Sociedades Horizontales

Estereotípicamente nos reconocen (y auto reconocemos) como figuras enigmáticas… desde ese ego que se nos atribuye como directores incomprendidos que crean a placer emulando el poder máximo. Argumento que solemos ver en los «arquitectos estrella» (starchitects, en inglés) quienes, motivados aún más por las hiperconsumistas redes sociales, crean y sueñan estructuras imposibles con las más altas probabilidades de realizarse. Sin lugar a duda empujarán hilos de la historia de la estética, y ni se mencione de la ingeniería… pero a su pesar, su figura es irrelevante o un tanto insulsa en este presente. Leon Staines Díaz, en un artículo para Arquine, relata una reflexión nada novedosa, pero si cada vez más presente, especialmente en el entorno latinoamericano, donde puedo hablar con un poco más de certidumbre: el arquitecto facilitador de trabajo horizontal.

Si hay algo de lo que viven los arquitectos ultra famosos es de su figura, es decir, de la capacidad de preservar lo que hacen (y, por tanto, son) en sus edificios. Pues en la coyuntura reciente, Staines Díaz insiste en la idea del trabajo horizontal, es decir, el arquitecto en silencio, el que escucha, medita y se presenta como un actor más en la marea. Les digo, una idea que quizá en el gremio se escucha con cierta timidez pero que la sociedad por generalidad ni siquiera considera. Entonces entienden el problema. Staines Díaz enfatiza en la inminente necesidad de trastocar el status quo, ese estereotipo que aun alimentamos en la facultad y en lo profesional, pues sólo el arquitecto facilitador puede comprender antes que imponerse, y créanme que en este mundo voraz esa es su mayor virtud.

Les insisto en leerlo pues creo que su relato es más revelador que este. Sólo terminaré con lo siguiente. Esta no es una decisión simplona… es colocarnos en el centro de una crisis que es más sencillo evitar. Aun peor estando tan entrenados en el consumismo ávido y en la exigencia insensata de resultados; cualquier acción es sumamente frustrante. Venimos de escuelas chapadas en otros valores y cambiar es doloroso, pero con paso firme y paciente se vuelve una benevolente recompensa, no sólo propia sino ajena. Esta es una crisis no exclusiva de nuestra profesión, más bien compartida. Al menos queda entre la bruma el hecho de avanzar en beneficio propio y del otro, y eso ya esboza una tenue sonrisa.

El Errante

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Nostalgia por el Saludo Honesto

Les escribo el día de hoy desde la ingenuidad (e incluso la inocencia). Después de consumir tanto contenido en redes sociales, olvidas donde miraste tal o cual cosa. A diferencia del libro, la red social es automática, es el movimiento y no la persistencia la que mantiene al ojo en vilo. En fin. Aún recuerdo el contenido, lo suficiente para la introducción. Era un texto, aludían al amor que merecía la etapa universitaria por parte de los estadunidenses, pues era el único momento donde viven en una comunidad real. Un pensamiento controversial y, en este caso, enriquecedor.

No considero que esa verdad sea única de la sociedad estadunidense… fácilmente puedo extrapolarlo a mi pasado, y casi con absoluta certeza puedo afirmarlo para cualquier ser humano que pueda acceder a estudios universitarios. Me refiero a esta etapa escolar pues usualmente conlleva decisiones de vida que persistirán en nuestro futuro. Y, aún así, cabe recalcar que la sociedad americana es una sumamente pragmática y capitalista… hay tantas más cuya cultura supera esas condiciones, aunque cada vez más queda menoscabada por el efecto de la globalización. Al final, quisiera dirigirme a una verdad inevitable. Sin importar en que momento de nuestra vida podemos ser parte de una comunidad real, sin lugar a duda, la sociedad, ese “mundo real” o la vida adulta son un campo de guerra, opuesto y sumamente individualista.

El consumo manda la relación social… el apoyo, el soporte, la convivencia o la confianza son vilmente aplastadas por la supervivencia económica. No se trata de algo nuevo, ya varias veces he mencionado a Zygmunt Bauman, quien anuncia con vehemencia esa verdad. Simple y sencillamente hoy se trata de una sentencia desesperanzadora. No quisiera terminar en la dejadez del desaliento, sino con la necesaria invitación. Lo más sensato, me parece, es fermentar el compromiso por esa comunidad que seguimos abandonando… encontrar un «algo» que la nutra, y voluntariamente rebasar las leyes de mercado… en este crepúsculo, un honesto saludo parece un comienzo perfecto.

