Prácticas Diarias

Supongo que sin voluntad no existe práctica, por ende, tampoco beneficio (o error, como quiera llamársele). La voluntad sirve como fantástica semilla para la virtud, o todo eso que nombramos talento o habilidad, y cuyo trance se nos ofrece en el ensueño. Sin la voluntad, el hecho es una idea, intangible e individual, posible presa del olvido. La acción tiene su origen en el deseo voluntario, en el sutil y esforzado proceso de dar solidez a lo inmaterial; de proceder a formar una masa de la nada, no únicamente para un fin práctico, es decir, una necesidad; sino para que ese delgadísimo proceso, esa fina línea, la logremos cruzar a cada nuevo intento con mayor facilidad y astucia. Esa es la única magia del ejercicio diario: lograr un medio de producción que forje lo intangible y transforme lo tangible.

Supongo, con bastante vehemencia, que de esta voluntad adolecemos constantemente. La fuente que alimenta esa sed es difícil de hallar, y tan sencilla de perder. Esta práctica diaria requiere de ese lugar, de vez en vez escondido, pero presente. Rueguen por la propia, en honor de todas aquellas fuentes perdidas, pues un día cada una forjará su promesa.

El Errante

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