Ver y sentir (en un lugar del norte)

Escribir tiene mucho que ver con sentir. Y sentir a través de una pantalla no es la cosa más sencilla. Podríamos asumir que sentir a través de la hoja de un libro tiene algunas similitudes, pero la pantalla se aleja un poco más… va hacia rincones más fríos y frívolos. La hoja de un libro tiene unos tintes amarillos que por lo menos le dan un calor medio inscrito en sus páginas. Aparte el tacto pues sentir la hoja es mucho más significativo que ver una pantalla. La lejanía del ojo y la cercanía del tacto diría Pallasmaa.

Eso no me dejará darme por vencido. Hay detalles que rescato ¿cuántas melodías tan distintas podríamos formar escuchando las secuencias de tecleo de cada uno? Yo, tan solo, he agarrado una rapidez casi taquigráfica para escribir (sin querer tender a la burda presunción). Mi madre, por otro lado, es más cadenciosa y va paso por paso, tecla por tecla. Mi hermano tiene un teclado mecánico; cosa tan extraña que solo él podría explicarles su funcionamiento… y entenderán que el sonido de sus teclas se acerca más al de las máquinas de escribir del paso, pero con un sonido más limpio. Lo encontramos como menos, un acto empático entre uno y la pantalla.

Es costumbre ya hacer estas sumas introducciones y llegar entonces a un punto dispar en el artículo. No sé si es de mi mayor gusto, pero se trata de experimentar. Y aunque ya asuman que se trata de un tema dispar, el que haya superado el tema que recién les expuse me deja un paso libre a compartir lo siguiente. Son fotos no de mi autoría, y agradezco profundamente a quién me las compartió. Un poblado del estado de Durango cuyo nombre ahora no recuerdo. No apuren presiones, con las fotos fácilmente lo encontrarán. Van ahí.

Desde el artículo pasado la naturaleza es un tema presente. Ahora bien, son piedras, monolitos para ser precisos. Precisamente aquí entro en el dilema ¿qué les puedo contar que las fotos no hayan dicho por sí mismas? Ustedes lo ven, calles con fondos de rocas gigantes. Casas con árboles pétreos, como salidos de un sueño. Yo no tuve la oportunidad de verlas presencialmente… y sin ella, caigo en un punto donde me pregunto ¿cómo sentir a través de esta pantalla que ustedes ven tal como yo la veo? ¿cómo puedo compartir alguna loca idea nacida de estas fotos tan surreales? Va un intento.

Hay un pequeño poblado en Michoacán, famoso por sus quesos: Cotija de la Paz. He ido algunas veces por aquel lugar. Es un pequeño valle bien rodeado por cerros… casi un recipiente esperando a ser llenado (cosa que ha estado cerca de suceder, pero será tema para después). Por la situación geográfica y una red vial en manzanas cuadradas, casi desde cualquier punto los cerros son un fondo con el que topar. Casi a donde vayas, terminarás subiendo (o bajando, según sea el caso).

Pues a esto quiero llegar.

Hay un efecto de sosiego sobre nosotros cuando estos casos están presentes. En las fotos, son esos monolitos surreales. En Guanajuato, mi segundo hogar, son sus cerros, en especial ese cerro de la Bufa. Llegué a ir a un poblado de nombre Calderones, y la cosa no es distinta… fondos naturales. Si tienen la fortuna de tener una a tiro de piedra de cada hogar suyo, conózcanlo… pues ahora, cada vez más, es una virtud ignorada y sumamente escasa. Al final, en todos estos casos, esos cerros son equivalentes potentes de las nubes que sobrevuelan el cielo… ese lugar donde la vista descansa y la mirada cambia.

El Errante

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En la Inclemencia de la Rutina

Soy ese marinero atrevido e inexperto en el inclemente río del tiempo, llevado por la vela que no conozco y que insisten que debería conocer. Caímos presos en la inclemencia de un vaivén bastante extraño, por la nula referencia a cualquier fenómeno parecido. Aparentemente encerrados y aparentemente libres. Mi casa es un ser distendido, lleno de contenido virtual. Paso a un estudio habilitado para cualquier contacto a miles de kilómetros, atento a cualquier llamada. Cámaras vigilantes que me muestran la lejanía de lo que esta a un par de metros de distancia: el otro lado al que tanto tememos (agravándose por la “iniquidad” de un virus invisible). O lo peor de todo, ese ojo cuadrado y cegador que adquirimos por el precio de la soledad, ese aditamento tecnológico que no esta lejos de ser establecido como el primer paso del organismo cibernético. Bajo esas fuerzas aún actúa la arrinconada presencia de una realidad física, particularmente una arquitectónica, sumisa ante la hegemonía del ojo (léase “Los Ojos de la Piel, de J. Pallasmaa) y sus extensiones dispersas por cada rincón.

La arquitectura siempre nos ha mantenido enteros y atados a la riqueza sensorial del mundo, mostrándose insuficiente y demasiado exigente ante la facilidad de la virtualidad. La arquitectura exige un esfuerzo que hemos dejado muy atrás en el devenir de estos meses. La inminencia de la crisis que vislumbramos se asienta en la esperanza de la liberación tecnológica y el recuerdo de un mundo que antojábamos entero y bello. Por lo menos, el destino considerará ese antagonismo con suficiente empeño como para regresar un día a la arquitectura corpórea o inventar los medios para crear esa satisfacción en un mundo virtual. Que dilema tenemos a nuestro amparo.

El Errante

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