quisiera relegarme a la reseña pura y dura, sino tentarme por una que incluya su respectiva porción de comentario, como creo pudiera ser mejor. Y antes que otra cosa les afirmo que ahora comprendo más el mundo del lector. Sepan que leer la traducción si bien funciona, es insuficiente pues sé que en su idioma original el lenguaje de Camus, casi como un dialecto propio, ensalzaría aún más su riqueza original (si es que así es). También puedo confirmarles que las ediciones importan, que quizá no elegí la mejor de ellas, pero el simple hecho de dividir capítulos o darle respiro a un texto, vuelve al acto de leer un poco más ameno. Consejos, o vana experiencia pues.

“¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más.”

Esas son las palabras de un viejecillo al final de la novela. A pesar de casi poder asegurar que en francés (su idioma original) la calidad de los diálogos y por supuesto los monólogos existenciales hubieran sido más emocionantes, en su traducción cumplen y siguen siendo la mayor concentración de poder de la narrativa. No puedo obviar el hecho de ser fácilmente aplicable a nuestro presente, lo que multiplica su impacto. Sin embargo, son esos dos elementos los más bellos del libro. Empaticé con suma facilidad pues ese enfoque humano-existencial de Camus, refiriéndose a esas cualidades que nos hacen aparentemente débiles, pero resultan ser tan virtuosas, como la sensibilidad, la ternura o la voluntad, las maneja con una maestría difícil de olvidar. Y la fidelidad que de ahí adopta su texto es impresionante. El entorno avasallador o la debilidad de los personajes, tan parecida a la de hoy.

Al final es la suya la esperanza en la que creo. Ni descabellada ni insulsa, solo cuidadosamente colocada en esa humanidad ignorada. Y verán que Orán existe, en una costa sur del Mediterráneo, bañada todavía por el sol africano y atravesado por brisas marinas. No les confirmo la veracidad de este relato, pero sí su existencia en este libro y en las memorias de quienes lo vivieron y aun lo hacen a diario. Oraneses, a su salud.

El Errante

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Pestes Presentes

“La peste no era para ellos más que una visitante desagradable, que tenía que irse algún día, así como había llegado. Asustados, pero no desesperados, todavía no llegaba el momento en que la peste se les apareciera como la forma misma de su vida y en que olvidaran la existencia que, hasta su llegada, llevaban. En suma, estaban a la espera.”

La peste, Albert Camus.

Cuántos días estamos a la espera de que algo suceda, un algo nombrado «felicidad» o «destino». Hace meses que estamos encerrados por causa de una pandemia global. Una frase exagerada en comparación de épocas más oscuras por las que hemos atravesado. Un encierro no en su literalidad, pues nada se compara con una situación carcelaria. Este es uno más abstracto, tan parecido al de la ciudad de Orán, del que habla Albert Camus en la novela de La peste. Su pertinencia y verosimilitud, a pesar de aún no haber terminado la lectura, son sorprendentes, no mejor resumido por las palabras citadas. Condenados a un encierro ambiguo, que se nos ofrece finito, pero con la temible posibilidad de volverse eterno, parte de una realidad que no terminamos por aceptar. La pandemia actual no ha malgastado en portavoces que comparten una verdad unánime: esto nos acompañará por siempre, cambiando el diario por uno nuevo, un nuevo matiz en la cotidianeidad.

El mayor aprendizaje (y agradecimiento) de una situación in extremis como esta, es que no sólo exagera la espera, sino que da lugar a pruebas fehacientes de su existencia; demuestra que tan frágil es aquello que nombramos como incorruptible, todas esas acciones de a diario que se vuelven inexplicables cuando dudamos de su existencia. Ni el primero ni el último en decirlo: hemos sido llevados a un estado de continua inestabilidad, caminando por terrenos pantanosos con la inestimable pregunta por cada cosa que hacemos. Ahora todos nos preguntamos en nuestra espera, y ese es la más temible condición para quienes más de las veces construimos realidades ficticias que ocultan (y sepultan) cualquier atisbo de curiosidad.

Padecemos de una oportunidad inigualable (o de una maldición insoportable).

¿Qué decisión tomar ahora?

El Errante

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