En la Inclemencia de la Rutina

Soy ese marinero atrevido e inexperto en el inclemente río del tiempo, llevado por la vela que no conozco y que insisten que debería conocer. Caímos presos en la inclemencia de un vaivén bastante extraño, por la nula referencia a cualquier fenómeno parecido. Aparentemente encerrados y aparentemente libres. Mi casa es un ser distendido, lleno de contenido virtual. Paso a un estudio habilitado para cualquier contacto a miles de kilómetros, atento a cualquier llamada. Cámaras vigilantes que me muestran la lejanía de lo que esta a un par de metros de distancia: el otro lado al que tanto tememos (agravándose por la “iniquidad” de un virus invisible). O lo peor de todo, ese ojo cuadrado y cegador que adquirimos por el precio de la soledad, ese aditamento tecnológico que no esta lejos de ser establecido como el primer paso del organismo cibernético. Bajo esas fuerzas aún actúa la arrinconada presencia de una realidad física, particularmente una arquitectónica, sumisa ante la hegemonía del ojo (léase “Los Ojos de la Piel, de J. Pallasmaa) y sus extensiones dispersas por cada rincón.

La arquitectura siempre nos ha mantenido enteros y atados a la riqueza sensorial del mundo, mostrándose insuficiente y demasiado exigente ante la facilidad de la virtualidad. La arquitectura exige un esfuerzo que hemos dejado muy atrás en el devenir de estos meses. La inminencia de la crisis que vislumbramos se asienta en la esperanza de la liberación tecnológica y el recuerdo de un mundo que antojábamos entero y bello. Por lo menos, el destino considerará ese antagonismo con suficiente empeño como para regresar un día a la arquitectura corpórea o inventar los medios para crear esa satisfacción en un mundo virtual. Que dilema tenemos a nuestro amparo.

El Errante

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Futuros Inestables

Como olvidar los días en que Le Corbusier se maravilló por las novedades de la revolución industrial; novedades que cargaban con la esperanza de una humanidad amparada y desarrollada por la tecnología en un mundo donde todos tuvieran la libertad y posibilidad a su alcance. Así, llegamos a una época donde esa promesa se reestablece y reescribe a diario. La nueva revolución tecnológica está en el aparador y se le actualiza sin parar. Hoy día, es inconcebible pensar en aquella “máquina de habitar” lecorbusierana, donde las técnicas y medios que la hacían posible ya no duran más allá de las veintitantas horas (si no es que se esfuma al momento entre la inestable opinión de las masas).

La arquitectura es lenta, la arquitectura no es consciente de la escala que le concedemos al tiempo, y menos aún cuando esa escala es reductible infinitesimalmente.

La tecnología seduce ante cualquier resistencia, preguntémonos que nos espera.

¿La dilación o la aceleración?

¿La permanencia o la ligereza?

¿Qué defiendes cuando el poder atribuido a la arquitectura se trivializa, se vuelve efímero?  

¿Qué defiendes cuando la virtualidad y su obvia carencia sensacional supera realidades físicas, incapaces de equiparar su versatilidad?

¿Qué defiendes ante la arquitectura despojada de todo sentido moral?

Nunca podré esclarecer si la arquitectura es un puente, uno que podamos cruzar hacia la esperanza de un mundo nuevo.

Así que mientras tanto, recordaré eternamente ese pacto antiguo, impreso en las piedras de todo lugar digno, conservado en las cenizas del primer hogar.

El Errante

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Días olvidadizos

Hay días olvidadizos, de esos que son breves, líquidos y automáticos. Días cada vez más comunes, usuales y difíciles. Levantarse por las mañanas a enfrentarte contra tu espíritu dionisíaco, dejando al apolíneo apoderarse de la rutina. Aunque dúdese de esto, pues en el mundo de la exageración, placeres y pasiones tienen un lugar privilegiado en las salas de televisión (bien “arrumbado” tenemos a la sala de estar) o las recámaras hiper-tecnologizadas o el universo de modas que abundan en cada perfil de la red social que quiera nombrar.

No se malentienda la crítica, pues afirmar en un párrafo el uso desmedido de la tecnología y la virtualidad en nuestras vidas es un objetivo vano y perezoso. Creo por el contrario la validez y magnífica aportación de ella, desgraciadamente coincidió la posmodernidad con la espectacular aceleración de nuestros aparatos y medios para producir tecnología y ciencia.

Hablar más de ello implicaría mucho más que una entrada de blog.

Les recuerdo que de vez en vez ocurren esos días olvidadizos.

¿Acaso ya no se acostarme en la tierra, mojarme en la lluvia o pasear mi mirada en las nubes?

Habrá que recordar.

El Errante

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