Sueños dentro de un Muro

La arquitectura tiene venas entre sus muros. Un enunciado que representa un símil burdo para esas tuberías, conductos, grietas premeditadas o sistemas que usan capas de un sinfín de materias para esconderse, protegerse y mantenerse. El tema es uno inacabable. Podría introducirles un hecho evidente: son la conexión más cercana entre nosotros y los recursos naturales; lo que ya significa tanto. O tal vez recordarles la vida que la dan a una casa o cualquier edificio, demostrándole funcionalidad y habitabilidad. Bien podría divagar, imaginar un edificio desnudo; sin muros, pisos, o estructura alguna y solo observar cuidadosamente las formas que estos complejos entramados dicen de cada hogar, de cada uno de nosotros.

Si me sincero con ustedes, las instalaciones me resultan una pasión teórica tanto como un reto práctico. El día que tenga la oportunidad de diseñarlas en un proyecto que veré construido lo haré con una cautela posiblemente indigna para ojos ajenas, rozando en lo obsesivo. Y lo digo desde la sinceridad. El debate no para en mi cabeza… me pregunto porque las solemos ocultar, o porque distintamente no lo hacemos (una actitud vuelta moda) … y si me dejo llevar, alucino con las posibilidades de estos elementos pues, por alguna razón aún secreta, conservo la creencia de que algo importante insisten en decir. Entonces, automáticamente me refiero al arquitecto alemán Gottfried Semper, específicamente cuando habla del «atado» de un edificio… mucho se refiere a lo material, es decir, a la cualidad espiritual y de carácter, pero casi intuyo que una parte de su respuesta yace sepultada en cada muro, piso y techo que habitamos.

El Errante

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Edificios Atados a la Tierra

Hay textos que no hablan la primera vez, susurran en realidad… son una combinación de voces ligeramente mudas e ininteligibles, pero repetibles con suma precisión. Una paradoja que ha de ser muy usual… cosas esenciales que a primeras luces son plena oscuridad. Ya he referenciado el libro de Teoría de Kenneth Frampton meses atrás… y específicamente la explicación que da de las aproximaciones sobre «tectónica» de Gottfried Semper. Supongo que reiterar constantemente en él es una evidencia de la facilidad con que una simple idea puede apropiarse y mostrar su presencia. Buena parte de su postura es una palabra, el «atado» … la noción de que dos cosas antes separadas se unen y es la junta la esencia de la nueva pieza. En un resumen burdo, la arquitectura (y las artes) son según la serie de reglas bajo las que se ordenan los elementos separados que la componen. Nunca será lo mismo el muro de mampostería con el de cristal, mucho menos la combinación que cualquiera de los dos podría formar con una cimentación de concreto. El orden de la arquitectura puede encontrarse en sus «atados».

Con esa larga inauguración, puedo tratar de convencerles del rol central de una unión específica: la cimentación. Antes que nada ¿qué es el cimiento? La imagen más clara es quizá la de la piedra… un elemento sólido, pesado y resistente (a la compresión). Normalmente no los vemos, están ocultos entre tierra y más piedras. Para nuestros hogares pudiéramos tener la suerte de que sean de concreto o alguna piedra… aunque tal vez los notemos más en la enorme propaganda que representa la construcción de algún edificio o torre, donde hoyos excepcionales se excavan para sostener al proyecto. Entre tanto ajetreo sigue la cuestión de su importancia ¿Por qué resulta tan relevante?

En la vida todo adquiere complejidad… y esa es una verdad inescrutable. Esa subestructura, normalmente oculta delata la naturaleza o el carácter más honesto de nuestros edificios… y eso sólo en un análisis superficial… pues el hecho de que los cimientos interpelan con la gravedad y la tierra hace que no dependan de ornamentos o cuidado extra, pues su rol es enfrentarse a la dura y cruda naturaleza. Esas enormes «piedras» velan por lo que tiene el privilegio de alejarse de la oscuridad mientras le permiten convivir con la inclemencia de su peso sobre la tierra. La cimentación es el «primer atado», el que ocurre silencioso y honesto con la gravedad… la expresión limpia de la arquitectura.

Texto incompleto para lo que merece una unión tan entrañable como esta… encrucijada que sólo da lugar a seguirle explorando.

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Innovaciones y Estructuras

Escuché unas palabras que retumbaron en mi cabeza ¡Que mejor motivo para escribir sobre ellas! “La estructura es la historia de la arquitectura.” Un controversial enunciado desde que reduce (o resume) mucho en un solo elemento, la «estructura». Aún con aquella conferencia de Edward Allen en mente y espíritu, quedo pasmado… por más reduccionista, no podemos negar cierta verdad oculta; la misma que mantiene la intriga.

Algunos días atrás escribía una carta dedicada a esta conferencia y, especialmente, al detalle o al proceso que conlleva (véase “Queridos Detalles”). Como si de una continuación se tratase, la estructura es cercana a ese proceso. Edward Allen trabajaba con sus alumnos sobre una reunión escabrosa: entre el diseño y la estructura, cual si ambos pudieran relacionarse sutil y suavemente. Los significados que solemos dar a cualquier tipo de arquitectura pueden no sólo hallarse en la estructura sino encontrar sus expresiones más potentes en ella. La historia más interesante y socialmente relevante de la arquitectura sí habita en la estructura. Las innovaciones formales o funcionales (reduciéndonos a esas dos) suceden y encajan con encanto en las estructuras que les soportan. El arco romano del Coliseo sin su cuidado formal, es decir, los órdenes en cada columna, sería sumamente silencioso. Los casetones que aligeran la bóveda del Panteón de Agripa sin su revolución estructural no hubieran tenido sentido por sí mismos. La estructura, pareciera, otorga pertinencia y solidez a cualquier innovación arquitectónica.

