Simulaciones Virtuales de un Recuerdo

Un render: imagen simulada en un entorno virtual, intrínsecamente plana. Bien tratada, esa imagen puede despertar emociones más allá de la fría luz blanca de una pantalla. Aunque, si me sincero con ustedes, admito tener un cariño particular por cualquier representación que supere la barrera de la vana simulación. En el mundo físico, lo equivalente serían los modelos a escala: esos objetos que permiten manejar y conocer a detalle y con la facilidad de un movimiento, mientras que lograrlo en sus dimensiones reales sería un proceso agotador e incompleto. El objeto a escala o ese «render» coinciden en la delgada línea de la imaginación. Gaston Bauchelard, el filósofo francés, escribía en su Poética del Espacio del ensueño y la miniatura… pues precisamente cuando permiten al que ve o experimenta imaginar visiones y sueños, todo queda superado y cometido.

Eso vi en una imagen de un amigo mío. Una casa, casualmente, de los sueños. Por sobre descripciones relevantes o anotaciones interesantes, me concentraré en una solución que él acostumbra a explorar, y que a mi punto de vista resulta emocionante pues me provoco precisamente la ensoñación. Una casa separada de sus cimientos, parcialmente, con un jardín que la rodea lateralmente y al mismo tiempo la funde en ese espacio vacío debajo de ella. Es una regresión curiosa; en la escena se presenta un innombrable respeto por la tierra y la naturaleza, a la vez que exagera la necesidad por mantenerla viva y en una relación mutua con ese hogar. Las reflexiones podrían no parar, pero quedaré satisfecho con haberles compartido esas dos. Los jardines son (y deben ser) uno de los futuros prometedores de hogares y comunidades… y esta es una forma de encontrarlos.  

El Errante

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Comunidades Intrigantemente Virtuales

Ser parte de una comunidad es una maravilla. Tan evidente que en arquitectura, en ese nuestro mundillo, perseguimos esos motivos con férrea voluntad, como un axioma moral. Más allá de esas coincidencias, hay dos universos que me intrigan por sus diferencias. Pudieran parecer extremos en una primera mirada, pero me parece muy arriesgado nombrarlos así tan aprisa.

Olvidemos eso, exageremos.

En una esquina del ring de la trivialidad está la apreciada (y sobrevalorada) comunidad virtual… del otro, la tradicional y hermética comunidad física (física por desenvolverse en el espacio de las sensaciones). De esta breve (y nada formal) comparación llegaría a conclusiones que podría definir ligeramente superficiales. Una comunidad virtual es fácil, exige poco al acercarte a ella anónimamente. La comunidad física, por el contrario, encarna una naturaleza casi dispar. Se nos exige desde el inicio la voluntad para conocerla tan sólo. El hecho de que ese mismo acto se resuma en un clic en la contrincante prueba su facilidad.

A pesar de estas disidencias, hay una reflexión más concluyente para este texto. Con esas facilidades en mano, he visto más de las veces que comunidades virtuales se asemejen (o hagan el intento) a sus “contrapartes”. Lo que me resulta interesante es que la forma de perpetuarse busca consolidarse en su espacio virtual (la comunidad física tiene la ventaja de que su consolidación es un entorno físico distinguible y sólido). Pareciera que la virtualidad, a través de extensos repertorios busca afirmar su propia historia y presencia. Anoto, pues, que he tenido experiencia con comunidades que podríamos llamar “fuera de la moda”, vamos, subsisten gracias a una base de fanáticos, es decir, con fuerte empatía a sus propósitos. El caso ideal, al fin y al cabo.

El pasmo ante esa inquietud son mis motivos para desenmascarar las causas.

Tal vez algún día pronto se sabrá.

El Errante

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En la Inclemencia de la Rutina

Soy ese marinero atrevido e inexperto en el inclemente río del tiempo, llevado por la vela que no conozco y que insisten que debería conocer. Caímos presos en la inclemencia de un vaivén bastante extraño, por la nula referencia a cualquier fenómeno parecido. Aparentemente encerrados y aparentemente libres. Mi casa es un ser distendido, lleno de contenido virtual. Paso a un estudio habilitado para cualquier contacto a miles de kilómetros, atento a cualquier llamada. Cámaras vigilantes que me muestran la lejanía de lo que esta a un par de metros de distancia: el otro lado al que tanto tememos (agravándose por la “iniquidad” de un virus invisible). O lo peor de todo, ese ojo cuadrado y cegador que adquirimos por el precio de la soledad, ese aditamento tecnológico que no esta lejos de ser establecido como el primer paso del organismo cibernético. Bajo esas fuerzas aún actúa la arrinconada presencia de una realidad física, particularmente una arquitectónica, sumisa ante la hegemonía del ojo (léase “Los Ojos de la Piel, de J. Pallasmaa) y sus extensiones dispersas por cada rincón.

La arquitectura siempre nos ha mantenido enteros y atados a la riqueza sensorial del mundo, mostrándose insuficiente y demasiado exigente ante la facilidad de la virtualidad. La arquitectura exige un esfuerzo que hemos dejado muy atrás en el devenir de estos meses. La inminencia de la crisis que vislumbramos se asienta en la esperanza de la liberación tecnológica y el recuerdo de un mundo que antojábamos entero y bello. Por lo menos, el destino considerará ese antagonismo con suficiente empeño como para regresar un día a la arquitectura corpórea o inventar los medios para crear esa satisfacción en un mundo virtual. Que dilema tenemos a nuestro amparo.

El Errante

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