El Errante

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Desigualdades

Basado en el artículo por Jess Myers, publicado en Septiembre de 2020 en Failed Architecture como parte de la serie “A City of Our OWn: Urban Feminism of the 99%

https://failedarchitecture.com/how-more-security-makes-women-and-queer-people-feel-less-safe/

La urbanista, editora y divulgadora Jess Myers en un artículo sobre la inseguridad de mujeres y personas vulnerables en el espacio público, discute la postura de los gobiernos al dirigir con ahínco las soluciones a partir de la protección encarnada en la fuerza pública, asumiendo que su situación requiere de una protección, atribuyéndoles valores de inferioridad y vulnerabilidad. Un simple hecho que realza la brecha entre víctima y victimario; el mismo que sólo añade peso a la desigualdad entre hombres y mujeres; entre “fuertes” y “vulnerables”. Al final, sus conclusiones aterrizan en un concepto que empieza a tomar fuerza en el discurso social: “justicia restaurativa”. Más allá de sus especificidades en términos de legalidad, el concepto llama a concentrar las soluciones en la conciliación de las relaciones sociales deterioradas cuya consecuencia es la comentada inseguridad. Criticamos con usual vehemencia un error en particular, el que las personas incorrectas estén a cargo de solucionar estos problemas: el sistema judicial incapaz y rebasado por corrupción y discriminación, un gobierno ignorante del servicio público que significa su posición o las inútiles y burocráticas instituciones que exacerban la condena de sus protegidos. La mayor bondad del término “justicia restaurativa” es que estos roles son asignados a personajes a partir de los cuales directamente se pueden involucrar y, así, restaurar los lazos comunitarios, los mismos que habilitan la seguridad. Hablamos de psicólogos, cuidadores, médicos, académicos y, porque no, diseñadores y artistas. Todos nos volveríamos partícipes y responsables de la restauración de los daños.

En arquitectura ya florecen muchos despachos cuya búsqueda es esa, facilitar de nuevo lazos comunitarios. Día con día, los intentos son cada vez más atrevidos y apoyados ya no sólo por la esfera pública sino escuchado por gobernantes e instituciones. Latinoamérica ha visto casos paradigmáticos y muy exitosos en este ámbito. Al final, la discusión se disuelve y se condensa en otro recipiente, uno severamente distinto y mucho más prometedor que las brutales y violentas estrategias que emanan de la fuerza pública.

Las acciones deberán cambiar de objetivo.

El Errante

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Palabras Muertas

Hay palabras que deben morir, como los hay recuerdos por perecer, imágenes que olvidar o hechos que sepultar. Desde que comencé en esta andadura, específicamente, desde que comencé a “Escribir” (con mayúscula) me he preguntado si todo lo que hago tiene la validez para sobrevivir, primeramente, para seleccionarla como suficiente y entonces compartirla o lanzarla, como diría Bauman, al mar en una botella. Tengo muchas preocupaciones al respecto. Si las dejara y con la ventajosa posición de la tecnología, podría crear un extensísimo acervo sin ninguna aplicación útil (si medimos la utilidad en la medida en que el texto sea leído). Si no lo hiciera tendría el catártico descanso del olvido con el dolor del que está de luto. Me he visto inmerso en las preguntas alrededor de esta situación, pues el mismo juicio podría aplicarse a todo producto.

Si mi intuición comandara, me decidiría por el cliché del equilibrio, aunque todavía vea la situación en superficie y sin el consejo de algún admirado. Pendiente de ello, elegiría ese camino generalmente, pero hoy me decidiría por un abandono; no en un cementerio sino en la sacralidad de esa botella lanzada al mar, porque tal vez un ser humano la halle, la lea, y, con suerte, la comprenda. No todo tendrá el placer de hacerlo, pues por ello la curaduría que realizo a mis textos sucede en este blog, pero al menos, algunos sobrevivirán la inclemencia de la autocrítica, alzándose dignos de esta lucha.