Llegados a este punto, lo más llamativo es recordar a autores como Gottfried Semper al hablar sobre la unión como el centro tectónico de la arquitectura. La unión referida a estructura y la misma con su recubrimiento; esas relaciones que se atan entre los elementos de arquitectura son la clave. El temor a aceptar la verdad inicial al pie de la letra va de la mano con cierto escepticismo al dogma, sin embargo, la estructura es sin duda uno de los terrenos más fértiles para que la innovación ocurra. El énfasis en la unión es simplemente para comprender la holística o integral relación del todo con el uno.

Quizá, la estructura es fehaciente evidencia de la historia de la arquitectura.

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Concentración o Búsqueda

“(…) no agrupaba la arquitectura con la pintura y la escultura como arte plástico, sino con la danza y la música como arte cósmico, como un arte ontológico creador de mundos, más que como una forma representativa.”

Kenneth Frampton sobre Gottfried Semper, en su libro Teoría.

Hace poco pensaba en esa frase de Kenneth Frampton sobre Gottfried Semper, y concluía en el privilegio de que la arquitectura pudiese concentrarse en un edificio cuyo éxtasis es un halo y no un evento concentrado; donde el edificio se explora y no se presenta como un objeto terminado. Recuerdo otra frase de Jack London que expresa la envidia que deberíamos guardar con la música o a la danza más allá de otra cosa, pues quizá la satisfacción de culminar es más entera que la búsqueda. Jalaremos y jalaremos de un hilo que nunca terminará, o, merecidamente, entraremos en esa cúspide donde dejamos de ser por un instante y nos entremezclamos con el universo, sin más intermediarios que la emoción. No podré saber cual será merecedor del premio del sentido, pues ambos lo presentan en diferentes muestras; ambos regalan ese certero placer de ser creadores de mundos, más que ninguna otra cosa.

“Hay un éxtasis que señala la cúspide de la vida, más allá de la cual la vida no puede elevarse. Pero la paradoja de la vida es tal que ese éxtasis se presenta cuando uno está vivo, y se presenta como un olvido total de que se está vivo.”

Fragmento de la Llamada de la Selva, de Jack London.
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Abandono ¿o no?

No estoy muy seguro cuando la sabiduría popular o la tendencia receta el «abandono» de la obra artística pues la mirada o justificación parecen ser de fines prácticos o, como dirían tantos, perdernos en la espiral de locura y sed por la perfección. Ambas razones bastante válidas y convincentes, más la última que la primera, pues ese pragmatismo va más de las veces contaminado por el velo de la rentabilidad. En fin, mi desconcierto es más específico.

Nací y crecí siendo idealista y con una noción de la práctica por no decir, nula. Mala combinación para tiempos que exigen el efecto práctico constantemente y para los que el detenimiento no es una opción confiable. Estoy en contra del abandono, al menos en una primera fase, pues el edificio ha de ser «abandonado» para que el habitante pueda, valga la redundancia, habitarle. El arquitecto no puede seguir siendo parte de ese proceso. Justo en ello, los artistas nos asemejamos con la figura de una madre, que cría y construye a sus hijos esforzadamente y para la que el «abandono» es la última y menos deseada opción, y, sin embargo, se ha de hacer. Aunque la crítica, como dije, va a dirigida a esa primera fase, la de construcción, desarrollo o diseño, en sí mismo. He aceptado esa condición idealista y poco práctica en beneficio del detalle, del cuidado, del detenimiento y, por todo esto, de la paciencia hacia el proyecto arquitectónico. Desgraciadamente, la falta de sentido práctico en una disciplina de tanto contenido tectónico, no me beneficia en términos de esta devoción. El punto es que creo que, durante el diseño, y como tantas veces hemos escuchado, Dios está en los detalles, y son ellos los que harán la diferencia y que le darán la credibilidad digna de esa arquitectura creadora de mundos de la que habla Gottfried Semper. La única manera de hacerlo, en mi opinión, es de la mano de esa paciencia. Por más que un proyecto consuma años, el susodicho «abandono» es seguro ¿por qué no seguir en el mientras tanto? ¿por qué no continuar las preguntas sin las firmes respuestas?

Y, aún así, no me convenzo.

El dolor del abandono es la semilla del bosque, el más frondoso que verás.

Para el arquitecto, tal vez, no haya mejor placer que comenzar a hacerlo por los fines correctos: «abandonarlo» “mejor” la próxima vez.

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Arquitectura de las cosas

Me pregunto cuántas cosas en el campo de la semántica podríamos apellidar con «arquitectura». Su connotación como «sistema de reglas que dirigen y unifican un proceso» le hace tan dúctil para adaptarse a casi cualquier concepto. La pregunta que le precede es una muy parecida a la que haría todo filósofo. La respuesta a los qués, cómos y porqués, encuentra su satisfacción en la arquitectura de la cosa. Tal vez por eso la vanagloriamos decididamente, pues la arquitectura de edificios es habitada por un usuario, como también lo hace la arquitectura de todo concepto, encontrando su facilidad y su comodidad en esa estructura habilitada.

Encuentro tan maravilloso la anotación tectónica de Gottfried Semper con respecto a la arquitectura edificada, concentrándose, más allá de la generalidad, en el concepto de nudo, unión o atadura. Para él, es en esas uniones donde habita la totalidad del objeto, la compleja concepción de su unicidad y el derrame de todo su poder expresivo. Una simple atadura (y la consecución coherente de ellas) permitirá a todo objeto arquitectónico saberse entero.

Un inicio más del que partir.

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