Poesía de Arquitectura I

Ahora es sólo poesía… palabras bellas sobre hacer-arquitectura (¿O no hacer, tal vez?). Construyan un mundo de hilos, donde sus cuerpos se muevan como arañas para sólo llegar a la cocina. Sí tienen suerte y sin resquemores salten en el más grande charco y empápense (no en plena pandemia, de favor) ¡liberación y éxtasis! Tal cómo las películas nos lo venden. Si va bien, pues hay casos donde no, asomen mirada y cuerpo a una ventana. Vean las manchas de tierra de los años… o ante el enorme obstáculo de la suciedad, admiren los rayos de luz que se le escapan. Un escenario formado y orquestado (y bien enmarcado) en cada ventana ¿qué haya en la suya? Acá, por ahora, una luz blanca, un tanto molesta… bailando a oposición de una hilera de plantas irreconocibles… mucha sombra, mucho contraste. Ni crean, pues también hay ventanas invisibles, las que se esconden astutamente y sólo una ligera brisa las delata. Quedamos cortos, pues sólo hemos llegado a las ventanas ¿Han sentido lo que es pasar una puerta? ¡Uf! ¡Todo un milagro! Bueno, no vayamos más allá… un par de moscos entrando por una y el alboroto no para. Y recordemos el bello placer de cerrar una y sellar esa necesaria sinceridad. Aunque la más hermosa puerta siempre será la abierta, la de la mañana… donde café caliente, y la mínima comida hacen el precioso contraste con el frescor de la brisa ¡Bella, bella poesía de arquitectura! ¡Y lo que falta!

El Errante

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Dioses

Dulce imaginería que brota desde los cielos, desde aquellas nubes distantes y grises. Ahora espera un tenue, rosado y sumamente silencioso atardecer ¿puedes sentir la ligereza de esa luz rosada y nebulosa? Entre los nostálgicos navegantes de los cielos, la tempestad sincronizada de las olas, los arrojados vientos de las llanuras o las miradas inverosímiles, no sabría con que figura quedar. Esos dioses de la inmensidad se compadecen de la humanidad a la que sirven. Curanderos innegables tocando puertas cerradas, alzando trompetas lejanas, gritando himnos ignorados.

Ansiado momento en que la arquitectura les invite, les aguardé, les admire y les hable para firmar el pacto con el guardián de todo mal.

Rueguen vivir un día más, para morir en el albor de un rosado atardecer.

El Errante

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