Desigualdades

Basado en el artículo por Jess Myers, publicado en Septiembre de 2020 en Failed Architecture como parte de la serie “A City of Our OWn: Urban Feminism of the 99%

https://failedarchitecture.com/how-more-security-makes-women-and-queer-people-feel-less-safe/

La urbanista, editora y divulgadora Jess Myers en un artículo sobre la inseguridad de mujeres y personas vulnerables en el espacio público, discute la postura de los gobiernos al dirigir con ahínco las soluciones a partir de la protección encarnada en la fuerza pública, asumiendo que su situación requiere de una protección, atribuyéndoles valores de inferioridad y vulnerabilidad. Un simple hecho que realza la brecha entre víctima y victimario; el mismo que sólo añade peso a la desigualdad entre hombres y mujeres; entre “fuertes” y “vulnerables”. Al final, sus conclusiones aterrizan en un concepto que empieza a tomar fuerza en el discurso social: “justicia restaurativa”. Más allá de sus especificidades en términos de legalidad, el concepto llama a concentrar las soluciones en la conciliación de las relaciones sociales deterioradas cuya consecuencia es la comentada inseguridad. Criticamos con usual vehemencia un error en particular, el que las personas incorrectas estén a cargo de solucionar estos problemas: el sistema judicial incapaz y rebasado por corrupción y discriminación, un gobierno ignorante del servicio público que significa su posición o las inútiles y burocráticas instituciones que exacerban la condena de sus protegidos. La mayor bondad del término “justicia restaurativa” es que estos roles son asignados a personajes a partir de los cuales directamente se pueden involucrar y, así, restaurar los lazos comunitarios, los mismos que habilitan la seguridad. Hablamos de psicólogos, cuidadores, médicos, académicos y, porque no, diseñadores y artistas. Todos nos volveríamos partícipes y responsables de la restauración de los daños.

En arquitectura ya florecen muchos despachos cuya búsqueda es esa, facilitar de nuevo lazos comunitarios. Día con día, los intentos son cada vez más atrevidos y apoyados ya no sólo por la esfera pública sino escuchado por gobernantes e instituciones. Latinoamérica ha visto casos paradigmáticos y muy exitosos en este ámbito. Al final, la discusión se disuelve y se condensa en otro recipiente, uno severamente distinto y mucho más prometedor que las brutales y violentas estrategias que emanan de la fuerza pública.

Las acciones deberán cambiar de objetivo.

El Errante

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La Arquitectura y el Poder

Llevo ya tiempo releyendo la tesis de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida, es decir, ese carácter tan dinámico, cambiante, veloz y (vaya pertinencia) errante de la vida posmoderna. En esa crisis, he pensado en la implicación de la arquitectura, en lo que hoy ha de exigírsele.

¿No siempre la arquitectura ha sido el basamento de todo acto político?

Afirmar tal pregunta sería lo ideal. A pesar de la llamada “liquidez” la arquitectura sigue contemplando el mundo a una escala temporal distinta a la nuestra, aunque, a mi juicio, la escala temporal de la que gozosamente disfrutaba décadas atrás se ha visto acelerada más que por la tecnología, un mercado que así lo exige. Ahora vemos florecer torres construidas al paso de días, complejas maquinarias gerenciales llevando a cabo megaproyectos en un margen de meses, o fraccionamientos alcanzando su rentabilidad con la prefabricación y la construcción en masa. El mercado manda.

Con el pesar de esa idea, la arquitectura es y seguirá siendo uno de los más poderosos ejercicios de autoridad a los que tenemos alcance. La arquitectura es habitada por nosotros, son lugares que nos contienen y a la vez que protegen, modelan a quien lo habita, haciendo uso de ella ya no sólo en un espectro práctico sino en el psíquico, el emocional o el espiritual. La arquitectura juega en una escala que nos supera, y esa naturaleza, intrínseca a la condición de ser habitada, implicará siempre un ejercicio de poder.

El “poder” o, mejor dicho, la “práctica del poder” es un acto lleno de seguridad, en otras palabras, de certidumbre. Sabernos dueños de una arquitectura y trabajarla es uno de los marcos de referencia que no podemos ni hemos de abandonar. Como dije, la arquitectura se acelera, y esos marcos de referencia en los que muchas veces advocamos parte de nuestra “identidad”, sea hacia la casa o la plaza central de la ciudad o el café que acostumbramos, comienzan a acelerar su temporalidad, con la desventaja de que el inversor es y será el mercado y su devoción a la “liquidez”.

La arquitectura debe luchar por la democratización y el buen uso de sus posibilidades, pues sólo un correcto equilibrio permitirá quizá no alzar banderas de victoria, pero sí presentarse en el frente de batalla de la lucha por la identidad.

El Errante

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