En la Inclemencia de la Rutina

Soy ese marinero atrevido e inexperto en el inclemente río del tiempo, llevado por la vela que no conozco y que insisten que debería conocer. Caímos presos en la inclemencia de un vaivén bastante extraño, por la nula referencia a cualquier fenómeno parecido. Aparentemente encerrados y aparentemente libres. Mi casa es un ser distendido, lleno de contenido virtual. Paso a un estudio habilitado para cualquier contacto a miles de kilómetros, atento a cualquier llamada. Cámaras vigilantes que me muestran la lejanía de lo que esta a un par de metros de distancia: el otro lado al que tanto tememos (agravándose por la “iniquidad” de un virus invisible). O lo peor de todo, ese ojo cuadrado y cegador que adquirimos por el precio de la soledad, ese aditamento tecnológico que no esta lejos de ser establecido como el primer paso del organismo cibernético. Bajo esas fuerzas aún actúa la arrinconada presencia de una realidad física, particularmente una arquitectónica, sumisa ante la hegemonía del ojo (léase “Los Ojos de la Piel, de J. Pallasmaa) y sus extensiones dispersas por cada rincón.

La arquitectura siempre nos ha mantenido enteros y atados a la riqueza sensorial del mundo, mostrándose insuficiente y demasiado exigente ante la facilidad de la virtualidad. La arquitectura exige un esfuerzo que hemos dejado muy atrás en el devenir de estos meses. La inminencia de la crisis que vislumbramos se asienta en la esperanza de la liberación tecnológica y el recuerdo de un mundo que antojábamos entero y bello. Por lo menos, el destino considerará ese antagonismo con suficiente empeño como para regresar un día a la arquitectura corpórea o inventar los medios para crear esa satisfacción en un mundo virtual. Que dilema tenemos a nuestro amparo.

El Errante

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