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El no hacer en Arquitectura

Discutía con un amigo, cuándo salió a la luz la cuestión del “no hacer en arquitectura”, cosa vaya novedosa, he de decir. Pensándole caí en la cuenta de lo que pudiera tratarse. Asumir que hay un “no hacer” implica que previamente “se hizo” y que algo cambió para que se tuviera que “dejar de hacer” o “no hacer”; por tanto, se trata de una cuestión de esencia, es decir, que la diferencia entre uno y otro es en referencia a lo que se cree que “es” la arquitectura, por lo menos aquella que nombramos como “verdadera”. El llamamiento al “no hacer” implica que cuando se dijo se notó que esa esencia ya no se presentaba o estaba siendo alienada, valorando que lo “correcto” está en el “se hizo”. Este anuncio es en realidad uno para abrirle paso a una crítica.

Ahora preguntémonos sobre lo que se ha alienado, pues descifrarle permitirá concedernos puerta abierta al “ser” de la arquitectura previo. Las circunstancias parecen evidentes, y de entre los culpables más crueles tendríamos que señalar al “capitalismo” y su hermandad. La rentabilidad como juez de valor dictó que eso “correcto” o “verdadero” en arquitectura es anticuado y lo demostró produciendo esa nueva arquitectura frágil, excesivamente visual, revestida, escénica y producida; la cual, vaya coincidencia, es un magnífico productor de riquezas más allá de su presencia física (quien no niega que la presencia de las fotografías en redes es quizá más llamativa que la visita al edificio, y que esa fama (moda, por consecuencia) produzca riquezas inesperadas). Vaya que entonces, los exiliados son todos aquellos cuyas intenciones aspiren más allá del interés económico. La moral, como uno de los líderes, vaga perdido sin saber ya sus razones ni motivos. Como dijo Bauman, todo aquello que no tenga una aplicación práctica clara o precisa (por tanto, un beneficio en retorno) no tiene sentido en esta vida, y es rápidamente rechazado y olvidado.

Alzar las manos por el “no hacer en arquitectura”, me parece que tiende a esta mirada. Una dura crítica al sistema que nos “cobija”; ese cruel hábitat come-mundos.

¡Anunciad vehementemente que la arquitectura adolece vestida de mil y un máscaras!

¡Anunciad pues resulta irreconocible entre su llamativo ropaje!

¡Anunciad que se asfixia entre sus vestiduras!

El Errante

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La Arquitectura y el Poder

Llevo ya tiempo releyendo la tesis de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida, es decir, ese carácter tan dinámico, cambiante, veloz y (vaya pertinencia) errante de la vida posmoderna. En esa crisis, he pensado en la implicación de la arquitectura, en lo que hoy ha de exigírsele.

¿No siempre la arquitectura ha sido el basamento de todo acto político?

Afirmar tal pregunta sería lo ideal. A pesar de la llamada “liquidez” la arquitectura sigue contemplando el mundo a una escala temporal distinta a la nuestra, aunque, a mi juicio, la escala temporal de la que gozosamente disfrutaba décadas atrás se ha visto acelerada más que por la tecnología, un mercado que así lo exige. Ahora vemos florecer torres construidas al paso de días, complejas maquinarias gerenciales llevando a cabo megaproyectos en un margen de meses, o fraccionamientos alcanzando su rentabilidad con la prefabricación y la construcción en masa. El mercado manda.

Con el pesar de esa idea, la arquitectura es y seguirá siendo uno de los más poderosos ejercicios de autoridad a los que tenemos alcance. La arquitectura es habitada por nosotros, son lugares que nos contienen y a la vez que protegen, modelan a quien lo habita, haciendo uso de ella ya no sólo en un espectro práctico sino en el psíquico, el emocional o el espiritual. La arquitectura juega en una escala que nos supera, y esa naturaleza, intrínseca a la condición de ser habitada, implicará siempre un ejercicio de poder.

El “poder” o, mejor dicho, la “práctica del poder” es un acto lleno de seguridad, en otras palabras, de certidumbre. Sabernos dueños de una arquitectura y trabajarla es uno de los marcos de referencia que no podemos ni hemos de abandonar. Como dije, la arquitectura se acelera, y esos marcos de referencia en los que muchas veces advocamos parte de nuestra “identidad”, sea hacia la casa o la plaza central de la ciudad o el café que acostumbramos, comienzan a acelerar su temporalidad, con la desventaja de que el inversor es y será el mercado y su devoción a la “liquidez”.

La arquitectura debe luchar por la democratización y el buen uso de sus posibilidades, pues sólo un correcto equilibrio permitirá quizá no alzar banderas de victoria, pero sí presentarse en el frente de batalla de la lucha por la identidad.

El Errante

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