La No-Virtud en Arquitectura

Tal vez cometemos un error salvaje con las futuras generaciones de arquitectos… les prometemos una virtud inenarrable y el augurio de fama universal. Tal vez este error no es exclusivo de esta disciplina, lo es para todo en el cosmos profesional. La «virtud idílica» es el tema controversial de nuestro ejercicio número cincuenta (¡50!). La pureza de una práctica es imposible y, más importante, innecesaria. Refiero ahora a la arquitectura pues desde la iniciación los nombres, la fama y la virtud acaparan los anaqueles del conocimiento. Aquellos dioses de apellidos impronunciables… habitando el olimpo de la gloria arquitectónica.

Alejémonos de tanta poesía crítica (sin fantástico fundamento, admitámoslo…) y vayamos al grano del asunto.

La virtud no está pulida en oro puro… es más parecida a un monstruo informe e indescriptible. Los clásicos de arquitectura cuyas referencias se usan extensivamente en las aulas (y se desgastan) poseen una virtud de excesiva similitud a la mencionada. Aclaremos esa renombrada palabra como la habilidad máxima (consentida socialmente) en una disciplina. La práctica, por la sabiduría popular, se alza como el medio principal para alcanzarla. Y aquí, de nuevo, retomamos… ¿por qué creer que esa «virtud» es solamente arquitectura? ¿qué es la denominada «práctica»? ¿la administración de empresa, los derechos laborales, o la física teórica son parte de ella? ¿por qué atribuir la virtud al enclaustramiento y no a la apertura?

Como deseoso admirador de la «virtud arquitectónica» quisiera saber de qué va y cómo conseguirla. Como firme practicante de la crítica, dejo una ventana abierta esperando el próximo susurro. Hoy en día, sólo sé que afortunadamente todo lo contenible en la palabra «aprendizaje» es virtud, al menos así para mi caso. Una opinión que en algunos años podría ser sustituida. Cómo saberlo. Quizás esto es una suerte de visión o simplemente un llamado de sedienta redención.

El Errante

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Prácticas Diarias

Supongo que sin voluntad no existe práctica, por ende, tampoco beneficio (o error, como quiera llamársele). La voluntad sirve como fantástica semilla para la virtud, o todo eso que nombramos talento o habilidad, y cuyo trance se nos ofrece en el ensueño. Sin la voluntad, el hecho es una idea, intangible e individual, posible presa del olvido. La acción tiene su origen en el deseo voluntario, en el sutil y esforzado proceso de dar solidez a lo inmaterial; de proceder a formar una masa de la nada, no únicamente para un fin práctico, es decir, una necesidad; sino para que ese delgadísimo proceso, esa fina línea, la logremos cruzar a cada nuevo intento con mayor facilidad y astucia. Esa es la única magia del ejercicio diario: lograr un medio de producción que forje lo intangible y transforme lo tangible.

Supongo, con bastante vehemencia, que de esta voluntad adolecemos constantemente. La fuente que alimenta esa sed es difícil de hallar, y tan sencilla de perder. Esta práctica diaria requiere de ese lugar, de vez en vez escondido, pero presente. Rueguen por la propia, en honor de todas aquellas fuentes perdidas, pues un día cada una forjará su promesa.

El Errante

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